La joven de Santorini Capítulo 29 Vassia
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Capítulo 29 Vassia

Vassia

A Vassia le dolían los ojos de tanto esforzarse por ver lo que cosía concienzudamente a la vacilante luz de la lámpara de aceite.

Se había fijado en que la ropa de Sol, además de sucia, estaba rota y harapienta, y se había propuesto remendar la situación.

Ya había arreglado un par de pantalones de su padre para Sol, que estaba mucho más delgado y, a la vez, era unos diez centímetros más alto, así que no pudo hacer gran cosa para alargarlos, más allá de extender al máximo los dobladillos.

Luego empezó a hacerle dos camisas nuevas y se quedó despierta hasta bien entrada la noche y se levantó temprano para terminarlas.

—¿Todavía estás trabajando, Vassia? —le preguntó Thalia al entrar en la cocina a por un vaso de agua.

Vassia asintió. Estaba demasiado concentrada para hablar. Se hizo un silencio, durante el cual la joven notó los ojos de su madre clavados en ella.

—Me preocupas —dijo Thalia al cabo de un rato—. No me gusta que te involucres en esto. Después de lo que pasó… Ya sabes.

—Debo terminar lo que empezó papá —respondió Vassia sin más, pero con insistencia en la voz—. No tengo miedo.

Dejó la costura a un lado y miró a su madre, retándola a que señalase que se trataba de una mentira descarada. Thalia abrió la boca para decir algo, pero la cerró otra vez. Se encogió de hombros con resignación. Su hija era como su padre: Vassia era igual de tozuda y obstinada que Ianos.

Era junio. Habían pasado más de seis semanas desde la incursión del SBS y Sol seguía en la isla.

Vassia casi había dejado de pensar en cuándo se iría.

O quizá solo se negaba a plantearse lo inevitable.

Cuando sus visitas a la cueva llegaban a su fin, cada vez se le hacía más difícil separarse de él.

Solo quería estar cerca de él, a su lado, tocarlo.

A la vez, y a pesar de la actitud bravucona que mostraba en la superficie, el miedo de que la atraparan se había instalado en lo más profundo de su ser.

Los nazis habían desplegado tropas adicionales por toda la isla y Vassia sospechaba que las paredes tuvieran oídos, que alguien la observaba.

Más allá de la extraña sensación que se apoderaba de ella cada vez que se escapaba del pueblo y le provocaba escalofríos, no tenía pruebas de ello.

Cuando el temor amenazaba con dominarla, se recordaba a sí misma con dureza que eran imaginaciones suyas.

E incluso si no era cierto, como protestaba constantemente su madre, no podía dejar que Sol se las apañase sin su ayuda.

Una tarde, Vassia preparó su bolsa con especial cuidado.

No solo iba a llevarle comida a Sol, sino también la ropa que había hecho y arreglado para él, agua para bañarlo, una barra de jabón de oliva, sus tijeras de costura y un espejo.

La cesta estaba completamente llena. A Sol le había crecido el pelo y no solo le había pedido a Vassia que se lo lavara, cosa que ella ya había hecho otras veces, sino también que se lo cortara.

Vassia estaba un poco nerviosa, nunca había cortado el pelo a nadie, y mucho menos al hombre al que amaba, pero no podía ser tan difícil, ¿no?

Se escabulló por los estrechos callejones mientras el sol se hundía bajo la línea del horizonte y las sombras se alargaban.

¡Cómo deseaba que Sol pudiera salir de la cueva y ver la puesta de sol con ella!

El único momento del día durante el cual el joven podía abandonar su escondite para estirar las piernas y usar la letrina que había excavado y ocultado, era bajo el amparo de la oscuridad más absoluta.

Al llegar a la salida del pueblo, Vassia miró ansiosa por encima del hombro.

Por suerte, no había ni un alma: nadie que la observase, nadie preparado para interrogarla.

Pero, un momento. ¿No era raro? ¿Por qué no había ni rastro de aldeanos haciendo sus tareas diarias, de los pescadores volviendo del puerto, de los trabajadores de la cantera regresando a casa al final de la jornada, de los granjeros con tierra bajo las uñas y las manos cubiertas de callos?

Vassia se detuvo, fingió que le pasaba algo con un zapato mientras intentaba calmarse y pensar racionalmente.

Había salido un poco más tarde que de costumbre, eso era todo.

Los hombres ya estarían en sus casas con sus mujeres, que les estarían sirviendo una buena cena.

Se enderezó y se puso un mechón de pelo detrás de la oreja.

Inspiró profundamente y obligó a sus piernas a ponerse en marcha.

No podía rendirse a su imaginación hiperactiva.

Consiguió avanzar, pero, cuando llegó a la boca de la cueva, le sudaban las manos por el miedo.

Se quedó allí un momento e intentó apartar la preocupación y las dudas de sus pensamientos.

Sol ya tenía bastante de aquello durante todo el día, a todas horas.

La presencia de Vassia debería ofrecerle consuelo y animarlo, no deprimirlo.

La joven se obligó a ocultar su ansiedad y, con una alegre sonrisa en el rostro, empezó a bajar con cuidado los inclinados e irregulares escalones de la cueva.

Sol la esperaba, la anticipación se reflejaba en sus ojos.

En cuanto la tuvo enfrente, la abrazó con todas sus fuerzas y la cubrió de besos.

Vassia rio. La alegría de volver a verlo disipó todas sus inquietudes, pero al cabo de un momento lo apartó.

—No hay tiempo para esto —bromeó—. Tengo cosas que hacer.

Dejó su bolsa en el suelo y sacó la ropa y el cesto con la comida.

—Te he traído esto —le explicó, enseñándole las camisas y los pantalones—. Tu ropa está andrajosa.

Sol la miró fascinado.

—¡Increíble! —exclamó—. Muchísimas gracias.

Hizo ademán de quitarse la camisa que llevaba para ponerse una de las nuevas, pero Vassia lo detuvo.

—No te cambies todavía. También tengo aquí las cosas para cortarte el pelo, como querías. Empecemos con esto.

Sacó el espejo que se había traído de casa, lo dejó en un saliente natural de la cueva y le pidió a Sol que se sentara delante de él. El joven tomó asiento con la espalda muy recta, contemplando su propio reflejo con solemnidad.

—Dígame, señor, ¿cómo lo quiere? —le preguntó Vassia con una tímida sonrisa—. Le puedo ofrecer corto, bastante corto o muy corto.

El espejo le devolvió el rostro sonriente de Sol.

—En ese caso, corto, por favor —respondió, acomodándose en el suelo de la cueva.

—Entendido.

Vassia se arrodilló a su lado para estar a la altura adecuada. Apretando los labios, estudió la forma de la cabeza de Sol y su mata de pelo del color de la arena. ¿Debía empezar por arriba o por abajo? No tenía ni idea. Sol se percató de su incertidumbre.

—No tiene que parecer el corte de pelo de un rey —bromeó—. Me basta con que no me tape los ojos.

—Vale —contestó Vassia.

Luego dijo «vale» otra vez porque así sonaba resuelta y segura, aunque no se sentía así para nada.

Cogió algunos mechones del pelo de Sol y los cortó tímidamente con las pequeñas pero afiladas tijeras.

Sol la miraba fijamente a través del espejo, y, de repente, Vassia se sintió cohibida de una forma que no había experimentado nunca.

—Eres preciosa —le dijo Sol, como si no pudiera guardarse las palabras en su interior—. Encantadora y resplandeciente.

Vassia se ruborizó.

—Gracias —murmuró sin saber cómo reaccionar.

—Ojalá pudiera capturar tu belleza en mis dibujos —prosiguió él. Su voz estaba teñida de anhelo y deseo.

Vassia había reanudado su tarea, los mechones de pelo empezaron a cubrir el suelo de la cueva.

—Para recordarte —concluyó Sol.

Vassia sintió que se le removía el estómago.

En un rincón, apenas visible en la penumbra, estaba la radio, el único y crucial medio de comunicación de Sol con el mundo exterior.

Su vía de escape. Vassia no quería pensar en ello.

Quería que sobreviviera, claro, que lograra huir.

Pero la idea de que Sol se fuera le resultaba insoportablemente triste y, como siempre, le provocaba la sensación de que un puño invisible le agarraba el corazón y lo apretaba hasta dejarlo seco. Se hizo una pausa.

—A mí tampoco me gusta pensar en ello —dijo Sol.

Vassia parpadeó. ¿Le había leído los pensamientos otra vez?

—Pero tendré que irme tarde o temprano. De hecho, anoche intercepté un mensaje por la radio, pronto vendrá un barco. Si todo va bien, llegará en menos de una semana.

Un fuerte ruido metálico rebotó entre los muros de piedra.

Las tijeras habían resbalado de la mano de Vassia, que ahora tenía el puño cerrado alrededor del colgante que adornaba su cuello.

Siempre se lo ponía cuando iba a ver a Sol.

Se hizo un silencio profundo y absoluto.

Si todo iba bien… Que Vassia supiera, nada estaba bien. Se quedó paralizada, no se podía mover.

Sol se agachó para recoger las tijeras y se las dio a Vassia, que las hundió en otro mechón y empezó a charlar de cosas banales mientras intentaba, con poco éxito, controlar el duelo venidero. Ya había perdido a su padre y perdería a Sol, y no sabía si sería capaz de soportar el dolor.

—En pocos días iré a echar una mano en los viñedos —balbuceó—, a mirar si las uvas ya están lo bastante maduras, a podar un poco y a enderezar la kouloura .

Creo que será un buen año para el vino, pero todavía es demasiado pronto para afirmarlo.

Supongo que todo el mundo quiere un motivo de alegría…

Siguió parloteando, consciente de que Sol se estaría aburriendo, pero le daba igual. No quería oírle hablar de su partida, no quería hablar de ello. Saber que iba a ocurrir algún día no significaba que ya estuviera lista para afrontarlo.

Al cabo de un rato, terminó de cortar el pelo. Las velas estaban a punto de extinguirse. Sol se inclinó para verse mejor en el espejo y giró la cabeza a un lado y a otro, poniendo muecas cómicas mientras hacía como que se admiraba. Sin poder evitarlo, Vassia se rio.

—¿Te gusta? —le preguntó, ansiosa.

Sol asintió con gesto solemne.

—Creo que es perfecto —respondió—. Se diría que lo haya cortado mi barbero en Fenchurch Street.

—¡Menudo cumplido! —exclamó Vassia con afectación, y sonrió mientras limpiaba las cuchillas de las tijeras con un trapo.

No tenía ni idea de qué era Fenchurch Street o dónde se encontraba, pero sabía que formaba parte de la otra vida de Sol. Su vida real. Una vida en la que ella no pintaba nada.

La noticia de la inminente llegada del barco solo incrementó su dolor. Con aire triste, recogió el pelo con el trapo y dobló las esquinas de la tela para llevárselo a casa y poder tirarlo allí.

—Vamos a aquel rincón —indicó— y te lo lavaré.

Cogió una toalla, la pastilla de jabón de oliva y un jarrón de agua, y juntos se dirigieron a una pequeña antesala de la cueva para llevar a cabo el lavatorio.

El delicado aroma del jabón, que evocaba la comodidad y la sencillez del hogar, mezclado con el embriagador olor masculino del propio Sol provocó que Vassia se sintiera mareada de puro amor y deseo.

Mientras le masajeaba la cabeza, empezó a cantar una canción de Santorini sobre el mar y la tierra, sobre el amor y la pérdida.

Una melodía tan antigua como el mundo. Sol cerró los ojos, disfrutando del ritmo de los dedos de Vassia sobre su cuero cabelludo y del agua.

Cuando Vassia terminó de lavar y de secar el pelo con una toalla, ambos se levantaron y se quedaron de pie, mirándose. Aquel corte hacía que Sol pareciera mayor, más serio. Y, si es que cabía, más guapo que nunca. Observando como ella lo contemplaba, Sol sonrió.

—Ven aquí —le dijo con voz ronca.

Avanzó hacia ella, la sujetó entre sus brazos y se inclinó para besarla.

Sus labios se rozaron y Vassia notó como se le aceleraba el corazón.

Sabía lo peligroso que era estar allí. Sabía lo peligroso que era amar de aquella forma a Sol, un extranjero y un soldado, un hombre al que nunca podría tener.

Pero era imposible detenerse, apartarse del abismo. Estaba perdidamente enamorada, el sentimiento la embriagaba y la intoxicaba.

Al cabo de un largo rato, Vassia recogió sus cosas para irse.

Se había hecho demasiado tarde, ambos lo sabían, pero no habían logrado separarse.

La inminente partida de Sol los había vuelto imprudentes, estaban desesperados.

La pasión y el anhelo se habían antepuesto al miedo y al terror. Pero, ahora, Vassia debía irse.

Desde la profundidad del pozo de entrada a la cueva, miró hacia arriba, donde la recibió una oscuridad profunda. No había nadie, era seguro salir.

En silencio y tan rápido como pudo, Vassia subió por los rudos escalones tallados en la piedra.

En el exterior, el aire era más cálido que dentro de la cueva, las temperaturas ascendentes del verano lo hacían empalagoso.

Hizo una breve pausa para mirar hacia abajo y despedirse con un gesto de la mano, aunque Sol seguramente no la veía.

Echó los hombros hacia atrás y, enderezando la espalda, emprendió el camino de regreso a casa con paso decidido. Cada poro de su cuerpo deseaba poder quedarse con Sol toda la noche y acurrucarse entre sus brazos.

El cielo estaba cubierto de nubes que tapaban la luna y las estrellas, la oscuridad era absoluta. Vassia apenas veía su propia mano. Por eso, tenía todos los sentidos en máxima alerta: el oído, el olor, el gusto y el tacto doblaban sus esfuerzos para compensar la falta de visión.

El olor fue lo primero que percibió: la cera para las botas y el aceite para el pelo, el cuero y el lubricante de las armas. Luego, escuchó pasos, el crujir de los uniformes almidonados, el sonido metálico de las pistolas.

Y, finalmente, sus ojos divisaron las siluetas en la distancia.

Observando.

Esperando.