Capítulo 42 Carrie
Carrie
T odos se quedaron en shock al descubrir la verdad sobre el escurridizo Andreas.
Kris leyó en voz alta la entrada en el diario de Vassia, en la que proporcionaba más detalles.
Describía cómo había guiado a Sol hasta una playa desierta justo a tiempo para que la goleta del SBS , que había zarpado expresamente desde Turquía por él, lo recogiera.
Cuando estaba dispuesta a volver a casa, el oficial que estaba a cargo de la isla la había detenido y mandado a prisión.
Vassia
S chwarz no había reparado en gastos para este arresto, pensó Vassia mientras la arrastraban hacia uno de los dos únicos jeeps del ejército en la isla.
Se había imaginado que se la llevarían a lomos de un burro.
El motor rugió al encenderse y los neumáticos gimieron por el contacto con el suelo de piedra del monte.
Vassia se sorprendió de lo calmada que estaba.
Quizá solo estaba entumecida y había perdido la capacidad de sentir dolor o miedo porque se le había roto el corazón.
Sol había logrado huir, era lo único que importaba.
Pero ahora ya no estaba y para Vassia era devastador.
Saber que su propio hermano la había traicionado era la guinda del pastel.
Las frecuentes visitas de Schwarz al restaurante y su interés por Andreas la habían preocupado, le parecía que no presagiaba nada bueno.
Quedaba claro que sus miedos no habían sido infundados, pero nunca podría haber adivinado que los conduciría a esto.
Descubrir lo que había hecho Andreas era difícil de comprender.
Pero, cuando Vassia cerraba los ojos y pensaba en el rostro contraído del pequeño Atlas, en sus dificultades para respirar, en lo pálido que estaba, lo entendía.
Si los alemanes la mataban como habían hecho con su padre y los demás hombres, habría dado su vida para salvar otra. ¿Era justo?
Le costaba analizarlo desde una perspectiva racional.
Intentó deducir qué distancia habían recorrido ya por el rato que llevaba sentada en la oscuridad, pero el tiempo se expandía y contraía con los saltos y tumbos que daba el jeep , así que se le hacía imposible medir el tiempo que había pasado.
Le dolían las extremidades hasta tal punto que se preguntaba si el conductor pasaba expresamente por cada bache y piedra en el camino solo para atormentarla.
Seguramente sí, no se intentaba engañar a sí misma: para sus captores, no era más que un ser repugnante.
Por fin, el vehículo se detuvo con una brusquedad que hizo caer a Vassia de bruces al suelo.
Las puertas se abrieron y dos soldados con cara larga la sacaron a rastras del coche, sacudiéndola innecesariamente.
Todavía estaba oscuro, no había ninguna indicación de que el alba estuviera a punto de teñirlo todo con sus dedos rosados.
Mientras los hombres la arrastraban a la fuerza, intentó deducir dónde estaba, pero, en la oscuridad, no reconoció su entorno.
Seguramente los barracones de los nazis en Fira seguían inoperativos después del ataque y las bombas, así que debían de haber requisado otro edificio, pero Vassia no sabía dónde.
La pesada puerta de madera se abrió cuando se aproximaban a ella, y, apuntando a Vassia con la culata de un rifle en la espalda, la obligaron a entrar.
En el interior reinaba la oscuridad y olía a humedad y a rancio.
La empujaron a un cuarto con tanta violencia que cayó al suelo.
Seguía con las manos atadas a la espalda y, mientras se esforzaba por levantarse, escuchó el ruido metálico de la puerta cerrándose y la llave girando en la cerradura.
Durante unos instantes se quedó de rodillas, sin moverse, para intentar tranquilizarse y recuperar el aliento.
El pánico amenazó con apoderarse de ella un par de veces, pero se obligó a ser fuerte y a luchar contra él.
Si quería salir de aquella situación con vida, debía mantener el control y la cordura.
Poco a poco y tambaleándose, logró ponerse en pie a pesar de no poder usar las manos.
En un rincón de la habitación sin ventanas, sus ojos detectaron la silueta de un catre de madera, el único mueble.
Se dejó caer sobre él y se sentó en el borde.
Necesitaba un plan: qué decir cuando llegase el inevitable interrogatorio, si defender su inocencia o admitir su culpa.
Lo primero no parecía una opción muy sensata, teniendo en cuenta que la acababan de pillar con las manos en la masa.
Lo otro era firmar su propia sentencia de muerte.
En cualquier caso, su futuro pintaba negro, Vassia pensó en su madre, que no sabía qué le había pasado a su hija.
Desde la muerte de Ianos, Thalia dependía mucho de Vassia.
¿Cómo se las apañaría sin ella? Hizo un gran esfuerzo para no permitir que la desesperación la arrollase al pensar en su madre, preocupada e inquieta, esperando al lado de la ventana a que su hija regresase.
Al cabo de unas horas, aunque Vassia no podía deducir cuántas, la puerta de la celda se abrió de golpe y entró un soldado de uniforme.
En una mano llevaba una bandeja, y en la otra, un vaso de hojalata.
Los dejó en el suelo, al lado de Vassia, con tanta violencia que un poco de agua sobresalió del borde de la taza.
A pesar de todo, el estómago de Vassia rugió al ver y oler la comida, y su reseca garganta necesitaba algo líquido.
Hacía muchas horas que no comía o bebía algo.
El soldado hizo ademán de darse la vuelta e irse. Vassia reunió todo su coraje, lo que dadas las circunstancias, resultó no ser tan difícil como había imaginado. Al fin y al cabo, si su destino ya estaba escrito por todo lo que había hecho, ya no podía empeorar las cosas.
—Por favor, ¿puedes desatarme las manos? —le pidió educadamente.
El soldado vaciló, se detuvo antes de llegar a la puerta como si deliberase qué hacer con aquella petición.
Luego se giró y la miró con tanta intensidad que Vassia sintió asco e inquietud.
Tras contemplarla de un modo que Vassia percibió como un acoso físico, el hombre avanzó hacia ella, cogió la cuerda con la que le habían atado las muñecas y deshizo el nudo con un gesto extravagante.
Tiró la cuerda al catre, se apartó y, con las manos en la cintura, miró otra vez a la joven.
—Ni se te ocurra intentar alguna tontería —la amenazó—. Solo empeorarás las cosas.
Negándose a dejarse intimidar, Vassia le aguantó la mirada.
—Gracias —dijo con un tono tan neutro como pudo.
Dicho eso, el soldado se fue.
Cuando la sangre volvió a circular con normalidad por las manos de Vassia y el hormigueo cesó, se comió lo que había en el plato, carne de cordero dura y pan, y se bebió el agua.
Quería otra ración. Al cabo de un rato, se tumbó en el catre y debió de quedarse dormida porque, de repente, notó que abrían la puerta de la celda otra vez.
Entraron dos soldados. Cada uno de ellos la cogió por un brazo y la condujeron por un laberinto de pasillos mal iluminados.
Vassia intentó memorizar la ruta para saber por dónde había pasado, pero era difícil cuando tantas otras cosas le nublaban la mente.
Terminaron en una gran sala. En el centro había un escritorio y detrás estaba sentado el archienemigo de Vassia, el mismísimo teniente Schwarz.
—Ah, señorita Kourakis —dijo Schwarz con una sonrisa, aunque su tono era de burla—. Gracias por venir a visitarme.
Vassia no respondió. El nazi intentaba ponerla nerviosa, y no lo iba a permitir.
—Creo que tiene algo que contarme, ¿no es así?
—prosiguió Schwarz—. Podría pegarle un tiro aquí mismo, claro, pero me divierte la idea de escuchar lo que tiene que decir.
Ya nos habíamos visto antes, ¿verdad?, y noté en usted una cierta agresividad muy impropia para una señorita, incluso para una griega.
Los dos soldados que habían entregado a Schwarz su presa se rieron para darle coba.
—Nadie se había quejado antes de mi conducta, teniente Schwarz —respondió Vassia.
Él cogió su pipa del escritorio. Encendió una cerilla y el olor sulfúrico llenó el ambiente. Por unos instantes, parecía que el alemán solo se pudiera concentrar en prenderle fuego al tabaco. Luego, inhaló un par de veces y exhaló una nube de humo.
—Vamos a ver —dijo—. La encuentro en una playa en plena noche, con el olor de un comando en su piel. No sé qué defensa tienen sus acciones pero, si es tan amable, ilumíneme.
Una vez más, sus secuaces se echaron a reír como si hubiera dicho la cosa más graciosa del mundo.
Vassia tragó saliva y se obligó a recobrar la compostura.
—Estaba en la playa, y en efecto fui con un comando británico. Necesitaba escapar y lo he ayudado.
Clavó los ojos en los de Schwarz, intentó leer la expresión de su rostro detrás del humo que lo ocultaba parcialmente.
—Y usted nunca lo habría averiguado si no fuera por mi hermano Andreas.
Sé que fue él quien le indicó que había un comando a cambio de medicina para su hijo.
Lamento que, para un alemán, la vida de un bebé solo tenga valor si su salvador recibe algo a cambio.
Como cristiana, no vivo mi vida de este modo.
Pero supongo que esa es la diferencia entre una simple chica griega y un oficial nazi.
Cuando terminó de hablar, tuvo la sensación de que toda su sangre se había drenado de su cuerpo.
Se sintió débil y mareada. ¿Por qué diablos había dicho algo tan atrevido, tan provocador?
Se agarró con fuerza al asiento de la silla de madera con ambas manos, intentó no desfallecer y mantener su rostro tan impasible como pudo.
Durante un breve instante, el silencio reinó en la sala.
Luego, con gran estruendo, Schwarz dio un golpe seco con las palmas de las manos en el escritorio.
—¡Mujerzuela descarada! —gritó, e hizo un gesto rabioso a los guardias—. Apártenla de mi vista.
Los secuaces levantaron a Vassia con agresividad para sacarla de la sala.
De vuelta en la celda, no tenía otra cosa que hacer que sentarse en el catre y esperar.
Sería pronto. Schwarz no tardaría en mandarla al paredón, y entonces desaparecería definitivamente de su vida.
Cerró los ojos y pensó en su familia y en su infancia, en su adorado primo Nico y, finalmente, en Sol, el hombre al que amaba.
Reprodujo en su mente los maravillosos momentos que habían pasado juntos una y otra vez, como si fueran una secuencia de fotografías a toda velocidad.
Se imaginaba que las películas serían así, nunca había visto una.
Pensó en los brazos de Sol rodeando su cuerpo, sus labios resecos por el clima en su boca, la suavidad de sus manos al tocarla a pesar de lo áspera que era su piel de soldado.
Le vino a la mente la imagen de la goleta escabulléndose en la oscuridad con las velas desplegadas, sin nada que la delatase excepto el chapoteo del agua en la proa.
Si Dios quería, Sol ya estaría a salvo y se habría reunido con su brigada.
Ya estarían planeando la próxima incursión en otra isla griega.
¿Conocería allí a otra chica como ella? Vassia se obligó a apartar aquellos pensamientos de su cabeza.
«Disfruta de tus hermosos recuerdos», se dijo a sí misma. «Son lo único que tienes».