La joven de Santorini Capítulo 37 Vassia
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Capítulo 37 Vassia

Vassia

A l día siguiente, Vassia se sentó en el escritorio de su habitación y escribió la carta.

Al terminarla, salió. La primera persona con la que se encontró fue Evangelos.

No quería pararse a charlar, pero no podía evitarlo: era muy amable y siempre le preguntaba atentamente por el estado de salud de su madre.

Vassia le agradeció que se preocupase por ella.

Ninguno de los dos mencionó a sus familiares asesinados a sangre fría y con tanta violencia.

Se quedaron unos segundos en un silencio incómodo, sin palabras en aquel momento de espantoso duelo.

Cuando finalmente Vassia partió, por encima del hombro vio que Evangelos la miraba con anhelo.

Lo saludó con la mano y siguió su camino.

En las tiendas del pueblo, todos hablaban de lo mismo: los nazis buscaban a un fugitivo británico del SBS , y creían que se encontraba en Oia.

Los residentes de aquel pueblo se habían escondido en sus casas, les atemorizaba la idea de salir y enfrentarse a las tropas nazis, que no dejaban ningún rincón sin inspeccionar en sus esfuerzos por encontrar al comando.

Era tan espantoso como había imaginado Vassia.

Era obvio que los alemanes no iban a descansar hasta dar con Sol.

Siguió caminando hasta que encontró a Nico.

Antes solía jugar con sus amigos en la plaza, bajo las higueras, pero ya no iban allí.

Los horribles eventos de aquel día de abril la habían mancillado para siempre.

Por eso, ahora preferían pasarse la pelota en el exterior de la iglesia, bajo la sombra del campanario.

Vassia le dio la carta y le dijo a dónde llevarla. Nico asintió, la solemnidad se reflejaba en sus grandes ojos.

—Lo haré —respondió.

Cogió el preciado sobre y se lo guardó en el bolsillo antes de girarse y echar a correr por la calle polvorienta.

Lo único que pudo hacer Vassia durante el resto del día fue esperar.

Fue una agonía. Intentó coser, pero sin tijeras tenía que cortar el hilo con las manos, era demasiado difícil y dejaba los extremos demasiado deshilachados para meterlos en el ojo de la aguja…

Y, además, pensar en las tijeras le hacía recordar el día en que le había cortado el pelo a Sol, en cómo lo había abrazado y tocado, olido y probado.

Le provocaba un dolor físico en el corazón, su estómago se sentía pesado como el plomo, apenas podía comer o beber, a pesar del calor y de lo largas que se hacían las horas.

En algún punto logró convencer a su madre de que se sentara en el patio y disfrutara del aire fresco.

Allí afuera reinaba la calma, todo estaba en silencio, las hierbas aromáticas que crecían en las macetas impregnaban el aire con su fragancia.

Pero Vassia no podía quedarse quieta, no paraba de levantarse y recoger una hoja invisible del suelo o de arrancar malas hierbas inexistentes de las macetas.

—Parece que tengas el culo en ascuas —intentó bromear su madre.

Por lo menos había salido de la cama media hora. Vassia lo consideraba una mejora. Intentó responder con una risita, pero se le quedó trabada en la garganta.

—Voy a hacer té de menta —anunció.

Lo que fuera para calmar sus nervios. Sin embargo, cuando el té hubo infusionado, Vassia se sintió perdida otra vez. No le quedaba más remedio que esperar.

Los minutos pasaban con una lentitud tortuosa.

Thalia entró en casa para echarse una siesta.

Ahora que Vassia se había quedado sola, deseaba tener el valor para salir a ver por dónde andaban las tropas alemanas, qué estaban registrando en aquel momento.

Pero no se atrevía. No quería que la vieran, por si acaso.

Debía mantener un perfil bajo y no meterse en líos antes del anochecer para poder encontrarse con Sol a la hora acordada.

El día era perfecto, el sol de junio brillaba con intensidad en el centro del cielo azul, manchado solo con algunas nubes cirro.

Pero el intenso y desvergonzado rosa de las buganvillas resultaba demasiado estridente, parecía que se burlasen de Vassia mientras esta no paraba de ir de un lado a otro por el patio, incapaz de concentrarse en cualquier tarea.

Por fin llegó la noche. Vassia le sirvió la cena a su madre y luego a sí misma, pero apenas logró probar bocado.

—¿Te encuentras mal? —le preguntó Thalia, ansiosa, al ver que Vassia jugaba con la berenjena al horno de su plato—. Pareces triste. Oh, esos malditos nazis, lo que hicieron no tiene perdón.

Al decir aquello, se echó a llorar, sus sollozos ahogaron el resto de las palabras.

La ansiedad reconcomía a Vassia por dentro, así que se sintió incapaz de ofrecer a su madre el consuelo y las palabras de empatía que necesitaba.

Ojalá pudiera descargar su aflicción con su madre, a la cual siempre le había contado sus secretos.

Pero no podía explicarle nada de lo que estaba sucediendo en aquel momento.

Thalia llevaba días sin mencionar a Sol.

Vassia se preguntaba si intentaba bloquear el recuerdo de su mente junto con todo lo que asociaba con la muerte de su marido, si fingía que Sol no existía para no tener que pensar en él o preocuparse por él, ni por el papel de su hija en sus cuidados.

Por suerte, a pesar de la siesta, Thalia estaba cansada y se fue a la cama a las diez de la noche.

Con un suspiro de alivio, Vassia decidió pasar el rato limpiando el suelo de la cocina otra vez.

De rodillas y con un gran cepillo en las manos, frotó sin parar las envejecidas baldosas.

El resultado fue unas manos cansadas y llenas de ampollas y un suelo resplandeciente. Y todavía no era hora de partir.

Al cabo de un rato que se le hizo eterno, el reloj del pasillo marcó las doce menos cuarto.

Vassia salió de casa, deslizándose por las calles durmientes y a través de los campos rocosos hacia la cueva.

Se le antojó que esta sería la última vez que caminaba de aquella manera.

Sintió el pensamiento como un puñetazo en el plexo solar que la dejó aturdida.

Y, aun así, como en trance, sus piernas la llevaron hacia su destino.