Capítulo 34 Carrie
Carrie
S in soltar la carta que había encontrado Nell, Carrie se dirigió al restaurante.
Kris llegó en el mismo instante que ella.
Él le puso una mano a un lado del rostro y le levantó la barbilla para besarla.
Era tan maravilloso como siempre, e incluso más, ahora que la preocupación y la tensión habían desaparecido.
Después del beso, la rodeó con los brazos.
A pesar del calor y de que estaban en un lugar público, Carrie se permitió fundirse en el abrazo.
Cada vez que se tocaban, recordaba una vez más cómo se sentía el contacto humano, y cuánto lo había echado de menos, lo sola que se había sentido.
Al cabo de unos minutos, Kris se separó de ella y la guio con gesto elegante hacia una mesa libre bajo la pérgola.
Ya había pedido la comida, por lo cual Carrie le estaba agradecida, porque su cerebro todavía no se había recuperado del todo y la decisión más simple se le hacía una montaña.
Después de comer, le mostró la carta y le preguntó si podía leerla.
Kris la escudriñó atentamente, pero sacudió la cabeza.
—La tinta se ha desvanecido demasiado y la letra es muy pequeña. Vayamos a mi despacho, tengo una lupa.
Se sentaron juntos en el escritorio de Kris, bajo la luz de una lámpara. Kris pasó la lupa por encima del papel, Carrie contenía la respiración mientras observaba cómo la movía lentamente entre las líneas. Al terminar, Kris levantó la cabeza y la miró fijamente.
—Te quiero —le dijo.
Carrie enmudeció y se quedó mirándolo, como si le hubieran pateado el diafragma. Había empezado a pensar que podría llegar a sentir lo mismo, pero ¿no era demasiado pronto para una declaración como aquella?
Kris centró su atención en la hoja otra vez y siguió:
—Por y para siempre, pase lo que pase.
A Carrie le dio varios vuelcos el corazón.
Kris no le estaba hablando directamente, solo leía las palabras de la carta.
Era una idiota. Apretó los puños con la esperanza de que Kris no se hubiera percatado de su reacción.
Pero Kris estaba concentrado en la misiva, hizo una pausa y volvió a analizarla, más lentamente y vacilando, esforzándose por descifrar cada frase.
—Gracias por todo. Nos vemos cuando todo esto termine.
Los dos se quedaron sentados en silencio un largo rato.
—¿No dice para quién es, o de dónde? —preguntó Carrie, ansiosa—.
Podría ser una carta de amor de cualquiera, no hay nada que indique que tenga algo que ver con Vassia o Sol o la Segunda Guerra Mundial.
Lo único que parece es muy antigua, y «cuando todo esto termine» podría ser una referencia a la guerra, o quizá no.
Kris sonrió de una forma que indicaba que él tampoco tenía la respuesta.
Se apoyó en el respaldo de su silla, se puso las manos detrás de la nuca y cerró los ojos un momento.
Cuando los volvió a abrir, miró directamente a Carrie.
Esta vez, ella sí sintió que algo pasaba entre ellos, algo que hasta ahora había ocupado un segundo plano y que, sin el pánico y la angustia, podía avanzar al frente.
Carrie se acercó un poco a Kris. Él abrió la boca para decir algo y, en aquel preciso instante, alguien llamó a la puerta con golpes secos.
Ambos se apartaron de un salto, como si los hubieran pillado haciendo algo ilícito. Sofía entró al despacho.
—Lamento molestar —dijo—, pero necesito que firme estas facturas, por favor.
Las dejó en el escritorio. ¿Había notado algo en el ambiente, se había percatado de la tensión palpable? Si así era, no lo demostraba.
Carrie se sintió ligeramente decepcionada al ver que Kris se ocupaba del papeleo. Había estado a punto de decir algo importante, estaba segura. Pero la ocasión se había esfumado. Cuando terminó con sus tareas administrativas, Kris le dijo:
—Creo que deberíamos volver a la cueva. Antes me has comentado que Nell mencionó que había otros objetos. Encaja con los rumores de mi niñez, según los cuales las cuevas se usaban para ocultar cosas. Vayamos a echar un vistazo.
Alarmada, Carrie se quedó boquiabierta.
—¿De verdad? —dijo—. ¿Estás seguro? ¿Tenemos tiempo?
Kris asintió y cogió el móvil y las llaves del coche, se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿Cómo vamos a bajar? —preguntó Carrie al recordar el esfuerzo que les había costado subir a las chicas.
—Confía en mí —fue la única respuesta de Kris.
La dejó esperando sola en el aparcamiento, pues había tenido que volver al hotel a buscar algo. Resultó ser un gran estuche negro. Carrie ni se imaginaba qué era, pero dio por sentado que Kris sabía lo que hacía.
Ahora que sabían dónde estaba, regresaron al escenario de los dramáticos acontecimientos de unos días antes.
Kris aparcó el coche justo en la entrada de la cueva.
Más allá de alguna marca de neumáticos en el suelo rocoso, no había señales que sirvieran de testimonio de los terribles hechos que habían tenido lugar recientemente.
Kris cogió el estuche del maletero y lo abrió.
—Una escalera de cuerdas —anunció mientras sacaba el contenido de la bolsa—. El mismo tipo que usan los bomberos. La tenemos en el hotel por motivos de salud y de seguridad, ¿sabes? Aunque casi todo el hotel está en una planta baja, es muy improbable que la necesitemos. Pero por si acaso.
En la parte de atrás de su coche había una barra de remolque que Kris usaba para su barco.
Ató la cuerda allí y la dejó caer por el pozo.
Carrie observó la boca de la cueva. Todo le parecía surrealista, como en un sueño.
¿Realmente iba a descender a las profundidades de la tierra para, potencialmente, hacer un descubrimiento sísmico en relación con sus familias?
¿Sería hoy el día en el que la verdad se revelaría?