Capítulo 38 Carrie #2
Antes de irse, Carrie bebió tres vasos de agua para intentar expulsar el alcohol que circulaba por su cuerpo.
Pasearon hasta el hotel, Carrie no tenía ni la más remota idea de a dónde iban, dejaba que Kris la guiase.
A pesar del calor, su mano se sentía fría y fuerte.
Carrie apoyó su cabeza en el hombro de Kris.
—Vayamos por el camino del cráter —sugirió cuando llegaron al hotel—. No quiero ir a la cama todavía, no estoy cansada.
Se echó a reír, sabía que estaba borracha, pero le daba lo mismo. No se había desmelenado ni una sola vez en los últimos dieciséis años. Diecisiete, si contaba los nueve meses del embarazo.
Se detuvieron frente a la pequeña capilla recién pintada por la cual habían pasado al principio de su búsqueda de Nell y Amy, y se sentaron al lado del muro bajo que la rodeaba para ver el mar.
—¿La gente todavía viene a rezar aquí? —preguntó mientras pasaba un dedo por la áspera textura de la pared con la pintura desgastada.
—No mucho —respondió Kris—, pero los griegos nunca abandonamos una iglesia. Nos aseguramos de que siempre está cuidada y en buen estado de conservación.
—Increíble —murmuró Carrie.
Los griegos eran tan encantadores, tan hospitalarios y tolerantes a pesar de las hordas de turistas con los que tenían que lidiar todos los años.
Gente maravillosa. Un país maravilloso. Quizá podía quedarse aquí, dejarlo todo atrás y mudarse a Santorini, vivir con Kris, forjar una vida completamente nueva para sí misma y para Nell.
Mentiría si dijera que la idea no le había pasado ya varias veces por la cabeza en los últimos días.
Podría estudiar griego y hacer de guía turística, o aprender a navegar y convertirse en marinera, o quizá sería divertido dedicarse a la industria vitivinícola…
Se giró para mirar a Kris y, sin darse cuenta de lo que sucedía, estaba entre sus brazos y se estaban besando.
Hasta aquel momento, los besos habían sido buenos, pero ninguno se podía comparar con este, el mejor de todos.
Era como un largo trago de agua después de haber pasado sed en el desierto: el olor a madera y especias de su cuerpo, la fuerza de sus brazos al sujetarla, la pasión en sus labios, que sabían a sol y a mar y a esa idílica isla.
Carrie perdió la noción del tiempo. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí, minutos u horas? No tenía ni idea. En algún momento, acabaron en el suelo y continuaron acariciándose apasionadamente. Kris fue el primero en separarse.
—Deberíamos volver, se está haciendo tarde. —Vaciló un instante y luego añadió—: ¿Quieres ir a mi habitación y pasar la noche conmigo? Solo si tú quieres, sin presión.
Dijo aquellas últimas palabras a toda velocidad, como si tuviera miedo de haber sobrepasado algún límite.
Carrie le sonrió. Por supuesto que quería ir a su habitación. ¿Quién no iba a querer? Era guapísimo, encantador, apetecible. ¿Por qué se iba a negar? Era una mujer adulta, podía hacer lo que quisiera.
Envuelta en la neblina inducida por el alcohol, asintió.
—Me gusta la idea —respondió mientras Kris la ayudaba a levantarse.
Bajaron por el mismo camino. Embobada por el amor y el alcohol, Carrie tropezó y se tambaleó un par de veces.
Desde que habían rescatado a Nell, tenía una sensación constante de felicidad absoluta, era consciente de que tenía mucha, mucha suerte de que a Nell no le hubiera pasado nada grave; y estaba con este hombre tan atractivo, otro increíble motivo para considerarse afortunada.
—¿Carrie? Carrie, ¿qué estás haciendo? ¿Dónde estabas?
La voz de Jack la sobresaltó y la puso en alerta.
—Pues, esto… en ninguna parte —balbuceó mientras intentaba disimular que se estaba sacudiendo la falda para limpiarse cualquier resto incriminatorio de hojas o tierra—.
Es decir, claro que estábamos en algún sitio, hemos salido a cenar y luego a dar una vuelta y…
—Echó un vistazo frenético a su alrededor—. ¿Dónde está Nell? ¿Qué ha pasado?
Jack jugueteó con las llaves de su coche dentro de su bolsillo.
—No ha pasado nada. Está bien. Hemos pasado un día maravilloso, pero, comprensiblemente, estaba agotada y se ha ido a dormir.
—Hizo una pausa y miró fijamente a Carrie, luego a Kris, luego a Carrie otra vez.
Con un inconfundible tono acusatorio, añadió—: Es ella la que se debe de estar preguntando dónde andas tú.
Kris detectó la incomodidad.
—Bueno, Carrie, creo que es mejor que me vaya. Sabes volver sola a tu habitación, ¿verdad?
Sin esperar la respuesta, se marchó. Carrie observó cómo desaparecía por el pasillo y se preguntó si realmente se hubiera ido con él, si se habría acostado con él.
Su cerebro le decía que no, que habría vuelto en sí, se habría dado cuenta de que no podía dejar a Nell, habría recordado que ya no se acordaba de cómo funcionaba el sexo porque hacía demasiado tiempo de la última vez.
Pero su corazón sí quería, sin lugar a dudas.
En cuanto Kris ya no los podía oír, Jack avanzó hacia ella.
—Carrie, tenemos que hablar —dijo con tono firme y enfático—.
Hace años que tenemos que hablar, pero ya basta.
Hay que dejar las cosas claras de una vez por todas.
Después de todo por lo que hemos pasado estos días, lo mínimo que puedes hacer es dejar que me defienda y escucharme. ¿Estás de acuerdo?
Carrie parpadeó reiteradamente. Solo quería tumbarse, ahí mismo, sobre el duro pavimento, con el polvo y el calor, y dormir. Pero Jack tenía razón. Tenían una conversación pendiente y había llegado el momento de enfrentarse a ella.
—Estoy de acuerdo —murmuró.