Capítulo 27 Vassia #2
Entre sollozos, Andreas asintió y se secó la nariz con el reverso de la mano, se enderezó tirando los hombros para atrás, lo cual lo hacía parecer más alto. Le dedicó una mirada perpleja a su hermana.
—Hay algo diferente en ti —dijo bruscamente—. No sé de qué se trata. Estás en ascuas. ¿Ocultas algo?
Por un lado, a Vassia le sorprendió que su hermano fuera tan perceptivo, pero por el otro, no. Se conocían a la perfección. Inspiró profundamente y le habló de Sol. Andreas se quedó estupefacto.
—No me había dado cuenta de que todavía quedaban comandos en la isla —murmuró, incrédulo.
—Pues sí —contestó Vassia—. Mejor dicho, queda uno.
Lo llevé a aquella cueva que los pastores solían usar como refugio, ¿sabes?
La que encontramos cuando éramos críos. Y es mi obligación cuidar de él.
—Hizo una pausa y levantó la mano para evitar que Andreas le dijera algo—.
Y ni se te ocurra pensar que vas a ayudarme.
Debes dedicar toda tu energía a tu hijo y a tu mujer. No me digas…
—No iba a hacerlo —interrumpió Andreas—. Tienes razón, no puedo ayudarte.
—Déjamelo a mí —insistió Vassia. Luego cogió el cuenco con las muselinas escurridas y le dijo—: Voy a tenderlas, y luego me voy. Pero volveré mañana. Intenta descansar un poco.
De camino a casa, se estremeció al pensar que el pequeño Atlas podía seguir a su abuelo a la tumba. No podía suceder, no iba a suceder. Dios no podía ser tan cruel.
Al llegar a su casa, después de comprobar cómo se encontraba su madre, que se pasaba los días en la cama en un estado casi catatónico desde el funeral, Vassia se puso el delantal y empezó a cocinar.
Tenía muchas bocas que alimentar, incluida la suya.
Apenas había probado bocado desde las ejecuciones, pero sabía que no podía perder la fuerza si quería apoyar a su madre. Y a Sol.
Finalmente, pasadas las diez de la noche, se dirigió a la cueva.
Le sorprendió que los nazis no hubieran decretado un toque de queda en la isla, pero quizá se habían dado cuenta de que, en realidad, no hacía falta.
Con la llegada de las tropas adicionales de Milos y las represalias en la plaza del pueblo, seguramente sabían que todo el mundo tenía demasiado miedo como para volver a colaborar.
Pero Vassia, no. O, mejor dicho, estaba aterrorizada, pero era irrelevante.
Por mucho que sintiera el temor en lo más profundo de su alma, debía cuidar de Sol. Era su deber, y punto.
Al llegar a la cueva, dudó unos segundos antes de bajar. Miró a su alrededor con cautela, observó el campo abierto que conducía al ominoso y oscuro mar. Escuchó atentamente, usando tanto los oídos como los ojos para detectar cualquier señal de peligro.
Nada.
Sin pensárselo dos veces, bajó por los escalones, avisando a Sol en voz baja para advertirlo de su presencia. Cuando alcanzó el fondo de la cueva, la recibió el bello rostro de Sol, que la esperaba con los brazos abiertos.
Con un gran sollozo, Vassia buscó refugio en su abrazo, apoyó la cabeza en el cálido y musculoso pecho de Sol y se echó a llorar.
—Lo siento —gruñó él sin soltarla—. Todo esto es por mi culpa, por nuestra culpa, culpa del SBS , de Andersen, de todos nosotros… Las represalias, el peligro en el que te hemos puesto… Lo siento muchísimo.
—¡No! —protestó Vassia con tono imponente—. Los únicos culpables son los nazis, que han provocado todo esto. —Hizo un gesto con el brazo que pretendía englobar la isla, Europa, el mundo entero—. Los únicos responsables son ellos.
Sol no parecía haberla escuchado. Se separó de ella y, mirándola directamente a los ojos, la cogió por las muñecas, obligándola a devolverle el gesto.
—¿Podrás perdonarme? Tú y tu hermano habéis perdido a vuestro padre, tu madre ha perdido a su marido. —Hizo una pausa y tragó saliva, reprimiendo las lágrimas—. Lo siento, lo siento muchísimo.
Ahora era el tumo de Vassia de rodearlo con sus brazos.
—No es tu culpa —repitió sin parar mientras se sujetaban—.
Sé que mi padre no querría que pienses que eres responsable de su muerte.
—Resolló intensamente y se secó los ojos con el reverso de la mano—.
Hoy estoy triste por el estado de salud de Atlas, encima de todo lo demás.
Al fin y al cabo, él es el futuro, O debería serlo…
Al decir aquello, volvió a echarse a llorar y pasó un rato hasta que consiguió calmarse lo suficiente para contarle a Sol sobre las dolencias del pequeño.
—¡Oh, Vassia, eso es terrible! —exclamó Sol—. Pobre Athena, pobre Andreas. Y pobre Atlas.
Levantó las manos en un gesto de impotencia y abrazó a Vassia, meciéndola delicadamente y compartiendo su dolor.
Consciente de que no podía quedarse mucho rato, Vassia se separó de Sol y le entregó la comida que había traído en la cesta. Él se lo comió todo con ansia mientras ella lo observaba y disfrutaba viendo cómo se deleitaba con lo que le había preparado.
—Ojalá algún día me enseñes a cocinar todos estos platos —dijo Sol una vez saciado el apetito. Era obvio que intentaba distraer a Vassia de los pensamientos negativos—. Todo está riquísimo.
A Vassia se le escapó la risa.
—Los hombres no suelen cocinar en Santorini —le explicó—. Es cosa de las mujeres. ¿Es diferente en tu país?
Sol se encendió un cigarrillo y reflexionó.
—No, realmente no. En casa las mujeres son las que cocinan, pero en todos los grandes restaurantes los chefs suelen ser hombres. ¡Vaya! —dijo con una sonrisa burlona—. Se diría que es una cosa de hombres cuando la gente paga para comer, y de mujeres cuando no es así.
Vassia nunca se lo había planteado en aquellos términos.
Nunca se había parado a pensar si era importante quién se ocupaba de las tareas.
En Santorini, todo el mundo trabajaba duro, fuera en lo que fuera.
Aunque los hombres solían encargarse de trabajos duros como extraer la piedra pómez en la cantera, cuando llegaba la época de recolectar las uvas y los tomates todos participaban, fueran hombres o mujeres.
Las palabras de Sol provocaron que Vassia se avergonzara de su propia ignorancia. No sabía cómo funcionaban las cosas en el resto del mundo.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Sol con tono bromista.
Vassia lo miró algo confusa.
—Has puesto una cara como si pensaras en algo importante —le explicó Sol—. Y me gustaría saber de qué se trata.
Sonriendo, Vassia hizo un gesto de desdén con la mano.
—Me imaginaba a una mujer británica como directora de un banco o una gran empresa —contestó—. ¿Pueden hacer cosas así, las mujeres de tu país?
Sol se encogió de hombros.
—Supongo que sí, no veo por qué no. No hace mucho, antes de venir aquí, alguien me dijo que han aprendido a pilotar aviones para poder llevarlos de un campo de aviación a otro. Y también se dedican a la inteligencia, descifran códigos y cosas así.
—¡Vaya!
Vassia se sentó para asimilar toda aquella información.
Con una punzada de horror, se le antojó que sus planes de convertirse en profesora eran pequeños e insignificantes comparados con lo que hacían las atrevidas, valientes y bien formadas mujeres del norte de Europa.
Seguro que Sol prefería mil veces a aquel tipo de mujer más fuerte, más capaz, más inteligente.
—Pero no son mejores que tú —prosiguió él, interrumpiendo los pensamientos de Vassia como si le pudiera leer la mente—. Ni más valientes. Lo que tú estás haciendo es irrepetible.
Tenía los ojos clavados en ella, la evaluaban, esperaban su reacción. Vassia notó que se estaba ruborizando.
—No lo creo —murmuró, apartando la mirada.
—Pues yo sí. —Sol se acercó a ella y la rodeó con sus brazos—. Pienso que eres increíble. La mejor, la más valiente. Nunca dejes que te digan lo contrario.
Vassia no estaba del todo convencida, pero estar tan cerca de él y notar el roce de su cuerpo hacía que todas sus dudas e incertidumbres se derritieran.
Se obligó a apartar la imagen de aquellas mujeres inglesas de piel pálida y pelo rubio, con diez veces más conocimientos y valor que ella, y se concentró en el ahora y aquí, en el abrazo de Sol, en sus labios buscando los suyos.
En la oscuridad de la noche, un sinfín de estrellas decoraban la esfera celeste, pero Vassia había olvidado el mundo exterior.
Solo se concentraba en Sol y en el amor que sentía por él.
Quién sabía cuánto tiempo les quedaba para estar juntos.