La joven de Santorini Capítulo 35 Vassia
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Capítulo 35 Vassia

Vassia

L as horas inmediatamente posteriores a la desaparición de Sol pasaron con una lentitud tortuosa.

Aquella noche, Vassia no paró de removerse en la cama, incapaz de dormir de tanto pensar en lo que le habría pasado a Sol.

Con un ferviente ímpetu, intentó llegar a alguna conclusión.

No había nadie en la cueva. Si los alemanes hubieran entrado y descubierto la radio, era imposible que la hubieran dejado allí, así que Vassia dedujo que no habían encontrado la guarida.

Por lo tanto, habían visto a Sol en el exterior.

Vassia sabía que a veces, en plena noche, Sol bajaba al mar a nadar y a hacer un poco de ejercicio.

Debía mantenerse en forma para cuando llegase la embarcación de rescate, y necesitaba el aire fresco porque pasaba demasiado tiempo bajo tierra.

Sería eso. Lo habían interceptado en el agua, o de camino a la playa.

Pero, por otro lado, si hubieran capturado a Sol, la noticia habría corrido por toda la isla en cuestión de minutos, y Nico había dicho que los alemanes todavía buscaban a un comando, no que lo hubieran encontrado.

Aquello significaba que, con toda probabilidad, Sol todavía estaba allí, solo en ese lugar cálido, seco y rocoso, en peligro mortal.

¿A dónde habría ido? Vassia lo conocía, sabía muchas cosas sobre él.

Debería ser capaz de adivinar qué pasos había tomado en aquella situación.

Se estrujó los sesos desesperadamente, intentando pensar como él y deducir lo que estaría haciendo ahora, dónde se ocultaba.

Gradualmente, fue juntando todas las piezas del puzle y ordenando toda la información que tenía sobre Sol.

No se acercaría a los isleños, no por miedo de que lo delataran, sino para evitarles un destino similar al de Ianos y los chicos del pueblo que se habían implicado en la incursión.

Su conciencia no le permitiría traer nuevos horrores a otras familias.

No estaba muy familiarizado con la geografía de Santorini: había desembarcado en la playa de Vourvoulos, lo habían llevado a Fira de noche y luego Vassia lo había conducido hasta la cueva.

No conocía a nadie en la isla y no contaba con la ayuda de un mapa.

Si era cierto que un barco lo venía a rescatar, ¿cómo sabría dónde esperarlo?

¿Se atrevería a regresar a la cueva a por la radio, con la cual podría establecer comunicaciones? Vassia lo dudaba.

Se estremeció al pensar que, felizmente ignorante de que algo no iba bien, había ido allí por la mañana.

A lo largo de los últimos días, la sensación de que la observaban iba y venía, pero finalmente se había convencido de que todo eran imaginaciones suyas.

Si fuera algo más, si realmente la estaban vigilando, los nazis ya la habrían detenido. ¿No?

La verdad golpeó a la joven como un martillo: quizá estaban esperando a que ella los condujese hacia Sol.

Tal vez habían descubierto que lo había ocultado todo este tiempo y contaban con que ella lo delataría.

Ojalá pudiera pedirle a Andreas su opinión, pero no quería volver a hablar de Sol con él.

Cuanto menos supiera, mejor. Así no podía autoinculparse.

Aunque la salud de Atlas había mejorado, necesitaba a su padre, siempre lo necesitaría.

¿A dónde había ido Sol?

Al día siguiente, se levantó agotada por la falta de sueño y la ansiedad de no saber el paradero de Sol o lo que le ocurría.

Se ocupó mecánicamente de sus tareas diarias, evitó hablar con su madre más de lo estrictamente necesario por si el enorme peso de la preocupación que llevaba por dentro explotaba y revelaba lo que estaba ocurriendo.

Igual que con Andreas, no quería contarle nada a Thalia que pudiera ponerla en peligro.

Hacia el final de la tarde, ya no podía soportarlo más.

Necesitaba salir de casa y estar sola un rato.

Con paso decidido, se encaminó hacia el pequeño puerto en el que los barcos de pesca, amarrados en el muelle, se balanceaban tranquilamente.

Algunas gaviotas picaban los restos de la captura del día que habían quedado esparcidos entre las piedras.

Vassia se sentó en el muro, se llevó las rodillas al pecho y las rodeó con los brazos.

De vez en cuando reposaba la cabeza en ellas, otras veces levantaba la vista para contemplar el imposible azul del mar.

¿Cómo podía parecer todo tan normal, desde allí, cuando nada en su vida podía calificarse con aquel adjetivo?

No tenía sentido. Nada tenía sentido.

Vassia se quedó varias horas en el puerto.

No se movió hasta que el sol empezó a descender hacia la línea del horizonte, tiñendo las nubes de rosa y dorado.

Hacía fresco y lamentaba no haberse llevado un mantón.

Pensó en las labores de Athena, en la cálida manta que estaba tejiendo para el pequeño Atlas.

Y luego recordó que algo más le había llamado la atención en la cocina aquel día.

Frunció el ceño, intentando visualizar mentalmente la estancia, pero la distrajo una voz aguda que la llamaba.

—¡Vassi!

Era Nico, que se acercaba a ella montado a lomos de su poni Apolo . Vassia se levantó con cuidado, pues tenía las piernas entumecidas por no haberse movido durante tanto rato, y lo saludó con la mano.

—¿De dónde vienes? —le preguntó a su primo—. Se está haciendo tarde, ¿no te estarán esperando en casa?

Nico sonrió.

—Lo sé, y sí —contestó—. Pero ha sido una buena cabalgata. ¿Sabes qué? Voy a participar en concursos de saltos cuando sea mayor —le contó, animado.

Vassia se rio sin ganas y empezó a andar al lado del poni.

—La semana pasada decías que ibas a ser pescador como tu padre —bromeó—. Y, si mal no recuerdo, la anterior dijiste conductor de trenes en tierra firme. Me cuesta seguir tus ambiciones laborales.

Siguieron charlando hasta que alcanzaron el prado en el que vivía el poni de Nico, en las afueras del pueblo.

Había un pequeño establo de madera en el que Apolo podía refugiarse del ardiente sol del verano, así como una serie de edificios en desuso que se habían convertido en un repositorio de herramientas rotas u obsoletas.

Lo que sí seguía en activo era la pila de estiércol que toda la parentela codiciaba por sus propiedades como fertilizante.

Después de dar comida y agua a Apolo , Nico volvió corriendo a su casa, donde lo esperaba la cena.

Vassia se quedó un rato más. El sonido que hacía el poni al masticar, acariciarle el suave pelaje y notar su dulce y terroso olor la relajaba.

De vez en cuando, el animal relinchaba como si reconociera la presencia de la joven y se le acercaba para acariciar su palma extendida con el hocico.

Vassia le prometió que la próxima vez le traería zanahorias, y sandía cuando las primeras hubieran madurado. A Apolo le encantaba la sandía.

Aunque sabía que Nico cuidaba con la máxima atención a sus animales —solo había que ver cómo se había ocupado del pobre Pollito —, Vassia quiso comprobar las reservas de agua antes de irse. Los caballos necesitaban muchos litros al día, quizá Nico había olvidado rellenar el cubo hasta arriba.

Se dio cuenta enseguida de que sus miedos eran infundados.

El recipiente tenía abundante agua, debería bastar hasta la mañana siguiente.

Justo cuando estaba dando unos suaves golpecitos y caricias de despedida a Apolo , Vassia escuchó un ruido, el sonido de algo metálico chocando contra la roca.

Provenía del cobertizo de las herramientas.

La joven se quedó petrificada un instante, pero recobró la compostura rápidamente.

Seguramente solo era un ratón, quizá un gato que había encontrado un rincón para echarse a dormir.

Había empezado a irse y ya había cruzado la puerta del prado cuando lo escuchó otra vez.

El mismo sonido.

Se giró. Si era un gato, tal vez se había quedado atrapado… Volvió al cobertizo y abrió la puerta diciendo:

—Ven, gatito, gatito…

Se quedó sin palabras y con la boca abierta de asombro al ver quién la recibía.

Sol.

Al principio, no podía creerlo.

Pero era él de verdad, y le hacía gestos frenéticos para que cerrara la puerta. A pesar de su estupefacción, Vassia se dio cuenta de la obviedad. Ella misma le había hablado a Sol del prado del poni. Lo habría recordado como posible escondite.

Una vez cerrada la puerta, Sol le dio un breve abrazo.

—No te puedes quedar —susurró—. Siento haber desaparecido, pero tenía que dejar la cueva. El barco que me recogerá se oculta en la isla Christiani. Han interceptado mensajes de radio y han averiguado que los alemanes saben que estoy en Santorini y vienen a por mí.

Vassia lo escuchó en silencio, muerta de miedo. Temía por la vida de Sol.

—Dudo que hayan encontrado la cueva —prosiguió Sol con urgencia—, pero saben de mi existencia. Tengo que seguir en movimiento hasta que me vaya.

Vassia tragó saliva dos veces, intentando recobrar la voz.

—Necesitamos un plan —murmuró. Y, al recuperar el control de sus cuerdas vocales, añadió—: Una estrategia. Ser más listos que ellos.

Sol asintió.

—Tengo que volver a la cueva para recibir un último mensaje, para que me digan exactamente dónde me recogerán. Sé que será mañana, pero necesito una hora y un lugar. La única forma es desviar la atención de los nazis hacia otro sitio, hacerles creer que estoy en otra parte de la isla.

Hizo una pausa y frunció el ceño en un gesto de reflexión, como si pensara en cómo lograrlo.

—Tengo una idea —dijo Vassia, cuyo cerebro trabajaba a la velocidad del rayo—. Escribiré una carta, anónima, por supuesto, para decirles que te han visto. En Oia, tal vez. Haré que la manden al cuartel general en Fira y tendrán que ir a inspeccionar. Con eso, podemos ganar un poco de tiempo.

El rostro de Sol se iluminó con una hermosa sonrisa.

—¡Es un plan brillante! Hazlo mañana por la mañana —instruyó Sol—. Volveré a la cueva mañana por la noche, usaré la radio exactamente a medianoche. Entonces, recibiré la información que necesito para escapar.

Al decir aquella última palabra, su voz flaqueó.

Sonaba como si estuviera a punto de echarse a llorar, y Vassia también.

De hecho, el corazón de la joven se estaba rompiendo en mil pedazos, pero no podía decírselo a Sol justo ahora, cuando sus posibilidades de salir de la isla con vida habían menguado tanto.

—Vassia. —La voz del inglés volvía a ser firme, decidida—. Debo pedirte un último favor. Es algo muy peligroso, desearía no tener que involucrarte en esto.

Hizo una pausa, suspiró profundamente y se frotó la frente con la mano, dejando una mancha de polvo sobre su piel rugosa.

—Hay muchas playas aisladas a lo largo de la costa de Santorini, pero los caminos que llevan a ellas son complicados y difíciles de encontrar. Necesito tus servicios como guía una vez más.

Se calló y emitió un sonido extraño, una especie de sollozo ahogado combinado con un grave gemido. Vassia le ofreció la mano, que él rodeó con las suyas antes de seguir:

—Si aceptas, te pondrás en todavía más peligro que hasta ahora. Pero necesito a alguien que me lleve al punto de recogida mañana. ¿Vendrás a la cueva cuando pase un cuarto de la medianoche y me acompañarás?

Al oír aquellas palabras, Vassia notó que un gélido escalofrío recorría todo su cuerpo.

Solo sentía calidez en la mano que Sol sujetaba.

Había una infinidad de razones para negarse a hacer lo que le pedía el joven.

Para empezar, estaba muerta de miedo, y predominaba su desesperado anhelo de no separarse de él, de hacer que se quedase en Santorini…

Pero era imposible, lo sabía. Era un fugitivo, en la isla no tenía ningún futuro.

Si regresaba con el SBS y a sus misiones, podía seguir luchando para cambiar el rumbo de la guerra.

Tanto si vivía oculto en la cueva como si intentaba evitar que los alemanes lo capturasen como prófugo en una isla tan pequeña, desde aquí no podía ayudar a derrotar a los nazis.

—Sí —respondió con sencillez—. Ahí estaré.

Sol le soltó la mano y la abrazó brevemente antes de urgirle que se fuera.

De camino al pueblo, Vassia notó que le temblaban las piernas. Pensó largo y tendido sobre su propuesta, planteándose si realmente era la mejor opción. Tuvo otra idea. No era exactamente lo que le había pedido Sol, pero estaba bastante segura de que funcionaría.

En lugar de volver directamente a casa, fue a la de Andreas.

Su hermano ya habría vuelto para disfrutar del salmonete que le había preparado Athena.

Se quedaría con ellos más o menos una hora.

Si tenía razón, era el tipo de certeza terrible que no le desearía ni a su peor enemigo. Debía ver a Andreas para asegurarse.

Si, de aquella manera, conseguía salvar a Sol, era lo único que importaba.