Capítulo 48 Carrie
Carrie
Querida Vassia,
Dibujé este retrato para ti y lo llevé a Santorini con la esperanza de dártelo.
Durante todo este tiempo he tenido la intención de volver, pero las circunstancias se interpusieron.
Al final de la guerra, me presenté voluntario para ir a Asia Oriental.
De entre todos los hombres del Servicio Aéreo Especial y el Servicio Especial de Embarcaciones, me escogieron para formar parte del grupo de sesenta personas destinadas a aquella zona, pero las bombas atómicas explotaron justo cuando estaba prevista nuestra partida y la guerra se acabó definitivamente. Así que me quedé en Londres.
No podía confesárselo a nadie, pero fue entonces que me vine abajo.
Cuando la contienda terminó, el estrés, el agotamiento y el trauma de los últimos cuatro años salieron a la superficie.
Me costó mucho tiempo recomponerme y, cuando lo conseguí, me di cuenta de que lo único que me ayudaría a curarme sería volver a Santorini, al sitio en el que, durante unas breves semanas, y a pesar del peligro mortal en el que me encontraba, fui feliz, más feliz de lo que había sido en mi vida.
Si te volvía a ver, todo por lo que pasé habría valido la pena.
Con aquella esperanza, compré un anillo para dártelo.
La chica de la tienda me recomendó algo elegante pero no ostentoso, bello en su sencillez.
Hice grabar las palabras en griego que bordaste para mí y que nos dijimos al separarnos.
Fe, esperanza, amor. El mayor de todos ellos es el amor, y te estaré eternamente agradecido por haberme enseñado lo que es el verdadero amor, cómo es, cómo se siente, qué sabor tiene, cómo suena, cómo huele.
Llegué a Santorini al principio de la primavera.
Esta vez, no bajo el amparo de la oscuridad, sino en un día soleado en el cual las nubes se movían rápidamente por el cielo azul.
Al entrara Vourvoulos, vi a una congregación frente a la pequeña iglesia con la cúpula azul en la que, según me contaste, jugaban tu primo Nico y sus amigos.
Vi que una pareja vestida de novios salía del oscuro portal, los invitados los rodeaban y los felicitaban y les tiraban granos de arroz.
En aquel momento, yo también sentí la alegría que reinaba en la plaza. La guerra era cosa del pasado y la vida seguía adelante, como había hecho en los siglos precedentes. Entre el calor del sol, la sencilla belleza de Santorini y sus edificios estucados, me invadió una enorme sensación de paz.
Y, entonces, la novia se levantó el velo. Eras tú, Vassia, más hermosa de lo que te recordaba, pero ahora eras la esposa de otro hombre.
No me quedé, claro está. Había traído tu tela bordada para que pudiéramos recordar juntos los viejos tiempos, pero la dejé en la isla. El viento se la llevó, igual que el amor que una vez compartimos.
Al principio me preguntaba por qué no sabía que te ibas a casar, por qué no me lo habías dicho. Pero lo cierto es que no tenías forma de ponerte en contacto conmigo. Debería haber vuelto a buscarte antes. Entiendo por qué has seguido con tu vida. No podías saber si estaba vivo o muerto.
Te debo mi vida. Tu excepcional valentía y constancia me salvaron, tu amabilidad y tu bondad innata todavía te iluminan por dentro, como entonces.
Siempre te querré.
Tuyo,
Sol Baker
Con lágrimas en los ojos, Carrie se quedó un buen rato mirando la carta que nunca había sido entregada a su destinataria.
Pensó en la mirada distante y nostálgica que había visto algunas veces en los ojos de Sol.
Ahora sabía que era porque anhelaba a la chica que había conocido en una isla griega bañada por el sol en un momento en el que sus vidas pendían de un finísimo hilo.
Al cabo de unos minutos, se secó las lágrimas, salió al jardín de sus padres y se dirigió al otro extremo.
Se apoyó en la verja y contempló los campos que se extendían frente a ella.
A lo lejos escuchó las voces de Jack y Nell, que se reían mientras recolectaban manzanas para el pastel que Harriet iba a preparar para el almuerzo del domingo.
Jenny, su marido y las niñas estarían a punto de llegar.
El clan entero, junto otra vez después de una pausa tan larga.
Había tardado mucho tiempo en dejar de mortificarse por sus errores del pasado, pero ahora, al pensar en todo lo que había sucedido desde que había recibido aquella profética postal de Grecia, que la había llevado a descubrir el cuaderno de dibujo olvidado, Carrie tenía la sensación de haber descubierto verdades fundamentales sobre sí misma, sobre el mundo y la naturaleza humana.
Por encima de todo, había descubierto el verdadero poder del amor, no solo por la familia, sino por sí misma.
Y, en efecto, estaba aprendiendo a vivir su propia verdad.
Al mismo tiempo, explorar el pasado le había devuelto la habilidad y la magia de escribir.
Su editora ya tenía el primer borrador de su libro.
Pronto saldría a la luz y todo el mundo podría leer una historia de amor en el más peligroso de los mundos.
Indiferentemente de si se vendía bien o no, Carrie ya no tenía que preocuparse por su casa, pues, desde que Jack se había mudado con ellas, los ingresos comunes bastaban para enfrentarse a la nueva hipoteca.
Y, por si fuera poco, Spencer había regresado a Grecia con un anillo de compromiso para Xanthe y la boda estaba prevista para el verano siguiente. Carrie, Jack y Nell estaban invitados, por supuesto. Carrie se alegraba mucho por su amiga.
—¡Mamá!
La voz de Nell le llegó a través de la neblina y el aire del otoño y la sacó de su ensoñación.
—¡Mamá, papá y yo necesitamos tu ayuda!
Una pequeña y pensativa sonrisa se dibujó en los labios de Carrie, que se apartó de la valla y se dirigió hacia su hija y su…
¿compañero? Todavía se le hacía raro pensar en Jack de aquella manera, pero, al hacerlo, sintió que una profunda gratitud le llenaba el alma.
Tenía mucha suerte. La vida le había regalado una segunda oportunidad, la segunda oportunidad que Vassia y Sol no habían tenido. Debía aprovecharla al máximo.