La joven de Santorini Epílogo Jack
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Epílogo Jack

Epílogo

Jack

J ack miró a la madre de Carrie con recelo.

¿Por qué lo había llamado a la cocina para «charlar» mientras los demás estaban relajándose en el comedor, con la barriga llena por la deliciosa y copiosa cena que acababan de tomar?

Siempre había sentido una admiración enorme por Harriet, ya que era la responsable de que Carrie le hubiera permitido formar parte de la vida de Nell, a pesar del dolor que le había provocado.

No se le ocurría qué había hecho para caer en desgracia ante los ojos de Harriet, así que el pánico se había apoderado de su corazón.

¿Justo cuando parecía que las cosas iban bien, se torcían otra vez?

Harriet le hizo un gesto para que tomara asiento.

Obedeció y, nervioso, se sentó en el borde de la silla.

Ella se acomodó frente a él y, consciente de su ansiedad, le dedicó una cálida sonrisa.

—Oh, Jack —dijo Harriet—, no pongas esa cara. Solo quería aprovechar la ocasión para hablar contigo a solas un rato.

Jack intentó fingir que estaba más relajado, pero no lo logró.

—Vale —murmuró, casi incapaz de hablar—. Me siento como un alumno al que han llamado al despacho de la directora.

—No digas tonterías —protestó Harriet—. No es eso, aunque muchas veces he pensado que sería una buena directora.

Sería divertido hacer callar a los estudiantes descarriados con solo una mirada severa.

—No sé cuántos directores son capaces de tal cosa —rio Jack, que por fin se sentía más tranquilo—. Según Nell, por desgracia es un talento que el señor Donovan no tiene.

Harriet sacudió la cabeza.

—Bueno, no le ha ido tan mal.

Las notas de Nell se habían movido entre el 6 y el 7, con un 8 excepcional. Todos los implicados habían respirado con gran alivio, sobre todo la misma Nell.

—Pero no quería hablarte de la escuela ni de Nell. —Harriet cogió algo de la estantería detrás de ella—. Quería hablarte de esto.

Arrastró una cajita verde por encima de la mesa para dársela a Jack. Perplejo y con el ceño fruncido, este la cogió y la abrió. En su interior había un sencillo anillo de oro con cinco relucientes diamantes incrustados.

—¿Qué es? —preguntó, confuso.

Harriet apoyó los hombros en la mesa.

—Es un anillo que Sol compró pero nunca entregó a su destinataria, que ahora sabemos que era Vassia.

Me lo entregó y me dijo que debía ser para Carrie o Jenny.

Se lo comenté a Jenny y se lo probó, pero le queda demasiado pequeño y, además, insistió en que se lo quedase Carrie como símbolo de su reconciliación después de lo que pasó entre ellas hace tantos años.

—Oh —dijo Jack, no menos desconcertado—. Es un gesto bonito por parte de Jenny. Pero, entonces, ¿por qué…?

—Déjame que te lo explique —interrumpió Harriet—. Podría entregárselo a Carrie directamente, pero, pensándolo bien, he decidido que será mejor que se lo des tú. No tiene por qué significar nada concreto, ya me entiendes.

—Ya.

Jack parpadeó. ¿Se refería Harriet a una petición de mano? La idea le había pasado por la cabeza, pero tanto él como Carrie seguían en la etapa de tomarse las cosas con calma, ninguno de ellos quería precipitarse. No hacía falta.

—Pero Sol lo compró para alguien especial y quería que lo tuviera alguien especial, y creo que sería adecuado que Carrie lo recibiera de alguien especial como tú.

Al fin y al cabo, pase lo que pase entre vosotros, siempre serás el padre de su hija.

Y has sido un padre excelente para Nell. No podría pedir nada más.

—Es muy amable por tu parte —respondió Jack, removiéndose algo incómodo—. Por supuesto que le daré el anillo a Carrie, es un gran privilegio.

—Carrie me dijo que la inscripción reza «Fe, esperanza, amor». Y creo que, en todos los años que has esperado a mi hija, tú has demostrado las tres cosas.

Harriet esbozó una sonrisa irónica y levantó las cejas. Con ese gesto, la tensión se disipó y Jack, aliviado porque lo peor había pasado, se echó a reír.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y tanto Harriet como Jack se sobresaltaron.

—¿Qué hacéis? —exigió saber Nell—. Vamos a empezar una partida de Rummikub, ¿os apuntáis?

—Yo no —se apresuró a responder Harriet—. Se me dan fatal los juegos de mesa, siempre pierdo. Pero os miraré y te animaré.

—Vale —contestó Nell alegremente—. ¿Y tú, papá? ¿Quieres estar en mi equipo?

Jack iba a decir que sí, pero no logró pronunciar la palabra porque Nell había cogido la caja del anillo y, sin esperar la respuesta, preguntó:

—¿Qué es? ¿De quién es?

—Era de Sol —explicó Harriet—, pero a partir de ahora será de tu madre. Y tu padre se lo dará.

Nell se quedó de piedra y, muy lentamente, levantó su mirada hasta que encontró los ojos de Jack.

—O sea que es un…

—No necesariamente —intervino Jack antes de que Nell terminara la frase.

—No sabes lo que iba a decir —protestó la joven—. Iba a decir que podría ser su regalo de empuje.

—¿Regalo de empuje? —repitió Harriet, incrédula—. ¿Qué diantre es eso?

Nell sacó el anillo de la caja y se lo probó en cada uno de sus finos dedos. Le quedaba perfecto en el del medio. Giró la mano hacia un lado y hacia el otro para admirar el reflejo de los diamantes bajo la luz.

—¡Ay, abuelita! —dijo con un exagerado aire de paciencia infinita por la ignorancia de su abuela—. Es el regalo que el hombre le hace a la mujer después de dar a luz. A algunas les dan cosas en plan un Range Rover y tal.

Volvió a contemplar el anillo, se lo quitó y lo devolvió a su estuche.

—Pero normalmente son joyas, sobre todo anillos. Esto es literalmente perfecto.

Le entregó la cajita a Jack, se dio la vuelta y salió de la cocina gritando:

—¡Apresúrate, papá! Vamos a empezar la partida.

Jack y Harriet se miraron fijamente y se echaron a reír. Jack se guardó la caja en el bolsillo y dijo:

—Bueno, está decidido. Será un regalo de empuje.

—Maravilloso —respondió Harriet—. Sé que, si Sol nos está viendo desde donde esté, le encantará saber que su anillo por fin está en manos dignas.