Capítulo 39 Vassia
Vassia
L a luna menguante emitía poca luz, pero las estrellas brillaban en el firmamento y, en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Vassia pudo recorrer con facilidad el camino hacia la cueva.
Lo que sucedería a continuación era lo que realmente la preocupaba.
Solo se podía llegar a algunas playas trepando por los abruptos acantilados volcánicos, pero era evidente que el bote de rescate debía escoger un lugar recóndito y de tan difícil acceso como fuera posible para minimizar el riesgo de que lo detectaran.
A medida que Vassia se acercaba a la cueva, una sombría silueta se materializó entre los matorrales.
La joven sintió que se le paraba el corazón.
¿Era una artimaña? ¿Habían capturado a Sol y ella había caído en una trampa?
Pero, en cuestión de segundos, reconoció la figura de Sol, el cuerpo que conocía tan bien. Después de saludarse con un rápido beso, Sol dijo:
—Vamos. El punto de encuentro está al lado del puerto de Pori. ¿Lo conoces?
Vassia asintió.
—Está a unos cinco quilómetros de aquí —respondió—. Creo que tardaremos más o menos una hora, no hay un camino.
—Aunque hubiera uno, tendríamos que mantenernos alejados de él —murmuró Sol, examinando el campo abierto que los rodeaba—. Debemos movernos a toda velocidad. El encuentro será a la una y quince de la madrugada. Si no estoy allí, no me esperarán.
Con aquella lúgubre advertencia, la pareja empezó a caminar.
A lo largo de todo el trayecto casi no había ningún refugio.
A causa de la actividad volcánica del pasado y la escasa lluvia, había una notable ausencia de árboles en la isla.
Esto significaba que Sol y Vassia estaban completamente expuestos en su travesía por los campos cubiertos de maleza, con el mar a la derecha y sin señales de que hubiera otras vidas humanas en el planeta.
Anduvieron en silencio. A cada minuto que pasaba, el cielo se llenaba de más y más estrellas.
Si no hubieran estado en peligro mortal, la noche les habría parecido maravillosa: un paseo nocturno hacia la playa, quizá nadar un poco en la fría y oscura agua del mar y luego sentarse sobre las piedras lisas y observar las galaxias en el firmamento.
Pero no se trataba de una excursión por el campo. Era una marcha con un propósito y cargada de riesgos.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos de caminata extrema, Vassia se detuvo en seco. A poca distancia, por debajo de ellos, se veía un pequeño puerto con un muelle de madera, en el cual estaban anclados dos o tres barcos de pesca, que se mecían con el suave movimiento del agua.
—Eso es Pori —anunció Vassia. Observó la negra extensión del mar—. Pero todavía no veo ningún barco.
Sol sonrió.
—Vendrán —le aseguró—. Esperarán hasta el último minuto para acercarse. Tenemos que bajar.
Al cabo de cinco minutos llegaron al sotavento del muro del puerto.
Unas náuseas repentinas se apoderaron de Vassia.
Había llegado el momento de decir adiós, un momento inevitable desde que Sol había puesto los pies en Santorini.
Pero saber que ese era el único final posible no lo hacía más fácil de soportar.
Se miraron fijamente a los ojos durante un largo y tenso instante y, de repente, ambos se abalanzaron sobre el otro y Sol la abrazaba con tanta fuerza que Vassia casi no podía respirar. La soltó levemente, acercó su rostro al de ella y la besó una vez y otra hasta que él se separó.
—Oigo un motor —dijo con voz ronca.
Vassia le puso las manos sobre los hombros y le acarició los brazos hasta llegar a las palmas de las manos. Entrelazó sus dedos con los de Sol.
—No puedo dejar de tocarte —murmuró—. No puedo soltarte.
La tensión que había entre ellos era eléctrica y llenaba el aire, reducía a nada el peligro y el riesgo que corrían.
—He recibido tu carta —susurró Sol mientras sus labios besaban el cuello de Vassia—.
La he dejado con el aparato de radio, donde nadie la encontrará.
Si me la llevo, el agua la destruirá cuando vaya hacia el barco, así que la he memorizado.
Cada palabra. Y también lo que has puesto al final.
Fe. Esperanza. Amor. Y el mayor de ellos es el amor.
Llevo tu bordado en el bolsillo, me esforzaré para no perderlo.
Vassia lo escuchó con los ojos cerrados, todo su ser estaba concentrado en él, en su amante y amigo.
No había seguido al pie de la letra el plan que había trazado con Sol.
En lugar de escribir al cuartel general de los nazis, le había dado a Nico una carta para Sol.
Los alemanes no habían registrado Oia porque hubieran recibido su aviso anónimo.
Había logrado aquel objetivo de otra forma.
—Las palabras que has escrito lo son todo para mí —prosiguió Sol antes de posar otra vez sus labios con firmeza sobre la boca de la joven. Era como si no existiera nadie más que Sol y Vassia y las estrellas y aquel momento que parecía no tener fin y que, a la vez, terminaría en un instante.
Sol se desprendió de ella y la miró a los ojos.
—Ven conmigo. Por favor, Vassia, ven. —Su tono de voz sonaba normal, excepto en aquella última sílaba—.
Puedes salir de aquí, de Santorini, alejarte del peligro.
Esta traición… Me cuesta creer que sea cierta.
Será terrible para ti quedarte en la isla sabiendo lo que ha sucedido.
Ven conmigo. Te llevaremos a algún sitio seguro, a nuestra base, y puedes vivir allí hasta que…
La palabra «hasta» se alargó hacia un futuro infinito e impredecible, tan inmenso como las galaxias sobre sus cabezas.
«Hasta que ganemos la guerra», pensó Vassia, «y todos los soldados puedan regresar a casa, a Inglaterra o Escocia o Estados Unidos o Australia.
O quizá hasta que mueras». Todos los escenarios eran posibles.
Vassia no tenía cabida en ninguno de ellos, pero durante unos breves instantes se permitió soñar en una vida al lado de Sol en la campiña inglesa, como en las fotos que había visto en los libros: casitas de paja con rosales alrededor de la puerta y malvarrosa en los pulidos jardines delanteros, rodeados por vallas de madera pintada de blanco, la fresca humedad de la mañana del verano inglés, tan distinta al feroz e implacable calor de Santorini.
Se obligó a interrumpir su ensoñación, a volver al presente.
Sol le pedía que escogiera entre su amor por él y el amor por su país, y era imposible escoger. La decisión estaba tomada. Su madre la necesitaba. Vassia no iba a abandonarla sin más.
Reprimiendo las ganas de echarse a llorar, sacudió la cabeza y, en voz baja, dijo:
—No. Lo siento, pero no puedo.
La angustia y la desesperación que reflejaba el rostro de Sol al escucharla la descorazonaron, todo su coraje y su determinación estuvieron a punto de desvanecerse en cuestión de segundos. Casi, pero no del todo. Lo había dicho en serio. Simplemente, era imposible.
El sonido del motor se intensificó. Vassia miró hacia el mar y vio la goleta que apareció con las velas desplegadas como un galeón fantasma de entre la oscuridad.
Se aproximó tanto como pudo al muro del puerto y, después de un último e intenso beso, Sol desapareció bajo el agua.
Al cabo de unos segundos, se subió a la cubierta y se puso a ayudar a disponer las velas para la inminente partida.
Vassia lo observó todo. Entre las lágrimas en los ojos y la mala iluminación natural, apenas era capaz de ver lo que sucedía. Le costaba creer que lo habían conseguido, habían llegado a Pori a tiempo y Sol había evadido a los nazis una vez más.
Se secó los ojos y no se movió hasta que el barco hubo desaparecido sin dejar más rastro que una leve ondulación en el agua, una nota de jabón de oliva mezclada con el fuerte sabor del mar y un profundo abismo en el corazón de Vassia, que sabía que nunca nada conseguiría llenarlo.
Fe, esperanza y amor. Y el mayor de todos es el amor. Las palabras resonaban en su cabeza en bucle, sin parar.
Perdida en sus recuerdos, Vassia ignoró el sonido de los vehículos que se aproximaban.
Del mismo modo que la partida de Sol había sido inevitable, también lo era lo que iba a ocurrir a continuación.
Cuando la oscura sombra se alzó imponente sobre ella, estaba tranquila.
Había hecho las paces con su ineludible destino.
— Kalimera —dijo con un tono de voz reposado y sereno al girarse para enfrentarse con la mirada firme a la figura que se aproximaba.
Durante unos segundos, pareció que el mundo hubiera dejado de moverse y la noche estaba al acecho, llena de una horripilante expectación.
—Llevaba tiempo esperando, teniente Schwarz. ¿Por qué ha tardado tanto?