La joven de Santorini Capítulo 33 Vassia
76%

Capítulo 33 Vassia

Vassia

D espués del aterrador encuentro con los soldados, Vassia dejó de ir todos los días a la cueva, por mucho que le rompiera el corazón pasar tanto tiempo sin ver a Sol.

Sabía que, en cualquier momento, al salir de casa podía encararse con el enemigo, y la próxima vez no saldría ilesa.

No saber lo que le esperaba, imaginarse lo que le harían si la atrapaban, era un peso con el que cargaba internamente allá a donde fuera.

Aun así, no se planteó interrumpir del todo sus visitas a Sol. Lo único que debía hacer era tomar una ruta distinta cada vez. Una semana después de jugar a ser peluquera, un día se levantó antes del alba para llegar más temprano que nunca.

Como de costumbre, el silencio reinaba en la proximidad de la entrada oculta de la cueva.

No se veía a nadie, todo era normal. Antes de bajar por los escalones, le susurró unas palabras a Sol para avisarle de que había llegado y para que no se asustase.

Sin esperar su respuesta, Vassia entró a la cueva y en pocos segundos sus pies alcanzaron el suelo rocoso.

Mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, palpó a su alrededor buscando ansiosamente a Sol.

Era raro que no hubiera escuchado su aviso y no la estuviera esperando en el pequeño círculo de luz solar que entraba por el pozo.

Pero hoy no estaba.

¿Estaría durmiendo? Vassia hurgó en la cesta hasta que encontró las velas, encendió una y la usó para iluminar el lúgubre espacio. Luego recorrió la cueva entera.

Nada.

La sensación de pánico aumentó. Vassia se vio obligada a reconocer que Sol había dicho que se aproximaba un barco, que en cualquier momento lo recogerían, que no podía faltar mucho…

Se dijo a sí misma con severidad que, si le habían ordenado irse, no le habría quedado otro remedio que obedecer.

Exploró la cueva otra vez porque, si Sol había partido, seguro que había dejado una nota. ¿No?

La radio seguía bien oculta en la roca, en una fisura natural.

Era imposible verla a menos que uno supiera que se encontraba allí.

¿Significaba aquello algo? Sol la habría cogido al marcharse, aunque quizá había tenido que viajar ligero de equipaje, incluso sin nada.

Si hubiera tenido que llegar nadando al barco, le habría resultado imposible cargar con el aparato.

Si, aun así, se la hubiera llevado, se habría mojado y no se podría usar.

Vassia salió de la cueva y empezó a inspeccionar el área que la rodeaba. Tal vez Sol se había caído y lesionado, o se había contagiado de alguna enfermedad espantosa, o le habían disparado. Se obligó a dejar a un lado aquellas terribles posibilidades.

—Cálmate —se dijo a sí misma—. Debes calmarte.

Pero, por mucho que buscase, no había ni rastro de Sol.

Finalmente, bajó a la playa. El primer lugar en el que se habían escondido los comandos estaba igual de vacante que la última vez que Vassia lo había visitado.

Se quedó de pie en la oscura arena y miró el mar, oteando el horizonte como si pudiera ver a Sol en la distancia, sentado en la cubierta de un barco de vela y despidiéndose con la mano.

Pero no había nada. Solo la extensión del agua, teñida de gris por el alba.

Afligida por una melancolía y una decepción que sabía que no tenía derecho a sentir, pues que Sol hubiera logrado escapar solo se podía considerar algo positivo, Vassia se encaminó hacia la casa de su hermano.

No tenía fuerzas para volver a casa y pasarse otro día apoyando a su madre e intentando que Thalia comiese, se lavase, saliera de la cama.

Vassia haría lo que fuera por ella, pero, a la vez, era una tarea agotadora.

Además, ¿cómo podía aliviar el dolor y la desesperanza de su madre cuando ella misma sentía algo parecido, no solo por la pérdida de Ianos sino también por la de Sol?

Encontró a Athena en el patio de su casa, sentada bajo la buganvilla y dándole el pecho a Adas. El ritmo regular que hacía el pequeño al chupar parecía indicar que ya estaba más fuerte.

—Siéntate —le dijo Athena a Vassia, haciéndole un gesto para que cogiera una silla de la cocina.

Ella también se veía más radiante, sus ojos ya no reflejaban una preocupación extrema y su piel estaba recuperando su brillo natural.

Vassia entró en la casa a por la silla. Al pasar de la potente luz del sol a la tenue luz de la estancia, sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse al cambio.

Como siempre, la cocina olía a tomates y especias.

En la mesa que había bajo la estantería reposaban las labores de Athena, que llevaba tiempo sin tocar las agujas de tejer, ya que el bebé ocupaba todo su tiempo.

Los ojos de Vassia contemplaron la estancia durante un rato, y luego un rato más.

—¡Vassia! —La llamó Athena desde el patio—. ¿Puedes traerme un poco de agua? Cuando doy el pecho, me da mucha sed.

Con aire pensativo, Vassia cogió un vaso, lo llenó y arrastró la silla con la otra mano. Al volver al exterior, sus pupilas se contrajeron dolorosamente. Le entregó a su cuñada el vaso de agua y se sentó.

—Tienes mejor aspecto —comentó—. Y Atlas, también. Me alegro mucho.

Athena asintió y dedicó una sonrisa plácida a su hijo.

—Sí, va mejorando. El doctor dijo que… —Vaciló antes de continuar—. Bueno, los médicos no lo saben todo, ¿verdad?

Vassia había interactuado muy pocas veces con la profesión médica, pues nunca había tenido ninguna enfermedad grave, más allá de las típicas dolencias infantiles que se pasan al cabo de unos días. Igualmente, hasta 1940 tampoco habían tenido un médico residente en la isla.

—Supongo que no —asintió.

La recuperación de Adas parecía mágica y extraordinaria. «Dios aprieta pero no ahoga», pensó, y le parecía cierto. Ianos había muerto, Sol estaba en medio del océano. La esperanza se materializaba en Adas, él era el futuro.

—Ya tengo el cochecito preparado —anunció Athena, orgullosa—. Pronto lo sacaré a dar su primera vuelta por el pueblo, en un par de días. ¿Vendrás con nosotros a presumir de sobrinito?

—¡Por supuesto! —respondió Vassia—. Siempre y cuando me dejes hacerle carantoñas cuando termine de mamar.

Ahora que Adas parecía más fuerte, menos frágil y fácil de romper, Vassia tenía muchas ganas de empezar a aprovecharse de las ventajas de ser la tía que consiente y da muchos abrazos.

Athena se rio y separó al niño del pecho para dárselo a Vassia.

—Parece que se haya emborrachado con la leche —dijo—. Lo hace constantemente, traga tanto que se queda frito.

Cogiendo a su sobrino con una sonrisa indulgente, Vassia sintió que se le derretía el corazón cuando el bebé rodeó uno de sus dedos con los suyos, tan diminutos.

Andreas salió al patio. Llevaba un paquete muy bien envuelto.

—Salmonete —anunció, presentando el pescado como si fuera una ofrenda—. Fresco de esta mañana.

Athena se levantó y lo llevó a la cocina.

—Lo prepararé hoy para que nos lo podamos comer mañana, que tienes el día libre —le prometió a su marido al volver.

Todos sabían que el salmonete era el pescado favorito de Andreas. Ver a su hermano y a Athena juntos le provocó una sensación agradable y cálida a Vassia. Su relación era fácil, sentían verdadero amor y respeto mutuo. Un poco como ella y Sol…

Se apoderó de ella un repentino y renovado temor de que Sol se compadeciera de su vida tan insignificante, de todas las vidas insignificantes de los habitantes de Santorini, de las mundanas tareas domésticas que ocupaban sus días, los límites de sus ambiciones y sus futuros.

Seguro que se alegraba de haber logrado huir de aquella isla subdesarrollada en la que un plato de salmonete era algo digno de anhelar.

Londres, donde vivía Sol antes de la guerra, era una gran ciudad con universidades y teatros, catedrales y oficinas de periódicos, grandes bancos y empresas en las que se cerraban tratos y se hacía dinero.

Era mucho más grande e importante que los tomates, las uvas, la pesca y la piedra volcánica, que eran la base de la subsistencia de la gente de la isla.

Nadie en Santorini llegaría a ser tan cosmopolita como Sol, tan conocedor del mundo. Y ella, todavía menos.

No tenía tiempo de seguir reflexionando sobre aquella cuestión.

Andreas se estaba preparando para trabajar en el servicio del mediodía en el restaurante de Fira, pero entonces les llegó de la calle el tamborileo de unos pasos acercándose a toda velocidad.

Era inusual que alguien corriera en Santorini, y mucho menos cuando el sol estaba en su punto álgido.

Mientras pensaba en ello, Nico entró de golpe por la puerta del patio y se detuvo en seco, doblándose sobre sí mismo para recuperar el aliento.

Andreas se rio y le dio unos golpecitos suaves en la espalda.

—¿Qué sucede? —le preguntó—. ¿Por qué tanta prisa?

Pero se le borró la sonrisa al ver la expresión de Nico.

Cuando el chico pudo hablar, se enderezó y, con la espalda muy recta, casi gritó:

—¡Los alemanes están patrullando otra vez, buscan al comando! ¡El que no se escapó con los demás! Dicen que se oculta en alguna parte de la isla y que van a encontrarlo. Van a mirar incluso debajo de las piedras para darle caza. En el pueblo, todo el mundo habla de ello.

A Vassia se le hizo un nudo en el estómago al instante y sintió que le subía la bilis. Solo podía tratarse de Sol. Desde que había encontrado la cueva vacía, no tenía ni idea de si estaba o no en Santorini y, por lo tanto, en cuánto peligro estaba.

Mareada por la impresión, consiguió devolver a Atlas a los brazos de su madre. En el proceso, miró fijamente a Athena para intentar leer su rostro. ¿Sabía algo al respecto? Le daba la sensación de que su cuñada seguía en la inopia.

Mientras Athena estaba distraída con el bebé, Vassia hizo una señal con los ojos a su hermano. Andreas se inclinó para besar a su esposa y a su hijo en la frente.

—Me tengo que ir —anunció—. Nos vemos luego—. Y, a Nico—: Hay pastel de miel en la cocina. Sírvete un poco antes de volver a casa.

El chico sonrió y entró corriendo en la casa, la promesa de algo dulce le había hecho olvidar el drama. Vassia siguió a Andreas a la calle empedrada que serpenteaba entre los edificios residenciales bajos.

—Creo que el comando al que buscan es Sol —susurró, mirando ansiosamente a su alrededor por si había alguien más; pero el pueblo estaba en silencio, y sus calles, desiertas—.

Esta mañana he ido a la cueva, pero ya no estaba allí.

Estaba a punto de escaparse, me dijo que llegaría un barco.

¿Pero cómo lo habrán encontrado los alemanes?

¿Cómo sabían de su existencia, que uno de los comandos se quedó atrás, y dónde estaba?

Andreas sacudió la cabeza con el ceño fruncido en un gesto de preocupación y desconcierto.

—No lo sé —respondió—, no tengo ni idea. Quizá lo vieron fuera de la cueva o… No lo sé.

El pánico se apoderó de Vassia, que se tuvo que apoyar con la mano en la fría pared estucada para no perder el equilibrio.

—¿Qué hacemos? —Sollozó—. ¿Cómo puedo protegerlo ahora?