Capítulo 41 Vassia
Vassia
Treinta y seis horas antes
C uando entró en casa de su hermano, Vassia sintió una punzada de dolor al pensar en lo que estaba a punto de hacer.
Ojalá se hubiera equivocado y sus sospechas fueran infundadas.
Pero estaba más y más segura de que no. Lo peor de todo era que hubieran involucrado al pequeño e indefenso Atlas en aquello.
El inocente bebé no tenía conciencia de lo que había hecho su padre, y su madre, tampoco.
Pero, si algún día salía a la luz, la vergüenza los engulliría a los tres.
Vassia no quería aquello para su sobrino y su cuñada.
Ni siquiera lo quería para su hermano, por mucho que fuera su culpa.
Lo quería, siempre lo querría. Pero Vassia no podía hacer nada más.
Lo que estaba a punto de poner en movimiento solo podía ir en una dirección, era irrevocable y nadie podría detener aquella montaña rusa en cuanto se pusiera en marcha.
Andreas estaba en la cocina, sentado a la mesa y con Atlas en brazos. Athena, que se había puesto el delantal, le servía el pescado. Desprendía un olor delicioso. Al saludar a su familia, Vassia notó que se le hacía la boca agua y el estómago le rugía.
—¡Llegas justo a tiempo! —exclamó Athena, que rápidamente cogió un tercer plato de la alacena—. Te quedas a cenar, ¿verdad? Es la primera vez que cocino como Dios manda desde que nació el pequeñín. Hemos vivido a base de lo que los vecinos nos han ofrecido y de restos del restaurante.
Se mordió el labio al confesar aquello, con remordimiento y cierta incredulidad por haberse relajado tanto.
—No, gracias —respondió Vassia. Estaba muerta de hambre, pero en aquel momento no podía comer—. Cenaré con mamá cuando vuelva a casa. Si no, no comerá nada. Todavía está destrozada desde que… —No hizo falta terminar la frase—. Quería ver a Atlas. Creo que ya está mucho mejor, ¿no?
Athena hizo la señal de la cruz.
—Gracias al Señor —murmuró ella, aliviada.
—¿Conseguisteis el medicamento? —preguntó Vassia—. Es eso de allí, ¿verdad?
Señaló una pequeña botella que había en la estantería detrás de la mesa, al lado del mantón a medio tejer de Athena.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó su cuñada con entusiasmo.
Athena dedicó una mirada llena de amor a su marido y le dio unos golpecitos afectuosos en el brazo con el que sostenía al bebé con gesto protector.
—Andreas lo consiguió, pero no me ha dicho cómo.
Andreas se puso a juguetear con un trozo de pan de la cesta que había en la mesa y no levantó la mirada.
—Qué buena noticia —dijo Vassia.
No era mentira. Ver crecer bien a Atlas era la máxima prioridad, era indiscutible. La lástima era qué lo había propiciado.
—En realidad quería hablar con Andreas de un tema —añadió con tono de disculpa.
Miró a su hermano fijamente y levantó las cejas en un gesto que indicaba que debían hablar a solas.
—Enseguida vuelvo —dijo Andreas—. No me esperes, vuelvo en dos minutos.
Sin soltar al bebé, siguió a Vassia al exterior de la casa.
—Andreas, n-no sé qué hacer —empezó ella a tartamudear por los nervios.
Esperaba que Andreas interpretara que era por la angustia—.
Los nazis saben que Sol está aquí, en la isla, aunque dudo que sospechen de la cueva.
Todavía no han ido, pero sí que lo están buscando.
Y no creo que tarden mucho en dar con él.
Andreas la miró horrorizado, con los ojos muy abiertos. El bebé se removió. Andreas se lo puso encima del hombro y empezó a darle algunos golpecitos suaves con aire distraído.
—Es terrible —susurró.
—Sí —asintió Vassia. No le recriminó que lo sabían porque ella se lo había dicho a él, y él lo había confesado—. Creo que se ha ocultado en Oia, quizá en alguna de las antiguas casas-cueva excavadas en el interior de la caldera. No sé cómo ayudarlo. ¿Qué puedo hacer?
La preocupación arrugó el atractivo rostro de Andreas.
—No puedes hacer nada, Vassia —contestó al cabo de unos segundos de silencio—. Es demasiado peligroso. Debes alejarte de él.
Vassia levantó los brazos en un gesto de desesperación.
—Supongo que tienes razón. Tal vez lo mejor es que encuentren a Sol y, entonces, el miedo y las preocupaciones se acabarán. No puedo creer que haya dicho esto, pero quizá es cierto.
El rostro de Andreas adquirió brevemente una expresión que Vassia detectó y reconoció al instante: alivio.
—Creo que es lo mejor —dijo su hermano—. Lo siento.
Vassia asintió, besó al bebé y a Andreas, y le pidió que se despidiese de Athena por ella, y que se disculpase otra vez en su nombre por no poder quedarse a cenar.
A la mañana siguiente, después de confirmar que los nazis estaban registrando Oia de arriba abajo para desenmascarar a Sol, sin duda con la información que Andreas les había proporcionado, mandó a Nico al cobertizo del establo de Apolo para que le diera la carta a Sol.
La carta en la que le declaraba su amor incondicional, la carta por la cual le aseguraba que iría a la cueva, como habían acordado, para llevarlo al punto de encuentro.
Y la carta en la cual le explicaba que los nazis no habían descubierto que un comando se había quedado atrás hasta que su propio hermano lo había traicionado.
Por suerte, Andreas no les había revelado a los alemanes dónde se ocultaba Sol.
Vassia solo podía adivinar qué había ocurrido exactamente.
Desde que había llegado a la isla, Schwarz había mostrado un cierto favoritismo por Andreas y por eso siempre estaba comiendo y bebiendo y de jolgorio en el restaurante de Loucas.
Vassia se imaginó a Schwarz felicitando al joven camarero por el nacimiento de su hijo, ¡un varón fuerte y sano que en el futuro podría luchar por el Reich como el mismo Schwarz!
Y, al ver en el rostro y el lenguaje corporal de Andreas que el bebé no estaba bien, le habría preguntado cuál era el problema.
El niño necesitaba medicinas para su corazón, le habría contado Andreas. No era un medicamento particularmente inusual o nuevo. De hecho, hacía años que estaba en circulación. Pero no se podía encontrar en Santorini, excepto entre las reservas de los alemanes.
Schwarz había aprovechado aquella ocasión como solo podía hacerlo una verdadera bestia dotada de un tipo muy particular de astucia. Había hecho un trato con Andreas.
Información a cambio del medicamento.
Si Andreas le contaba a Schwarz todo lo que sabía sobre los comandos y su incursión, este le proporcionaría el tratamiento para salvar la vida de su hijo. Andreas, dividido entre el amor por su país y el amor por su hijo, tuvo que tomar una decisión imposible.
A Vassia no le sorprendía que hubiera escogido la vida de Atlas por encima de la de Sol.
Su propia sangre contra un completo desconocido.
No había otra solución posible. Y, aun así, saber la verdad era devastador, desmoralizante.
Nunca se hubiera imaginado que su familia se vería involucrada en algo así, que la vida les pondría aquella terrible prueba. Todavía le costaba creerlo.
Las labores de Athena eran la pista definitiva.
Eso y la recuperación milagrosa de Atlas.
Al buscar el mantón a medio tejer de su cuñada, Vassia había detectado en la estantería una botella con una etiqueta en alemán, en alfabeto romano, que no sabía leer.
Se había dado cuenta enseguida. Las piezas encajaban.
Ella misma le había revelado el escondite secreto de Sol y, casi inmediatamente, habían estado a punto de atraparlo.
Aquello había levantado sospechas en Vassia.
Para demostrar su teoría, le había contado a Andreas que Sol había huido a Oia y, en efecto, al cabo de poco los alemanes estaban registrando el pueblo.
Cuando salió para llevar a Sol al punto de encuentro para su partida, sabía que Schwarz la encontraría. No tenía ninguna duda.
Andreas se lo había contado.