Capítulo 30 Carrie
Carrie
J ack no había dejado atrás a Nell y había salido solo, sino todo lo contrario: llevaba a Nell a cuestas.
Los músculos de sus brazos y las venas de su frente estaban en tensión por el esfuerzo, y a pesar de la tenue luz de la luna que empezaba a salir, Carrie vio que el sudor le chorreaba por todo el rostro.
Con un último empujón hercúleo, Jack logró sacar su torso del pozo y tumbarse en el suelo.
Nell iba colgada a su espalda cual simio, y tenía los ojos cerrados como si no quisiera ver lo que estaba ocurriendo.
Kris y Carrie soltaron la cuerda y corrieron hacia ellos.
Juntos, ayudaron a Nell a soltarse de Jack y la tumbaron en un área de hierba.
Carrie se agachó a su lado, se llevó la cabeza de su hija al pecho y empezó a besarle el pelo.
Al mirar hacia abajo, se dio cuenta de que Nell iba descalza y que su tobillo derecho reposaba en un ángulo poco natural, además de estar muy hinchado.
—Mamá —dijo Nell con voz ronca—, lo siento mucho. No quería… Mi tobillo… Roto… Lo siento, lo…
Carrie la interrumpió sin dejar de acariciarla.
—No pasa nada, lo único que importa es que estás con vida. Te quiero tanto, gracias a Dios, gracias a Dios… —Y luego no pudo contener las ganas de preguntarle—: ¿Qué hacíais aquí? ¿Por qué no nos dijisteis a dónde ibais?
Nell cerró los ojos y se le escapó un tímido pero desesperado sollozo.
—L-lo siento —balbuceó, intentando recuperar el aliento—. Queríamos encontrar la cueva, comprobar la verdad de los rumores. Y lo logramos, mamá. Y eran ciertos… bueno, algunos… Y encontramos esto… Una carta… Mira aquí dentro.
Nell le entregó a su madre un recipiente de hojalata que, en el pasado, seguramente había servido para guardar el tabaco.
Carrie lo abrió con sumo cuidado y en su interior encontró una finísima hoja de papel, oscurecida por el paso del tiempo, que en efecto parecía una carta escrita en griego, aunque gran parte de la tinta se había desvanecido y parecía invisible.
—¿Qué…?
Carrie intentó digerirlo, pero era mucha información nueva de golpe y demasiado temprano, todo era demasiado confuso, y antes de que pudiera preguntarle más a Nell, su hija estaba mirando a su alrededor con ojos vidriosos y desconcertados.
—¿Qué hace papá aquí? —susurró—. Me ha sacado del pozo, mamá, me ha llevado a cuestas y me ha sacado. Hemos intentado salir solas, Amy lo ha conseguido pero yo no podía, el tobillo me dolía demasiado.
A su alrededor había empezado el movimiento frenético de los bomberos y otras figuras de uniformes oscuros que se alzaban imponentes.
Carrie los ignoró. Miró a Jack. Había logrado sentarse y respiraba con intensidad para recuperar el aliento.
Estaba ligeramente inclinado hacia delante y se sujetaba las rodillas con los brazos, parecía que acabase de correr un maratón.
Mejor dicho, varios maratones a lo largo de varios días consecutivos.
Y no era de extrañar. Había rescatado a Nell de su prisión subterránea y la había cargado hasta un lugar más seguro.
Cierto, los bomberos habrían hecho lo mismo, al final, pero lo había conseguido Jack.
El odio acumulado, el resentimiento y el dolor de tantos años se desvanecieron, Carrie ahora veía a Jack con otros ojos. Realmente le importaba Nell, quizá incluso también sentía algo por Carrie. Al fin y al cabo, había estado a su lado cuando lo habían necesitado.
Abrió la boca para decirle algo pero, antes de que pudiera decir nada, los paramédicos se arrodillaron a su lado con una camilla y, en un santiamén, ayudaron a Nell a subirse para llevarla a la ambulancia.
Desesperada, Carrie avanzó a zancadas para seguirles el ritmo, no quería perder a Nell de vista nunca más.
De repente, Jack estaba a su lado con una expresión sombría pero determinada en el rostro.
—No sé a dónde la llevan, pero yo también voy —jadeó. Todavía no se había recuperado del gran esfuerzo que había hecho.
Desde la camilla, Nell intentó incorporarse.
—¡Mamá, papá! —gritó llorando—. No me dejéis sola.
El corazón de Carrie se partió.
—No, claro que no, mi amor —le aseguró mientras desaparecía en el interior de la ambulancia.
—Vamos a la clínica de Fira —anunció uno de los paramédicos—. Suba, por favor.
Jack, que había adelantado a Carrie, se montó en el vehículo. Su cuerpo bloqueaba a Carrie, que no podía ver a su hija pero sí escucharla.
—Mamá —decía la joven entre sollozos, con la voz temblorosa—, en la cueva hay otras cosas, no solo la carta, cosas de la guerra, como dijo la anciana.
A Carrie le daba vueltas la cabeza sin parar, entre encontrar a las chicas, la lesión de Nell, la novedad de que la historia de Penelope era, según Nell, cierta… Era demasiado. No podía procesar nada.
Puso un pie en la rampa para entrar en la ambulancia.
—Lo siento —dijo uno de los paramédicos, que salió del interior del vehículo—, solo una persona.
Carrie no tuvo más remedio que bajarse y dejar pasar al hombre, que inmediatamente apretó el botón para recoger la rampa.
—Un momento —suplicó Carrie—. ¿Qué hace? Tengo que estar con ella, soy su madre, me necesita.
—Lo siento, pero solo puede ir una persona —repitió el sanitario mientras cerraba las puertas con un golpe seco—. Tiene a su padre, todo bien.
Se montó en la ambulancia por el lado del conductor y casi al mismo instante el motor cobró vida, los neumáticos empezaron a rodar y el vehículo se alejó por el camino irregular y lleno de baches.
Carrie, desesperada, se quedó mirando la escena con la fina hoja de papel ondeando por la fuerza del viento.