Capítulo 45 Vassia
Vassia
—¿ E stás lista?
Thalia llevaba toda la mañana preocupada por cosas insignificantes y Vassia ya se sentía agotada.
Entendía la emoción de su madre y la hacía feliz verla tan feliz.
Desde el final de la guerra, lo único que todos querían era dejar el horrible pasado atrás y seguir con sus vidas.
Había tantas ausencias: su padre, su hermano, Kostas y los demás a los que los nazis habían arrebatado la vida sin compasión.
Los que habían quedado tenían una gran responsabilidad y Vassia sentía el peso del deber todos los días.
Su compromiso había dado algo que hacer a su madre en los últimos meses, y era maravilloso ver cómo recobraba la vitalidad.
Thalia estaba frente a su hija y, con cuidado, le arregló el velo que llevaba en la cabeza, preparada para bajárselo cuando entrase en la iglesia.
—Estás preciosa —le dijo—. Qué suerte tiene ese chico.
Vassia sonrió.
—¿Puedes echar un vistazo a los botones de la espalda? —le preguntó—. Me da la sensación de que uno está un poco suelto.
Cuando su madre ya no la podía ver, Vassia cerró los ojos para intentar calmarse. Quería casarse, claro. Evangelos era un hombre maravilloso, le brindaba seguridad y estabilidad, la cuidaba y la adoraba. No podía pedir nada más.
No era cierto, sí podía. Quería a Sol. Pero había aceptado tiempo atrás que aquel sueño se había desvanecido junto con el propio Sol.
Al verlo partir en la oscuridad de aquella noche tres años atrás, en el fondo ya sabía que nunca más volvería a verlo, pero una parte de ella se había aferrado a la esperanza de que volvería.
Al final, había cedido a la infranqueable presión de complacer a su madre y darle lo que más deseaba, a saber, un anillo en el dedo de su hija y, con suerte, un hijo al cabo de nueve meses.
Quería a Evangelos de verdad, no era su culpa que no fuera Sol.
Se había dicho a sí misma con mucha severidad que, al aceptar la propuesta de matrimonio, se volcaría incondicionalmente en la relación y las futuras nupcias.
Así lo había hecho y pensaba cumplirlo hasta el final.
—Los botones están bien —dijo Thalia—. El vestido te queda perfecto. Oh, recuerdo la época en la que yo tenía este tipazo.
Vassia había heredado su vestido de novia de su madre y su abuela. No solo era la tradición, sino una necesidad. Nadie tenía dinero o tela para hacer ropa nueva, ni siquiera para una ocasión tan importante.
—Bueno, supongo que ha llegado la hora de irnos.
Vassia se miró por última vez en el espejo manchado y oxidado, y se dirigió a la puerta. En el exterior la esperaba su paje, su primo Nico, vestido de traje. Siguiendo las instrucciones de no correr por ahí y ensuciarse, se había quedado sentado en una silla.
—¡Vassia, estás guapísima! —le dijo al verla.
Se levantó y le ofreció la mano. Vassia la cogió con fuerza y contuvo las ganas de llorar.
—Gracias, Nico —murmuró—. Tú, también.
Nico se rio y caminó rítmicamente a su lado en el corto camino hasta la iglesia.
Al dar los primeros pasos, las campanas empezaron a redoblar y a resonar entre las calles y callejones, llamando a los invitados a tomar asiento en los bancos.
La boda de Evangelos y Vassia era la primera en Vourvoulos en tiempos de paz y todos tenían ganas de festejar.
En el camino hacia el altar, a Vassia las piernas le empezaron a temblar.
Evangelos se giró para mirarla. Estaba increíble con el traje, el pelo acabado de cortar y bien peinado, el rostro afeitado, su amplia sonrisa.
Cuando el sacerdote inició la sencilla ceremonia, una sensación de calma y serenidad se apoderó de Vassia.
Evangelos y ella eran de la misma clase, gente de pueblo, gente de Santorini.
Y también sus futuros hijos, que Vassia esperaba que fueran muchos.
El comando británico siempre ocuparía un lugar central en su corazón, pero aquello era la realidad.
Sol solo había sido un sueño.