La joven de Santorini Capítulo 31 Vassia
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Capítulo 31 Vassia

Vassia

S abía que habría soldados por todas partes, que todo el mundo, especialmente en la traicionera Voulvoulos, como la habían apodado los nazis, estaba bajo sospecha.

Había notado un cosquilleo en la piel cuando una intuición subconsciente le había indicado que tanto a ella como a sus conciudadanos los estaban vigilando.

Aquí tenía la confirmación de sus peores temores.

A unos doscientos metros de distancia, una fila de tropas uniformadas tumbada en el suelo formaba una barrera impenetrable entre ella y el pueblo.

¿La estaban esperando? ¿Sabían de la existencia de la cueva, de sus movimientos?

¿De Sol? Se quedó sin aliento, el corazón le latía a toda velocidad.

Desesperada, se agachó y buscó el cobijo inadecuado de un nopal.

Quería cerrar los ojos y esconder el rostro detrás de las manos, como una niña pequeña que cree que nadie la verá si se tapa los ojos.

Pero, a la vez, no podía apartar la mirada de la hilera de soldados.

Se fijó en que no se movían. Quizá aún no la habían detectado.

En caso contrario, seguro que habrían avanzado de inmediato para capturarla, arrastrándola con firmeza férrea hacia la prisión o al patíbulo.

Vassia se estremeció y se obligó a no imaginarse el destino que la esperaba.

No podía predecir ni cambiar el futuro, solo enfrentarse a él.

Y el presente requería que conjurase una excusa creíble por si la atrapaban.

¿Cómo podía explicar qué hacía fuera de casa a medianoche, sola, dando vueltas por el campo?

En su mente, se planteó varias coartadas posibles.

¿Venía de visitar a un pariente? No era una opción, pues venía de una parte deshabitada de la isla y en aquella dirección tampoco se iba a otra población.

¿Había salido a tomar el aire? Ni hablar: ¿quién escogería alejarse tanto de su casa en plena noche, por sofocante que fuera el cálido aire de la noche?

¿Necesitaba estirar las piernas? Como en el caso anterior, no tenía sentido.

Las piernas se le adormecieron por estar tanto rato en cuclillas, la cesta le resbaló del hombro y cayó al suelo con un golpe seco.

Era un sonido suave y los matorrales lo atenuaron, pero aun así el pánico recorrió las venas de Vassia.

Se tensó y esperó la reacción de las tropas que tenía a tan pocos metros de distancia.

No pasó nada. ¿Qué estaban haciendo? ¿Los había traído hasta allí la noticia de que alguien merodeaba de noche por la zona?

¿O era un simple ejercicio rutinario sin ninguna víctima concreta en mente?

Vassia no tenía forma de averiguarlo pero, fuera por el motivo que fuera, lo cierto es que se encontraba en una posición muy arriesgada.

La cesta que tenía al lado la delataba. Estaba llena de objetos incriminatorios: el cuenco en el que había transportado la comida; las tijeras y los mechones de pelo, envueltos en un paño; la ropa vieja de Sol, que iba a tirar a la pila de compostaje para que se descompusiera con el resto de materia orgánica.

Entonces se dio cuenta de que debía deshacerse de todos aquellos objetos. Inmediatamente.

Aunque casi no lograba distinguir nada en la oscuridad, Vassia echó un vistazo furtivo a su alrededor mientras sus manos palpaban el suelo, buscando las duras asas trenzadas de la cesta para arrastrarla hacia ella.

Con la máxima cautela para no hacer ruido, consiguió recuperar el trapo y las tijeras.

Deshacerse de estas era una tragedia, le resultaría casi imposible encontrar unas nuevas en plena guerra, y apenas podría permitírselas. Pero no le quedaba otro remedio.

En silencio, pero con todas las fuerzas que pudo juntar, Vassia clavó las cuchillas en el duro suelo volcánico bajo sus pies.

Si las enterraba, quizá podría recuperarlas más adelante.

Al pensar en ello, tuvo que reprimir unas irónicas ganas de echarse a reír.

En aquel momento, reencontrarse con sus herramientas para hacer labores no era precisamente una prioridad. Seguramente, nunca más lo sería.

¿Qué podía hacer con la ropa y el cuenco? Si los dejaba allí, los soldados podrían encontrarlos fácilmente, después de dar con ella. Oh, Dios, no podía pensar con claridad, no podía transformar sus pensamientos inconexos en un plan de acción coherente.

Un ruido espantoso y ensordecedor rasgó la noche.

Los frenéticos aullidos de los perros de caza llenaron el aire y la sangre de Vassia se congeló en sus venas.

Entrecerrando los ojos, intentó sin éxito localizarlos en la oscuridad.

Se imaginó unos sabuesos enormes y feroces, desenfrenados por la emoción de la caza y tirando con fuerza de la correa.

Un repentino alboroto procedente de otra dirección hizo que se le acelerara el pulso, su corazón volvió a latir con fuerza.

Durante un instante, hubo una pausa y la intensidad de los ladridos disminuyó, aunque el suelo vibraba por las pisadas sordas de los soldados, que avanzaban en fila, como si estuvieran buscando algo.

A ella.

La luz de las linternas, que iban de un lado a otro, iluminó el paisaje y cegó a Vassia.

Notaba que a sus pupilas les costaba adaptarse al rápido paso de la oscuridad a la luz.

Estaba completamente expuesta, solo las hojas del nopal la ocultaban y protegían.

Se esforzó en hacerse tan pequeña como pudo y, en el proceso, se pinchó sin querer con las largas espinas del cactus y ahogó un grito de dolor al notar cómo se le clavaban en la piel a través de la fina ropa. Empezó a salirle sangre de la herida.

Al levantar la vista para observar el avance de los soldados, en un destello de luz vio a uno de los perros.

Era enorme y temible y tiraba de su correa.

Igual que los demás, se había quedado callado, pero de repente se puso a ladrar ferozmente, como si hubiera olido la sangre de Vassia y fuera a por ella.

Vassia apretó los puños y se los llevó al rostro.

Contuvo la respiración. En cuanto soltaran a los perros, sería el fin.

Pasaron unos segundos horribles, cada uno de ellos parecía durar un milenio.

Vassia estaba a punto de echarse a llorar de puro miedo, solo quería que todo terminara.

Sintiendo que aguantar era inútil, se llegó a plantear entregarse, levantarse y enfrentarse a los hombres con las manos alzadas en señal de rendición.

Si iba a morir, que fuera rápido e indoloro.

Y entonces, en un instante, todo cambió.

Los soldados empezaron a vitorear y echaron a correr en bloque hacia algo que Vassia no veía.

Soltaron a los perros, que salieron disparados a toda velocidad.

Pero no hacia Vassia, sino en dirección contraria.

Se detuvieron de repente a medio camino.

Los hombres se reunieron alrededor de la manada y Vassia escuchó gritos de júbilo y felicitaciones.

Esforzándose para ver en la oscuridad, intentó descubrir qué estaba sucediendo. Uno de los soldados levantó el brazo y la joven se dio cuenta de que algo pendía de su mano. ¿Qué era? Paralizada en su sitio, esperó. Una linterna iluminó el objeto.

Una marta. Uno de los pocos mamíferos que vivía en Santorini, un adorable y tímido animalito que nunca había hecho ningún mal a aquellos soldados. Pero era obvio que se deleitaban en dar caza a criaturas inocentes. Aunque la noche era cálida, Vassia sintió que un escalofrío recorría su cuerpo.

La cacería había terminado y ella no había sido la presa.

Gradualmente, las tropas se retiraron colina arriba y más allá de la cumbre, de regreso a Fira y a su guarnición.

Al cabo de muchos minutos, cuando le pareció que ya se habían ido y que, de momento, estaba a salvo, Vassia se levantó.

Las piernas le temblaban, se le habían entumecido por haber estado tanto rato quieta.

En cuanto hubo recuperado el control de sus extremidades, salió del amparo del nopal, rasgándose una vez más la falda en el proceso.

Miró a su alrededor y se aseguró dos veces de que no quedaba ningún miembro de la expedición de caza en el monte.

Estaba completamente desierto, un paraje encantado y solitario bajo el cielo sin luna.

Sin perder más tiempo, Vassia regresó al pueblo a toda velocidad.

Corrió y corrió hasta que alcanzó el patio de su pequeña casa.

Entonces frenó, se detuvo para recobrar el aire y la compostura.

Su madre no dormía bien últimamente, desde el asesinato de Ianos, y el mínimo ruido bastaba para despertarla.

Si Thalia salía de la cama, Vassia no quería que su madre tuviera ni la más remota idea de lo que había sucedido aquella noche.

Sin duda, el disgusto la mataría.

Lentamente y con infinita cautela, Vassia entró por la puerta de la cocina, casi no se atrevía ni a respirar para que su madre no la oyera.

Thalia no se movió. Una vez en la cama, Vassia no consiguió relajarse.

Le vinieron a la mente los eventos de la tarde, la belleza y la pasión del rato que había pasado con Sol, mezclados con el horror de lo que había sucedido a continuación.

Aquella noche, había tenido suerte. Probablemente, no volvería a ocurrir.

Cada minuto que pasaba, el peligro incrementaba.