La joven de Santorini Capítulo 26 Carrie
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Capítulo 26 Carrie

Carrie

J ack se acercó a Carrie jugueteando nervioso con las llaves del coche. Durante unos segundos, apoyó una mano en el brazo de Carrie, pero lo retiró de inmediato, consciente de haber sobrepasado un límite.

—No lo toques —instruyó—. Por si acaso.

Carrie no quería ni imaginarse en caso de qué. Con aire distraído, hizo caso omiso de las palabras de su ex y empezó a deambular por el terreno rocoso sin un objetivo concreto. Jack la alcanzó y le bloqueó el paso.

—Carrie, tenemos que pensar con detenimiento —dijo—. Antes que nada, deberíamos llamar a la policía para que vengan a comprobar que este es el ciclomotor que alquilaron las chicas. Y luego supongo que necesitaremos una ambulancia, paramédicos, yo qué sé.

Quizá tenía razón, pero a Carrie le daba lo mismo.

Se negaba a permitir que la desalentasen.

La policía tardaría una eternidad en llegar, o tal vez solo serían unos minutos.

En cualquier caso, no tenía intención de esperar cuando el tiempo corría en su contra.

Sacó el móvil de su bolso y llamó a Kris, que contestó al quinto tono.

Su voz sonaba pesada y soñolienta. A Carrie le sentó mal despertarlo, pero tenía una necesidad imperiosa de tenerlo a su lado.

Kris conocía bien la isla y, aun tras tan pocos días, también la conocía bien a ella.

En aquel momento, lo necesitaba más de lo que había precisado nada o a nadie en su vida entera.

Mientras le explicaba que había descubierto el ciclomotor, Kris escuchó en silencio.

Al terminar, Kris le pidió que describiera exactamente dónde se encontraba el vehículo y le diera el número de la matrícula, y le aseguró que enseguida llamaría a la policía y a los servicios de emergencia.

Y llegaría en cuanto pudiera, en unos veinte minutos.

Carrie se dirigió a Jack:

—Kris está en camino —dijo secamente—. Llegará pronto. Mientras tanto, tú y yo deberíamos separarnos y gritar el nombre de las chicas. No pueden haberse alejado mucho del ciclomotor.

Entrecerrando los ojos para protegerlos del viento que soplaba de las colinas y traía consigo finas motas de polvo y arena, Carrie echó un vistazo a su alrededor y señaló hacia la derecha.

—Tú ve por allí, yo iré hacia allá —añadió, apuntando en dirección contraria.

Jack abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor y se limitó a contestar:

—Vale.

Carrie avanzó, gritando los nombres de las chicas a cada paso.

Pero no obtuvo respuesta. No había rastro de Nell ni de Amy.

En estado de alerta por si escuchaba algo, siguió buscando hasta que oyó el coche de Kris.

Bajaba a toda velocidad por la pedregosa carretera, el vehículo rebotaba por la superficie irregular.

A Carrie le vino a la mente el jeep de los padres de Amy.

Sería más apropiado para este terreno. Y ellos deberían estar aquí, ¿no? Seguro que querían saber…

Carrie se dijo a sí misma que ya se lo comunicaría la policía. Ella solo podía concentrarse en el ahora y aquí.

Apenas hubo frenado, Kris emergió a toda velocidad del coche, echó a correr hacia Carrie y la abrazó espontáneamente.

Estar rodeada por los brazos de Kris era una sensación agradable, y su presencia le renovaba la energía y la esperanza en la búsqueda.

Amy y Nell eran jóvenes y contaban con la resiliencia propia de su edad.

Serían capaces de sobrevivir en muchas situaciones.

Los tres siguieron buscando alrededor del ciclomotor, ampliando cada vez más el radio de acción.

El tiempo iba pasando y Carrie se preguntó dónde estaba la policía.

No se había equivocado al insistir en que debían llevar a cabo su propia investigación, pero cada vez oscurecía más, la visibilidad era menor y costaba obtener resultados.

Aun así, no dejó de buscar. Sus gritos sonaban débiles, aflautados e insuficientes, el viento los ahogaba.

Las voces de Kris y Jack eran más fuertes y profundas, parecía que llegaban más lejos.

Al observarlos, se percató de la obvia hostilidad entre ellos; ambos hombres mantenían unos veinte metros de distancia el uno del otro, como si los separase un campo de fuerza invisible.

En el mismo momento que lo notó, lo descartó.

No tenía fuerzas para preocuparse por los sentimientos de los demás cuando ya era lo bastante difícil gestionar los propios.

Sin embargo, parecía que ninguno de ellos había progresado mucho.

Carrie se dirigió con paso decidido hacia Kris con la esperanza de que tuviera alguna idea mejor en cuanto a cómo podían proceder.

Cuando lo alcanzó, advirtió su expresión tensa y crispada en la penumbra.

Se compadeció de él. Se había responsabilizado del estrés de buscar a dos adolescentes a las que apenas conocía, y Carrie se sentía culpable.

Si no hubiera sido porque necesitaba un guía y por la idea brillante de Xanthe, que había encontrado el candidato ideal en él, Kris nunca se habría visto involucrado en aquel lío, nadie habría puesto su vida patas arriba de aquella manera. En definitiva, era culpa de Carrie.

Se acercó a él y le puso una mano en el brazo.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó—. Lamento haberte causado tantos problemas. No te sientas obligado a quedarte. Jack está aquí, nos las apañaremos entre los dos.

Kris la miró con una expresión llena de empatía y afecto, y algo más que Carrie no supo cómo interpretar.

—No pasa nada —respondió—. Deja de disculparte. Cuando encontremos a las chicas, más les vale decir que lo sienten.

Intentó esbozar una sonrisa, pero se extinguió antes de empezar. Era imposible aligerar el ambiente.

Se quedaron en silencio, mirándose en silencio, como si se hubieran quedado sin palabras.

Y entonces lo oyeron. Jack los estaba llamando.

Sus palabras llegaban a trompicones, el viento las arrebataba y jugueteaba con ellas.

Carrie y Kris se esforzaron en escucharlas y, en cuanto determinaron si eran gritos de alerta o para llamar su atención, empezaron a mirar a su alrededor.

No veían a Jack por ninguna parte, así que tuvieron que deducir de dónde llegaba su voz.

Justo entonces, la alta silueta de Jack emergió de un saliente rocoso.

Movía frenéticamente los brazos. Los había extendido tanto que recordaba a los molinos de viento de las colinas.

Parecía que no iba acompañado. Nadie más se desplazaba por aquellas áridas pendientes volcánicas.

Durante un instante aterrador, Carrie se quedó paralizada.

Luego, ella y Kris echaron a correr hacia Jack, tambaleándose y tropezando por el camino.

Los ojos de Jack brillaban en la oscuridad del crepúsculo.

—¡Aquí! —dijo sin aliento—. ¡Rápido! No sé exactamente de dónde viene, pero alguien me ha respondido.

Kris levantó una mano en un gesto de advertencia.

—Cuidado. Aquí están las cuevas de las que nos habló Penelope.

Nos contó que solían jugar por aquí pero les decían que no se metieran en las grutas.

Pensaba que las habían cerrado porque los pozos se habían vuelto inestables, pero puede que me equivoque, o que se hayan abierto por sí solos otra vez.

Carrie recordó que Penelope también había mencionado las minas terrestres, pero lo descartó inmediatamente.

Eran cuentos que contaban a los niños para que no se metieran en sitios potencialmente peligrosos.

Era imposible que hubiera minas activas en una isla tan pequeña y que no se hubieran activado en ochenta años. Se obligó a creer que era así.

Con cuidado, arrastrándose y palpando el camino con las manos, los tres avanzaron lentamente por el suelo empedrado y polvoriento.

Jack siguió llamando a las chicas con un tono rítmico y regular.

Al principio, no recibieron respuesta, pero, de repente, todos lo oyeron.

Un leve clamor, un sonido casi imperceptible, llegaba de las profundidades de la tierra.

Apenas podían distinguir las primeras invocaciones, pero luego les llegó un grito más fuerte y claro:

—¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Estamos aquí abajo!