La joyera china Capítulo 3
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Capítulo 3

En la habitación de madera sofocante y oscura donde vivía con su madre, Anyu encendió la lámpara de queroseno con una cerilla y luego caminó de un lado a otro tocándose la cara, que aún le ardía.

Estaba furiosa consigo misma y con el casero.

Debería haberle respondido o haberlo empujado; en cambio, había huido como una cobarde.

No era la primera vez que aquel hombre la agredía.

En cada ocasión en que su madre se retrasaba en el pago del alquiler, él estallaba en un ataque de ira, gritaba y las golpeaba con un palo de escoba.

Su madre llegó a casa; parecía cansada. Tenía la trenza suelta y le caía un mechón de pelo sobre los ojos. Sin embargo, su expresión era triunfante cuando levantó una cesta.

—¡Mira! ¡La cena!

Esa noche habría huevos duros de codorniz, un manjar poco habitual.

Madre debía de haber vendido más pieles de las que esperaba.

Con el invierno, había aumentado la demanda.

Madre estaba contenta. Se dedicaba a vender y clasificar pieles de zorro y de marta cibelina; cuando llegaba, el cabello emanaba un fuerte olor a piel animal.

—Mamá —dijo Anyu, llorosa a pesar de sí misma. El escozor se había reducido a un dolor punzante, pero tenía la cara hinchada y se veían las marcas de los dedos de su agresor.

—¿Qué te ha pasado? —Madre la sujetó por la barbilla para mirarle la cara.

—El casero.

—Oh, no. —Su expresión, como de costumbre, era de impotencia, con una sonrisa de disculpa. Era una mujer de temperamento apacible que rara vez se enfadaba, ni siquiera ahora. La profundidad de su dulzura le causaba asombro a Anyu—. ¿Te duele?

—Siempre me preguntas lo mismo.

Madre suspiró. Se volvió hacia un armario astillado que habían comprado en una tienda de segunda mano, buscó una lata de bálsamo del tigre y untó el gel picante en la mejilla de Anyu—. Te sentirás mejor, te lo prometo.

—¿No podemos vivir en otro sitio, mamá? —Debía de ser la centésima vez que hacía esa pregunta.

—No podemos permitirnos otra casa ahora.

Anyu apartó la mano de su madre y se dirigió a su kang . Estaba frío. No habían encendido el fuego.

—Quizá podrías pedirle perdón al casero. Intenta hacer las paces. No seas problemática, ¿de acuerdo, hija?

Eso era lo único que decía siempre Madre: “No seas problemática”.

Madre nunca había sido problemática, nunca se enfrentaba a los demás, ni siquiera cuando los vecinos la llamaban “puta” a sus espaldas.

Ella los oía, pero nunca decía nada. Madre rara vez mencionaba su pasado, pero el casero y los vecinos no dejaban de hablar de ello: de cómo Madre, una mujer culta y de buena familia de Pekín, había tenido una aventura con el poderoso jefe militar Zhang antes de que este tomara el control de Manchuria durante los años de guerra en China, tras el colapso de la dinastía Qing, y desafiara efectivamente la orden del gobierno nacionalista.

A los veinte años, Madre había abandonado la universidad para vivir con él en una mansión en Shenyang.

Pero pronto el militar se cansó de ella y la abandonó, y le advirtió que no se volviera a acercar a él.

Cuando descubrió que estaba embarazada, su padre, un académico de renombre, no pudo soportar la vergüenza de tener una hija promiscua.

La azotó con una vara de bambú, le arrojó una bolsa y le ordenó que no volviera a entrar en su casa.

Repudiada por su familia, Madre tomó un tren a Harbin, feudo del militar, y unos meses más tarde dio a luz a Anyu, sellando para siempre su desafortunado destino.

Para una mujer soltera con un bebé a cargo, la perspectiva del matrimonio era impensable: estaba condenada a ser una marginal, una mujer indeseada.

Todo era un reto, desde alquilar un apartamento y encontrar un trabajo hasta pasear por la noche sin un acompañante varón.

Gracias a su educación superior, Madre había intentado trabajar como institutriz para familias chinas y manchúes adineradas, pero estas se enteraron de su escandaloso pasado y la despidieron al cabo de unos meses.

A lo largo de los años, tuvo diversos trabajos y ganaba unos pocos centavos aquí y allá como empleada doméstica y lavandera, vendiendo pieles y desempeñándose como intérprete para los rusos que hacían negocios con comerciantes chinos.

Madre nunca había vuelto a ver al militar, a pesar de que su mansión estaba a menos de una hora a pie.

El hombre era un mujeriego con siete esposas y no tenía ningún interés en Anyu, su hija ilegítima.

Solo le había dejado a Madre un collar de oro con un dije de Guandi, el dios de la guerra del que él era devoto.

Madre lo atesoraba, lo colocaba alrededor del cuello de Anyu y le ordenaba que nunca se separara de él.

Anyu sentía pena por su madre. Por un solo error, su familia la había repudiado, se había arruinado la vida, y ella, que antes era una hoja de jade que crecía en una rama de oro, se había convertido en una paria.

¿Se arrepentía? ¿Había amado al militar?

¿O lo odiaba? Anyu nunca se lo preguntó, pero a veces la inquietaba la mirada melancólica que se escapaba de los ojos de Madre.

—¿Me estás escuchando, hija?

Anyu abrió la caldera que estaba debajo del kang y encendió el carbón con una cerilla.

—Necesitamos más carbón.

—¿Vas a disculparte con el casero?

—¿Por qué?

—Sé que no es un buen hombre, pero es nuestro casero. Solo quiero que tengamos una buena relación.

Anyu removió el carbón con unas tenazas de hierro.

—No seas tan testaruda, hija. Si te disculpas…

—Nunca me voy a disculpar.. —Anyu cerró la puerta de la caldera de un golpe.

Todo era culpa de Madre: el casero, esa existencia de miseria junto a la estación de tren.

Todo era un castigo cruel. Durante toda su vida, Anyu se había sentido sola; había crecido en esa choza junto a la estación con su madre, sin nadie más con quien hablar: ni hermanos, ni primos, ni parientes, ni amigos.

Durante toda su vida, la habían maltratado las familias respetables, que la menospreciaban por no tener los pies vendados, y la habían regañado los vecinos maliciosos, que se burlaban de su aspecto.

Le decían que tenía los ojos en forma de flor de melocotonero y que, cuando creciera, sería una mala influencia para hombres y mujeres, un desastre para las familias y una seductora como su madre.

Estos comentarios confundían a Anyu y la hacían avergonzarse de su aspecto, pero estaba indefensa: no sabía qué decir para defender su reputación ni la de su madre.

Había querido ir a la escuela, pero no había podido, porque ese privilegio estaba reservado a los niños de familias ricas y Madre no podía permitirse contratar tutores.

Al final, Anyu se quedó en su casa y aprendió todo de Madre: matemáticas, literatura rusa, inglés y cómo dibujar copos de nieve, garzas reales, gaviotas reidoras y peces blancos del río Songhua.

Como la mayoría de las veces no podía permitirse comprar papel y lápices, dibujaba esas imágenes con un palo en la orilla fangosa.

Anyu se preguntaba si pasaría toda su vida así.

Tenía quince años, “edad suficiente para casarse”, como decía Madre.

Irónicamente, ella aún quería que Anyu se casara, a pesar de que la había criado siendo madre soltera, sin vendarle los pies, sin familia.

Pero Anyu sentía que el matrimonio era como otra trampa.

¿Y si conocía al hombre equivocado, como le había pasado a Madre?

Prefería hacer algo: ser pintora o profesora. Pintora sería mejor.

Madre suspiró y se arrastró con la cesta hacia la caldera.

—Dime, ¿por qué te ha pegado esta vez?

—Encontré una bolsa. El casero la quería, pero se la devolví a su dueño.

Anyu se subió al kang y vació los bolsillos sobre la pequeña mesa de cuatro patas que había en la plataforma. Lápices. Papeles. Y el pañuelo.

—Hiciste lo correcto. No te preocupes, yo me encargaré de él. Ese es un pañuelo de buena calidad. ¿De dónde lo has sacado? —Madre se acercó.

—Me lo dio el joyero.

—¿El joyero?

—El hombre que había perdido la bolsa. —Anyu le contó a Madre acerca del hombre ruso de San Petersburgo y el huevo que había perdido.

—Un huevo ruso —murmuró Madre, acariciando con los dedos las finas letras bordadas en el pañuelo, con una chispa de asombro en los ojos—. Nunca he visto uno.

—Ya se ha ido. Puedes deshacerte del pañuelo.

—Pero es de seda. Parece caro. —Madre lo dobló y se lo entregó.

Anyu se lo guardó en el bolsillo, sacó el lápiz y empezó a dibujar, pero no podía concentrarse.

El aire era acre, sofocante por la falta de ventanas; las rayas negras del humo del queroseno flotaban bajo el techo.

No llegaba desde fuera el ruido del tren; el silencio era una forma fantasmal que se hinchaba.

De pronto, se sintió irritada con Madre: por su forma de estar de pie, por su forma de hablar e incluso por su mera presencia en la habitación.

Anyu no entendía por qué se sentía así, no sabía qué le estaba pasando.

Cuando era niña, le daba miedo el silencio y se aferraba a las piernas de Madre, y cada vez que tenía que irse le rogaba que se quedara, temerosa de que nunca volviera; cuando se despertaba por la mañana, sentía a Madre a su lado y la observaba dormir, reconfortada por tenerla cerca.

Ahora que Anyu era mayor, ya no le preocupaba que Madre desapareciera y se había acostumbrado al silencio de la habitación cuando no estaba.

A veces, incluso, se sorprendía al descubrir que quería alejarse de ella, dejarla.

Como el tren. Desaparecer. Esos pensamientos descabellados le bullían en la cabeza y la desconcertaban, pero no sabía cómo acallarlos.