Capítulo 27 Vassia
Vassia
N i Vassia ni su madre vieron cómo se llevaban los cuerpos.
Thalia se desmayó y cayó desplomada al suelo cuando su amado esposo, con quien había estado casada veinticinco años, y los cuatro jóvenes, el orgullo de sus padres y madres, fueron ejecutados por haber ayudado a los comandos del SBS .
Vassia se arrodilló al lado de su madre y la abanicó suavemente con las manos, intentando que volviera en sí.
No conseguía procesar lo que acababa de suceder.
Los comandos habían ido a Santorini con el doble propósito de perturbar el dominio alemán sobre la isla e interrumpir su red de comunicación en el sur del Mediterráneo.
Y habían tenido éxito, pero no habían logrado asesinar a Schwarz.
Y el resultado de aquel fracaso era la terrible venganza que acababa de caer sobre Vourvoulos.
Vassia no dejaba de pensar que podría haber sido cualquier otra población: Agios Georgios, Perissa, Kamari, cualquier otro de los pueblos accesibles por la costa. Y, si hubiera ocurrido allí, les hubiera sucedido a otro alcalde, a otros jóvenes.
Pero le había tocado a Vourvoulos.
Si tan solo Sol y su grupo hubieran tenido suerte, si Schwarz hubiera estado en casa, si lo hubieran capturado…
Pero Vassia recordó las palabras que le había dicho Sol aquella noche, que ahora le quedaba tan lejana pero, en realidad, solo había sido una semana atrás.
«No solemos tomar rehenes. No es el estilo de Andersen».
¿Cómo era el proverbio? «Quien a hierro mata, a hierro muere». No era un juego, era la guerra. Y, en la guerra, la gente sufría, y a menudo se trataba de gente que no había hecho otra cosa que intentar proteger a su comunidad o luchar por su libertad.
Su padre había sido noble, honrado, honesto y, por encima de todo, valiente. Todas sus buenas cualidades vivirían en la mente de sus conciudadanos. Pero ser consciente de ello no le servía de nada a Vassia. No lo reviviría.
Al pensarlo, Vassia empezó a llorar sin darse cuenta; las lágrimas rodaban por sus mejillas y caían al polvoriento suelo empedrado de la plaza.
Su madre abrió los ojos, vio que Vassia estaba sollozando y los cerró otra vez antes de incorporarse lentamente para asimilar lo que sucedía a su alrededor con una expresión aturdida en el rostro.
Un par de amigos ayudaron a Vassia a levantar a Thalia y llevarla de vuelta a casa.
Vassia condujo a su madre a su habitación y la instó a tumbarse en la cama.
Thalia se quedó allí con la mirada perdida clavada en el techo.
Vassia salió al patio a por algunas hojas de menta fresca que crecían en una maceta de arcilla para hacer una infusión.
Maquinalmente, llenó un cazo, puso el agua a hervir en un fogón y luego la vertió en un vaso de forma automática, sin pensar.
De vez en cuando, el duelo que le borboteaba por dentro amenazaba con entrar en erupción como el terrible volcán que había desgarrado la masa de tierra en la antigüedad. Sentía que algo en su interior se había quebrado, una emoción tan cruda y extrema, tan intensa, que no sabía qué hacer con ella.
Sin saber cómo, Vassia sobrevivió la noche y el día siguiente.
Sabía que debía ir a ver a Sol, llevarle el agua y la comida sin las cuales no podía sobrevivir, debía decirle lo que había ocurrido.
Pero, durante las veinticuatro horas que siguieron a la pesadilla de las ejecuciones, se sintió incapaz.
La mera acción de cocinar, llenar la cesta y llevarla a la cueva se le hacía una montaña.
Además, debía tener en cuenta que su cabeza era un embrollo de desconcierto y de sentimientos encontrados; una parte de ella estaba furiosa y se retorcía de dolor y se planteaba si el hecho de que su padre hubiera muerto no era en parte culpa de Sol por haber venido a Santorini.
Por otro lado, su amor por el inglés no había disminuido.
Vassia, Thalia y Andreas organizaron el funeral de Ianos en un estado de trance.
El día vino y se fue, pasaron más días y, aunque nadie sabía muy bien cómo, los superaron.
Para empeorar las cosas, la preocupación por el pequeño Atlas resurgió en las semanas posteriores a la incursión del SBS y las represalias.
Hacia mediados de mayo, cuando el bebé todavía no había cumplido un mes, su salud empeoró todavía más.
Una tarde, Vassia llegó a casa de su hermano y se encontró a Athena en la cama con el bebé aferrado en el pecho.
Las ventanas estaban cerradas a cal y canto, hacía calor y el ambiente estaba cargado.
Vassia quería abrir los portones para dejar entrar la luz del sol y el aire fresco, pero las corrientes de aire eran perjudiciales para los bebés.
Al inclinarse para mirar el rostro pálido de Atlas, envuelto en una sábana, Vassia se dio cuenta de que sus labios habían adquirido un tono azulado y que le costaba respirar.
—No come bien —murmuró Athena con los ojos llenos de lágrimas—. El médico volverá mañana a auscultarle el corazón.
Vassia se apoyó en la cabecera de la cama para recuperar el equilibrio.
Pensó en cómo le habían pasado factura los problemas de corazón a Ianos, en lo agotado y falto de energía que estaba siempre, por mucho que intentase ocultarlo para no preocupar a su familia.
Vassia había rezado para que a Atlas no lo hubiera afectado la misma dolencia, pero parecía que sus ruegos habían sido en vano.
—¿Qué puede hacer el médico? —consiguió decir, esforzándose por no llorar. Era importante que Athena no viera que los demás entraban en pánico.
Su cuñada se encogió de hombros sin dejar de llorar. El movimiento provocó un débil y patético gemido de Atlas.
—Hay un medicamento que le podría ir bien —dijo Athena entre sollozos—, pero solo los alemanes tienen reservas, así que…
No terminó la frase, pero Vassia entendió perfectamente cómo seguía. Los nazis no iban a compartir sus medicinas con los traicioneros isleños, y menos con alguien de Vourvoulos. Era imposible.
Andreas entró en la estancia. Vassia había ido a hablar con él del funeral, que tendría lugar al día siguiente, pero vio que su hermano temía por la vida de su hijo y aquello era lo único en lo que podía pensar.
—¿Quieres cogerlo? —le preguntó Athena.
Era una oferta generosa, pues Vassia estaba segura de que su cuñada no quería soltar al bebé para nada.
En condiciones normales, le habría encantado sujetar a un recién nacido y hacerle arrumacos, pero Atlas parecía tan delicado que incluso tocarlo le daba miedo, así que todavía no se había atrevido a tenerlo en brazos.
Athena ya estaba arreglando la sábana que envolvía al bebé para que Vassia lo cogiera, así que la joven no pudo expresar su preocupación.
Dejó que su cuñada colocase al pequeño en brazos de su tía.
Era ligero como una pluma, no parecía mucho más pesado que Pollito , aunque era imposible.
Vassia reprimió el recuerdo del pajarito para no echarse a llorar.
—Es precioso —le susurró a Athena sin quitarle los ojos de encima al bebé y manteniendo un tono de voz bajo para no despertarlo—. El más adorable del mundo.
Con mucho cuidado, inclinó la cabeza para besarle la frente. Athena asintió.
—Lo sé. Y no podría soportar que… No podría salir adelante si…
Andreas se apresuró a sentarse a su lado para tranquilizarla con suaves caricias en el hombro.
—Shhh, shhh —le dijo—, no te preocupes. Todo irá bien. Me aseguraré de ello, te lo prometo.
Vassia entendió por qué decía aquellas cosas, pero, a la vez, le preocupaba que las palabras de su hermano fueran vacías. ¿Qué iba a hacer? Si los nazis tenían el medicamento pero los isleños no, ¿qué diablos podía hacer un simple camarero?
Medio a desgana, medio aliviada, Vassia devolvió al pequeño Atlas a Athena.
Era tan frágil y delicado que temía hacerle daño si lo sujetaba con demasiada fuerza o lo quería demasiado.
Aunque no fuera suyo, la joven adoraba con una pasión fiera a su sobrinito.
Le costaba imaginarse si sus sentimientos serían todavía más fuertes si fuera su propio hijo.
Antes de irse, en la cocina, intentó ofrecerle consuelo a su hermano, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Andreas estaba metiendo paños de muselina en remojo en la encimera de la cocina.
Vassia, angustiada por su hermano y su sobrino, observó cómo Andreas empezaba a escurrir las gasas con tanta violencia que se le marcaban las venas de las manos.
Vassia vio en ellas la tensión y la preocupación.
—Vomita mucho —dijo Andreas, contestando a la pregunta que Vassia no había formulado en voz alta—. Creo que es porque tiene un problema… Algo que lo debilita y no le deja tragar la leche, o una cosa así. El médico dijo muchas cosas a la vez, todo es muy confuso.
Vassia se dirigió a la encimera, cogió una de las gasas y la escurrió hasta que no quedó ni una gota de agua.
—¡Es un no parar, con las muselinas! —Intentó bromear Andreas, sin éxito.
Vassia dejó la tela que tenía entre las manos. En la mesa de la cocina reposaban las labores de Athena, las agujas estaban clavadas en el ovillo de lana como esperando a que las volvieran a coger. Andreas se fijó en lo que estaba mirando su hermana.
—Athena le estaba haciendo un mantón —dijo—. Para el invierno.
Se calló. De repente, el ambiente estaba cargado de pesimismo.
—Si consigue…
Andreas era incapaz de terminar la frase. Vassia sabía qué iba a decir. «Si consigue sobrevivir tanto tiempo».
Andreas se echó a llorar y Vassia corrió a abrazarlo.
Siempre se habían apoyado, ya fuera porque sentían que sus padres o abuelos los trataban injustamente, porque se habían peleado con algún amigo, por alguna bronca de un profesor…
Desde una perspectiva temporal, eran minucias, pero en aquel momento les había parecido muy serio.
—Se pondrá bien —lo consoló—. Intenta no desesperarte. Tienes que ser fuerte por ambos.