La joven de Santorini Capítulo 25 Vassia
64%

Capítulo 25 Vassia

Vassia

S chwarz se avanzó para hablar. Por un momento, el latido de la sangre resonaba con fuerza en los oídos de Vassia y no le permitía oír lo que decía el teniente. Las palabras empezaron a cobrar sentido y, a la vez, no entendía nada. Eran demasiado espantosas, demasiado terribles.

—Que todos los varones de más de catorce años den un paso al frente.

El tono estentóreo de Schwarz llenó la plaza y rebotó contra las paredes estucadas de los edificios.

Entre la multitud se levantó un murmullo que fue aplacado rápidamente. La tensión, que ya había sido lo bastante insoportable hasta entonces, se incrementó todavía más. El colgante de Sol se clavó en la piel de Vassia cuando esta apretó el puño a su alrededor.

Al principio, nadie se movió. Los ojos crueles y cargados de odio de Schwarz recorrieron las desorganizadas filas de aldeanos como si examinasen a una panda especialmente multiforme de nuevos reclutas. Arrugó la nariz como si hubiera detectado un mal olor.

Y entonces, como empujado por la mano experta pero amable de un titiritero, Ianos avanzó.

Schwarz se acercó tanto a él que sus narices casi se tocaban, y el alemán inspeccionó al alcalde de arriba abajo con la clara intención de intimidarlo.

Vassia, incapaz de comprender lo que estaba pasando, no podía dejar de mirar.

Quería cerrar los ojos pero sabía que, si lo hacía, perdería el equilibrio y se caería.

Su madre la agarró con más fuerza y Vassia movió los pies para plantarse y estabilizarse.

Siguiendo el ejemplo de Ianos, también Andreas dio un paso al frente y, de uno en uno, los demás hombres del pueblo los imitaron.

—Bien —escupió Schwarz—. Podemos empezar.

A pesar de todos sus esfuerzos, a Vassia le temblaban las piernas.

Notó que su madre también se estremecía.

Un silencio absoluto y letal se había adueñado de la plaza.

El sol se ocultó, de repente hacía frío.

Vassia hizo un gesto para que su madre se le acercara más, para protegerla con su propio calor corporal.

—Los responsables de ayudar al enemigo deben confesar —prosiguió Schwarz. Su voz, severa y amenazante como un trueno, impregnaba el aire—. Si no, cada uno de vosotros sufrirá las consecuencias.

Al decir aquello, los soldados que lo flanqueaban amartillaron sus rifles para enfatizar el mensaje.

—Prenden fuego a los pueblos que no colaboran —susurró alguien cerca de Vassia—. Destruyen todas las casas, lo dejan todo arrasado.

En apenas unos segundos, las palabras se abrieron camino entre la multitud, los aldeanos se miraban los unos a los otros, y luego, a Schwarz.

Tenía todo el poder. Podía hacer lo que quisiera. Y lo sabía.

Vassia experimentó una terrible sensación de mareo. Había ayudado al SBS . Debería estar allí, con los hombres. No era justo, no era correcto que ella se salvase, aunque no sabía de qué, exactamente. ¿De la tortura? ¿La prisión?

En cualquier caso, sería mejor que la detuvieran a ella y no a Andreas, un padre primerizo con una esposa agotada y un bebé en mal estado de salud.

Hizo ademán de unirse al grupo de hombres, pero se dio cuenta de que no podía moverse. Su madre se había anclado a su brazo y la retenía con todas sus fuerzas.

—Ni se te ocurra —dijo Thalia entre dientes—. Prefiero morir que soltarte.

Vassia, dividida entre su empedernido sentido de la justicia y la exoneración desesperada de su madre, vaciló. Impotente, sobrepasada por el horror y, a la vez, rabiosa por la cruel humillación a la que Schwarz sometía a Vourvoulos con ansias de venganza, vio como su padre levantaba la mano.

—Fui yo.

Su voz era firme y serena, no denotaba miedo.

Sin pensarlo, dos soldados lo agarraron por los hombros y lo tiraron hacia ellos de un empujón.

En aquel momento, Vassia se percató de cómo había empeorado la cojera de su padre.

Una gran mancha de sudor cubría su espalda y su cabellera salpimentada se le había quedado pegada en la frente.

Entre la diabetes y sus problemas del corazón, cualquier esfuerzo o presión lo hacía sudar de mala manera.

Vassia se llevó las manos a la cabeza. Estaban tratando a su padre, aquel hombre tan amable y generoso, tan sabio y temperado, como un animal.

Cuando volvió a levantar la mirada, no podía creer lo que veía.

Al lado de su padre, sujetados con brusquedad por los nazis, estaban Kostas, Elias, Helios y Lefteris.

Los ojos de Vassia encontraron los de Andreas, llenos de desesperación.

Él también había ayudado a llevar comida a los comandos, pero ¿iba a confesar y, con ello, poner en riesgo la vida de su esposa y su hijo?

Por otro lado, ¿cómo podía dejar que otros recibieran un castigo que él no iba a aceptar?

Vassia vio que su hermano movía un pie para avanzar. Dios, no, si detenían tanto a su padre como a su hermano…

Como si nada, Schwarz se paseaba por delante de la fila de hombres que no habían abandonado el grupo.

Al llegar a Andreas, sin detenerse, lo empujó hacia atrás.

Vassia ahogó un grito. Discretamente, echó un vistazo a su alrededor por si alguien más se había dado cuenta de lo que acababa de hacer el alemán, pero era imposible deducirlo.

El miedo los había paralizado a todos casi literalmente.

¿La acción de Schwarz estaba motivada porque sentía cierto aprecio por su camarero preferido en su restaurante favorito? Vassia no le encontraba otra explicación.

Schwarz escudriñó a los cinco hombres que habían quedado separados de su comunidad, de sus madres y padres, esposas, hijos e hijas. El silencio estaba cargado de temor y odio. Parecía eterno.

Schwarz hizo un chasquido con los dedos y sus secuaces empujaron a los hombres hacia un rincón de la plaza. Ianos decía algo, Vassia oyó las palabras en la lejanía, como una pesadilla.

—Fui yo —repetía sin cesar—. Solo yo. Yo organicé la ayuda, solo yo debería recibir el castigo.

Schwarz reflexionó un instante.

—Fuisteis todos vosotros —declaró con monotonía en su voz.

Y, con un diestro movimiento, desenfundó su pistola y disparó.

Una rápida sucesión de cinco disparos que resonaron por toda la plaza.