La joven de Santorini Capítulo 43 Vassia
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Capítulo 43 Vassia

Vassia

E n los días siguientes, sacaron a Vassia de su celda para que varios oficiales nazis la interrogasen, pero no volvió a encontrarse con Schwarz.

No había mentido al decir que no quería verla nunca más.

Antes de los eventos de los últimos meses, jamás se había planteado cómo reaccionaría en un interrogatorio, no había considerado aquella posibilidad.

Ahora se daba cuenta de que era irrelevante.

Les dijo a los alemanes todo lo que sabía porque la verdad era que no sabía nada.

No tema ni idea del próximo destino del SBS o de sus intenciones.

Durante las horas que pasaba a solas, intentó comprender lo que había hecho su hermano. Intentó ponerse en su lugar, pensó en cómo se sentiría si su propio hijo estuviera tan enfermo como Atlas. Poco a poco fue liberando su rabia y, en lugar de odiar a su hermano, lo perdonó y rezó por él.

En el que Vassia suponía que era el cuarto o quinto día de su encarcelamiento, la puerta se volvió a abrir.

Esperaba otro interrogatorio, así que se levantó para acompañar a los guardias, a los que no reconocía.

Pero esta vez no la guiaron por el laberinto de pasillos, sino que la llevaron en otra dirección.

Ante sus ojos incrédulos se alzaba la pesada puerta de madera de la entrada.

Cuando se abrió, sus pupilas se contrajeron dolorosamente por la brillante luz y se quedó parada unos segundos, indefensa.

No podía ver bien. La empujaron por la espalda y estuvo a punto de caer al suelo.

Cuando se recuperó del sobresalto, se giró para mirar a los guardias, que se preparaban para volver al interior.

—Eres libre, puedes irte —le dijo uno, cuya voz reflejaba su descontento.

Luego, el segundo guardia añadió:

—Yo que tú me iría de aquí inmediatamente.

Su tono era más suave que el de su compañero, incluso tenía un deje de algo que parecía empatía.

No tuvieron que repetírselo dos veces. Vassia cruzó los brazos sobre su pecho y empezó a caminar con paso decidido.

Al llegar a Vourvoulos, encontró a su madre en la mesa de la cocina con una expresión de agotamiento y el rostro abotargado por las lágrimas. Al ver a su hija, Thalia se la quedó mirando, incrédula. Luego se levantó de un salto y la rodeó con los brazos y empezó a llorar sobre su hombro.

—Pensaba que te habías ido —sollozó sin parar—. Pensaba que te había perdido.

—Ea, ea, mamá —la tranquilizó Vassia—. No me he ido, estoy aquí, sana y salva. Todo va bien. Todo irá bien.

Más tarde, Vassia salió a por habas para la cena.

Se sentía incorpórea, no conseguía creer que la hubieran dejado libre, no estaba segura de si se trataba de otra broma cruel de Schwarz y en cualquier momento una mano se posaría en su hombro y la arrastraría de vuelta al calabozo.

Comprar comida le parecía la cosa más trivial del mundo y, simultáneamente, de máxima urgencia.

Al regresar de la tienda, donde evitó entablar conversación con nadie, chocó con Evangelos, que la saludó con una alegre sonrisa. Mientras charlaba, Vassia se dio cuenta de que no sabía nada de su desaparición. Su madre no se lo había dicho ni a sus vecinos más cercanos.

—¿Necesitas algo? —le preguntó Evangelos vigorosamente—. Lo que sea, no dudes en pedírmelo. Si necesitáis ayuda con alguna tarea para la que haga falta un hombre, ya sabes.

A Vassia se le ablandó el corazón. Evangelos había perdido a su hermano y, aun así, estaba pensando en ella y su madre y en cómo se las apañarían sin su padre.

—Gracias —respondió—. De momento estamos bien, pero si necesitamos algo ya sé a quién preguntarle.

Evangelos asintió y sonrió.

—Bien, me alegro de escucharlo, Vassia. Somos vecinos, debemos cuidar los unos de los otros. —Vaciló unos segundos y luego añadió—: Estaba pensando que no falta mucho para la fiesta de Agioi Anargyroi en Megalochori. ¿Te gustaría acompañarme a la iglesia?

La pregunta tomó a Vassia por sorpresa.

—Oh, bueno, no sé —balbuceó—. Quiero decir, tengo que pensar en mi madre, no puedo dejarla sola tanto tiempo y…

Se quedó en silencio y sin más excusas.

—Bueno —respondió Evangelos un poco demasiado rápido y con demasiada informalidad, como si quisiera quitarle hierro al asunto—. Si cambias de opinión, ya me dirás.

Se quedó parado un momento, pero luego se giró y se dirigió enérgicamente al puerto, donde estaba anclado su barco de pesca.

—Eso haré —dijo Vassia en voz baja. El viento golpeó y disipó sus palabras.

En casa, su madre había conseguido espabilarse. Que Vassia hubiera salido de la prisión la había revitalizado.

Cogió las habas de las manos de su hija y se puso manos a la obra en la cocina para preparar la cena con gran ajetreo.

—He visto que hablabas con Evangelos —dijo mientras cortaba y freía—. Es un buen chico, como lo era su hermano, que Dios lo tenga en su gloria.

Hizo una pausa, estaba a punto de llorar. Vassia le pasó un brazo protector por encima de los hombros.

—No pienses en ello —le pidió a su madre—. Solo conseguirás ponerte triste.

Para distraer a su madre, le habló de la invitación de Evangelos. Thalia se mordió el labio y se secó los ojos.

—Deberías ir —le dijo.

Al terminar de preparar la comida, se había animado un poco.

—No sería mala idea que conocieras un poco mejor a Evangelos, ¿no crees? —sugirió Thalia—. Y deberías ir a la misa con él. Y otra vez en julio, cuando celebremos san Pantaleón aquí, en el pueblo. Invitaré a la familia de Evangelos para comer juntos. Será una oportunidad perfecta.

Vassia respondió a ese último comentario con su silencio. Se puso a juguetear con las habas de su plato mientras su madre seguía:

—Quiero decir que empieza a ser hora de buscarte a alguien para que te cases.

Ahora que tu padre ya no está con nosotros, lo que más feliz me haría sería verte sentar cabeza, como Andreas.

—Se detuvo y dejó caer el tenedor en su plato.

Luego se llevó las manos a la cabeza—. La idea de la boda de mi única hija es lo único que me ayuda a salir adelante.

—Empezó a llorar y cogió la mano de Vassia—.

Necesito saber que estás a salvo y tienes a alguien que te proteja en caso de que… bueno, antes de que yo falte.

—Ay, mamá —exclamó Vassia—. Todavía tienes muchos y muchos años de vida por delante. Nos queda mucho tiempo.

Siempre estaré a tu lado, igual que Andreas. No te preocupes.

Pero al día siguiente, cuando fue a visitar a su hermano, se encontró con la casa vacía y las puertas y las ventanas cerradas. Llamó y llamó, pero no hubo respuesta. Parecía que a los tres, Andreas, Athena y Atlas, se los hubiera tragado la tierra.

No le contó a su madre que habían desaparecido, se limitó a decir que, como padres primerizos, estaban muy ocupados.

Al cabo de tres días, empezó a sospechar lo que había ocurrido.

Consiguió que alguien la llevara en un carro tirado por un burro hasta Fira y, al llegar, bajó la larga y serpenteante escalera de casi seiscientos escalones hacia el puerto.

En la oficina del puerto, preguntó por las salidas más recientes.

—¿Se ha embarcado una familia joven últimamente? —preguntó—. ¿Un hombre, una mujer y un bebé casi recién nacido?

El encargado del puerto frunció el ceño mientras intentaba recordar a quién había visto recientemente.

—Sí —dijo finalmente—. Se fueron el miércoles. Compraron un pasaje para Atenas.

—Gracias —respondió ella.

Al salir, bajo la abrasadora luz del sol, se apoyó contra la pared estucada y miró el mar, como si todavía se pudiera divisar la embarcación que se había llevado a su hermano, a Athena y a Adas.

A estas alturas, ya debían haber alcanzado la tierra firme.

Podrían estar en cualquier parte, Grecia era un país grande.

Era imposible encontrarlos. Si no tuviera responsabilidades, quizá Vassia se habría subido al siguiente barco para seguirlos, localizarlos en donde fuera que hubieran ido a ocultar la vergüenza de Andreas.

Pero no podía dejar sola a Thalia, y tampoco tenía dinero.

Se preguntó de dónde habría sacado Andreas el efectivo para marcharse.

¿De Schwarz? Era posible. Quizá había sido el propio Schwarz quien le había aconsejado irse de Santorini. A Vassia no le sorprendería.

Al pensarlo, una llama de ira recorrió su ser. Iría a preguntárselo directamente. Era la cosa más estúpida que podía hacer. Lo odiaba. Seguramente el alemán le pegaría un tiro ahí mismo. Estaba tan furiosa que le daba igual.

Al llegar a casa de Schwarz, se dirigió con paso decidido a los guardias de la entrada.

—Debo ver al teniente Schwarz —exigió—. Es importante.

Sobresaltado por su actitud tan directa, uno de los hombres la llevó hacia el interior y la invitó a tomar asiento en la antecámara de la residencia oficial.

Vassia se sentó y esperó, tuvo tiempo suficiente de aplacar su ira y que un miedo cerval se apoderase de ella.

¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Se había vuelto loca?

Pero no había marcha atrás. Al cabo de un rato, Schwarz apareció.

Las cosas se volvían más surrealistas por momentos.

Realmente había bajado a recibirla. Vassia no había contado con ello.

—Señorita Kourakis, usted otra vez. Pensaba que no nos íbamos a ver más.

La voz de Schwarz desprendía el desdén habitual, pero menos que de costumbre. Vassia se preguntó qué habría cambiado.

—Quiero saber dónde está mi hermano.

No se molestó en ser educada. La expresión de Schwarz cambió de repente y reveló la sombra de la duda que se escondía detrás de su arraigada superioridad.

—Se ha ido.

Vassia hizo un gran esfuerzo para ocultar la sorpresa de que Schwarz respondiera a sus preguntas. Este encuentro se volvía cada vez más raro.

—¿Por qué?

—¿Es usted consciente de que debería haberle pegado un tiro en cuanto la vi?

—La pregunta de Schwarz era retórica, no se molestó en esperar la respuesta de Vassia—.

Su hermano me pidió y suplicó que me apiadase de usted, que la soltara.

Decidí satisfacer sus deseos, pero debía irse antes de que mis subordinados lo descubriesen. Ellos no serían tan misericordiosos.

Vassia se dio cuenta al instante de qué se trataba aquello.

Después de las horribles represalias, siempre había pendido en el aire la pregunta de por qué se habían salvado los demás, el pueblo entero.

Ahora, tanto ella como Andreas habían tenido suerte una vez más.

Solo podía haber una razón: Schwarz sabía que las tornas se habían invertido y los aliados iban ganando la guerra.

Consciente de que algún día, muy pronto, se encontraría en el bando perdedor, el teniente había querido comprar buena voluntad, limpiar su expediente, presentarse como uno de los buenos.

Vassia dedicó una mirada a Schwarz para dejarle claro que lo encontraba despreciable. Si hubiera sido otro tipo de persona, incluso le habría escupido. Pero no se rebajaría a su nivel.

—Tiene usted un concepto muy elevado de sí mismo, teniente Schwarz —respondió ella—.

Lamento decirle que no lo comparto. Se podría haber limitado a ofrecerle a mi hermano el medicamento que necesitaba para su hijo, pero es incapaz, ¿verdad?

Hacer algo a cambio de nada es un concepto inexistente en su mundo.

Y me ha costado mi único hermano y mi sobrino; a mi madre, su único hijo y su único nieto.

Espero que esté satisfecho con lo que ha hecho.

Dicho aquello, se fue sin mirar atrás.