La joyera china Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Ella sabía, como todo el mundo, lo que le había sucedido a la emperatriz de Rusia.

Su madre todavía le contaba la sangrienta masacre en el sótano donde había sido ejecutada la familia imperial, incluidos el zar, la emperatriz y sus hijos.

Había sucedido años atrás, durante la violenta revolución que había devastado Rusia.

—Pero ella está muerta.

—Me lo dio antes de que la mataran.

—¿Por qué la emperatriz de Rusia le daría un tesoro así?

El hombre sudaba a pesar de los copos de nieve que le caían sobre el rostro pálido. Otra vez le costaba mucho hablar y le temblaban las manos. Miró hacia la estación de tren y luego hacia la caravana y los vendedores que estaban al otro lado de la calle.

—Si no me lo va a decir, me voy. Aquí hace frío. —Sin soltar la bolsa, Anyu se desvió hacia el camino. A poca distancia, su casero, que engullía un boniato morado, ladeó la cabeza y luego miró al hombre ruso que estaba detrás de ella.

—Espere, señorita. No se vaya. Le diré todo lo que necesita saber. Por favor, no se vaya.

El hombre la alcanzó. Anyu se detuvo.

—¿De dónde es usted?

—De San Petersburgo.

—¿Por qué la emperatriz le dio el huevo?

—Es una larga historia. Soy joyero.

Anyu nunca había conocido a un joyero. Por lo que ella sabía, en Harbin un joyero podía ser un artesano que fabricaba joyas o un comerciante que las vendía; en cualquier caso, era una profesión oscura, casi secreta y exclusiva.

El hombre que tenía delante no parecía un artesano típico o un comerciante.

No pudo evitar pensar que estaba tratando de engañarla, aunque parecía sincero.

A pesar de sus maneras evasivas, tenía una forma de hablar sofisticada y unos modales diferentes de los de la gente que conocía ella.

Quizás fuera realmente un joyero de Rusia, pero ¿qué hacía en Harbin?

El hombre volvió a hablar, con voz tranquila pero ronca.

—Señorita, yo era uno de los cuarenta y dos maestros artesanos que trabajaban bajo la dirección del señor Peter Carl Fabergé, el mejor orfebre de Rusia. Quizás haya oído hablar de él.

Ella negó con la cabeza. El nombre de Fabergé no le resultaba familiar; su madre lo habría conocido.

—Entonces es un privilegio para mí contarle que el maestro Fabergé recibió el encargo de elaborar huevos para la familia imperial, los Romanov, durante décadas.

Creó huevos para la emperatriz viuda y la zarina, nuestras eminentes mecenas reales, antes de la revolución.

Nuestra emperatriz viuda adoraba el que tiene usted en sus manos, el Huevo de Invierno.

Era su favorito, fabricado por uno de mis colegas, con mi ayuda.

Cuando los traicioneros bolcheviques amenazaron con irrumpir en el palacio, la familia imperial, preocupada por que sus regalos y tesoros fueran robados, les entregó algunos de ellos a los maestros artesanos.

A mí me confiaron este huevo y me dijeron que lo guardara y que nunca lo dejara caer en manos de los rebeldes.

Es mi deber y mi honor proteger el huevo…

Lo siento. Me temo que no me está permitido revelar nada más. ¿Responde esto a su pregunta?

Anyu observó con atención el rostro del hombre.

—¿Me puede dar mi bolsa?

—Una pregunta más. ¿Es usted un fugitivo?

El hombre se quedó paralizado.

—No me ha dicho mucho que digamos sobre quién es usted, y además tiene eso. —Le señaló un rastro de color rojo oscuro que le bajaba desde la oreja derecha por el cuello y le llegaba hasta el jersey.

Al hombre le brillaron los ojos grises; miró a su alrededor: los carruajes, los vendedores ambulantes, los viajeros.

—Si me permite…

—¿Qué tienes ahí? Déjame ver.

El casero de Anyu, que se había acercado sigilosamente, extendió la mano y la hizo sobresaltarse. Anyu escondió la bolsa detrás de la espalda.

—No es asunto suyo.

—Eres una buena chica. Muéstrame la bolsa. Solo quiero echar un vistazo. ¿Qué hay dentro? ¿Vale mucho dinero? —dijo el casero.

—Nada de valor —respondió ella.

—Déjame verla. Dámela.

—No.

—¡Te he dicho que me la des!

Sabiendo de lo que era capaz su casero, Anyu tuvo que actuar con determinación. Le puso la bolsa en la mano al joyero y lo arrastró consigo.

—Tome su bolsa. Y ahora corra. Dese prisa. Ya. ¡Rápido!

—Ah… ¡gracias!

El joyero echó a correr junto a ella, sujetando la bolsa. Detrás de ellos, el casero maldijo: —¡Zorra, zorra, zorra!

Como era un mal corredor, arrastraba los pies, jadeando mientras se esforzaba por alcanzarla. La distancia entre ellos aumentaba; la estación de tren, envuelta en una cortina de nieve, parecía cada vez más cerca con cada paso que daba Anyu.

Cuando llegaron al andén, el joyero se volvió hacia ella con los ojos llenos de gratitud.

—Es usted una muchacha increíblemente honesta. Admiro sinceramente su integridad. ¿Puedo preguntarle cómo se llama?

—Me llamo Anyu —respondió ella. “Jade pacífico”, la había llamado su madre, a pesar de todo lo que le había pasado.

El joyero murmuró su nombre en un chino poco aceptable, pronunciándolo mal, como algo que significaba “pez oscuro” en lugar de “jade pacífico”. Luego rebuscó en su bolsillo.

—Déjeme darle algo. Estoy en deuda con usted.

—No tiene que darme nada. Es su huevo, señor.

—Isaac. Llámeme Isaac… Soy Isaac Mandelburg. ¿Qué le parece esto? Tome.

Ella miró lo que le había puesto en la mano: era un pañuelo de seda, grande, limpio, con líneas azules entrecruzadas. En una esquina tenía bordada la letra M en alfabeto latino en una curva elegante y amplia, y una dirección en chino.

El silbato del tren volvió a sonar junto con la voz del maquinista: era la última llamada para subir al tren.

El joyero dijo con prisa: —Voy de camino a la tienda de mi tío en Shanghái. Esta es la dirección. Si alguna vez va a Shanghái, Anyu, ¿Anyu?, por favor, búsqueme. Cuidaré de usted.

Anyu había oído hablar de Shanghái, un mercado lucrativo para el comercio de pieles, una ciudad lejana en el sur que nunca había visitado y que quizá nunca visitaría. Y el pañuelo era un objeto que le pertenecía a un hombre. No debía aceptarlo. ¿Qué diría su madre?

Pero el joyero se había apresurado a marcharse y había desaparecido entre la multitud del andén, llevando su maleta y su huevo.

—¡Idiota!

Una fuerte bofetada. Había aparecido su casero, jadeante.

Anyu se tocó la cara, que le ardía, pero el hombre no había hecho más que empezar y volvió a levantar el brazo. Antes de que le pegara nuevamente, Anyu echó a correr.