Capítulo 24 Carrie #2
—Vale, vale. Vayamos juntos. He alquilado un coche, podemos usarlo.
Se acercó a paso decidido al espacio entre la mesa y la puerta en el que estaba Carrie. Esta no quería ir con su ex, prefería quedarse con Kris. Pero ya había hecho muchísimo por ella y parecía al borde del colapso. Seguramente era mejor que no condujese hasta que hubiera podido descansar.
—Prométeme que vas a dormir un poco —le dijo Carrie a Kris, modulando su tono de voz para que sonara como una sugerencia y no una orden—. Me has ayudado tantísimo.
—Creo que sí —asintió Kris—. Pero solo un par de horas. En cuanto haya recargado las pilas, te aseguro que volveré a centrarme en el caso.
—Gracias por todo —añadió Carrie cuando Jack abrió la puerta para salir—. No sé cómo podré pagártelo.
—No es nada —respondió Kris con una sonrisa dulce pero cansada.
En el coche, Jack le dio a Carrie su teléfono.
—Deberíamos trabajar por cuadrantes —dijo—.
Y anotar los sitios por los que ya hemos pasado para no terminar dando vueltas inútiles y regresar a los mismos puntos.
—Encendió el motor—. ¿Se te ocurre algún lugar al que quisieran ir en ciclomotor?
Quizá alguna parte de la isla que Nell quería visitar pero no podía porque tú no tienes vehículo propio.
Carrie se exprimió los sesos.
—No puedo pensar.
Nell no había mencionado ningún sitio en particular, ¿no?
—No lo sé.
Pero, en aquel momento, un recuerdo se abrió paso entre la niebla del pánico, el miedo y la desesperación.
—Puede que me equivoque —murmuró—, quizá sea una estupidez, pero…
No tenía tiempo ni ganas de contarle a Jack toda la historia de Sol y Vassia, y del hermano perdido de esta, Andreas.
Le quedaba tan lejos como si le hubiera pasado en otra vida, en otra era.
Apenas se acordaba. Pero Nell había mostrado mucho interés por el misterio, mucho más de lo que había previsto Carrie.
Penelope les había hablado de unas cuevas cerca de Vourvoulos y de la leyenda del hombre del SBS muerto y sus objetos perdidos.
¿Qué era lo último que le había dicho Nell?
Que ella y Amy querían averiguar más cosas sobre lo que les había contado la anciana.
¿Habían intentado encontrar la cueva? Era una posibilidad.
De hecho, cuanto más vueltas le daba Carrie, más plausible le parecía.
—Vayamos a Vourvoulos —le dijo a Jack.
Puso la dirección en la aplicación de Google Maps en su móvil y le dio al botón de «Adelante».
—Gira a la derecha al salir de aquí y luego, en el cruce, otra vez a la derecha —instruyó.
La calle de sentido único en la que se encontraba el hotel estaba a rebosar de coches, motos y turistas que paseaban sin prisa y cruzaban por en medio de la carretera sin mirar por dónde iban, como si no fueran conscientes del tráfico.
Jack avanzó lentamente y Carrie apretó los puños y se mordió el interior de la mejilla, deseando que toda aquella panda de idiotas se apartase.
Cuando consiguieron dejar atrás la multitud, Carrie se había alterado tanto que sentía náuseas.
Abrió la ventana y vio pasar el ya familiar paisaje.
Los resplandecientes edificios, los verdes viñedos y las prístinas aldeas tostándose al sol le parecían un ultraje a nivel personal.
¿Cómo podían mostrarse tan alegres cuando ella estaba tan afligida?
En lugar de la increíble belleza que la rodeaba, lo único que veía Carrie era a su hija en cada una de las etapas de su vida.
Una pequeñísima Nell, vestida solo con el camisón reglamentario del hospital, a punto de entrar al quirófano para que le rompieran el esternón y le operasen el corazón.
Con la máscara para la anestesia sobre la nariz y la boca.
Sacudiéndose y pateando hasta que, de repente, se quedó quieta.
Las horas que había durado la operación se habían hecho una eternidad, pero no eran nada en comparación con el presente.
En el hospital, Carrie sabía que Nell estaba en buenas manos, que todo el mundo trabajaba por y para ella.
Ahora, podría estar en cualquier parte. Con cualquiera.
O completamente sola. Carrie no podía soportar pensar en ello.
Nell, el primer día en la escuela primaria, con una sonrisa radiante y su cárdigan rojo. Toda ella emanaba la creencia de que ese era el inicio de una nueva vida.
Nell, al cumplir los doce, en su fiesta de cumpleaños en la hípica, para la cual Carrie había ahorrado durante seis meses.
Las palabras que Nell le había dicho antes de encontrarse con Amy resonaban en la cabeza de Carrie: nada es más importante que la familia. Pero, sin Nell, no había familia.
Sollozando, Carrie se cubrió el rostro con las manos e intentó bloquear los recuerdos. No eran lo único que tenía, habría más. Encontrarían a Nell y todo volvería a la normalidad. Debía tener fe.
Por fin llegaron a Vourvoulos.
—Y ahora, ¿qué? —le preguntó Jack, que se había parado en un cruce—. ¿Para dónde?
—Tenemos que encontrar las cuevas —dijo Carrie—. Prueba por allí.
Le indicó un camino que bajaba hacia el mar.
Jack obedeció. Los neumáticos gruñían al pasar por el pavimento irregular, pero en breve alcanzaron el puerto deportivo.
El viento soplaba con fuerza y el mar estaba agitado, las olas coronadas de espuma blanca golpeaban el muelle de hormigón.
Desalentada, Carrie miró por la ventana.
—No sé exactamente dónde están las cuevas —dijo con el mismo desánimo que sentía—. Ni la más remota idea.
Jack suspiró.
—Entonces, tendremos que buscarlas, ¿no?
Salieron del coche. Detrás de ellos, en las colinas, se alzaban antiguos molinos reconvertidos en apartamentos turísticos de lujo.
En otras circunstancias, Carrie los habría encontrado pintorescos.
Caminaron por el paseo marítimo hasta que llegaron a unas cuevas de pescadores talladas en la roca del acantilado.
No había nadie, la basura tirada por el suelo era el único rastro de presencia humana: latas de refresco aplastadas, bolsas de plástico y colillas.
Pero nada indicaba que Nell y Amy hubieran estado allí.
Después de buscar durante una hora entera, Carrie se dejó caer al suelo.
—Tengo la sensación de que no están por aquí.
Jack se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros. Carrie pensó que debía estar pasando calor con aquellos pantalones tan gruesos.
—Vale, volvamos al coche y demos una vuelta. Podemos salir de pista, si la suspensión aguanta. Y si revienta, pues qué le vamos a hacer. Lo importante es encontrar a Nell.
Carrie se levantó.
—Sep —respondió.
Pasaron por cuanto camino y pista forestal encontraron, por pequeño que fuera. Se estaba haciendo tarde. A las siete en punto, lo encontraron. Carrie gritó con tanta fuerza que Jack clavó los frenos en seco e hizo calar el coche.
—¡Allí! —exclamó—. Detrás de aquel arbusto. He visto algo metálico, estoy segura.
Salió del coche en un santiamén y salió corriendo hacia los matorrales atrofiados por el viento.
A medida que se acercaba, se cercioró de que no se equivocaba.
Escondido detrás de una enorme higuera chumba había un ciclomotor.
No había nadie que pudiera haberlo dejado allí.
Carrie se dio cuenta de que no sabía la matrícula del que habían alquilado las chicas, pero tenía que ser ese.
Echó un vistazo al paisaje árido y desnudo. Estaba oscureciendo. Si el ciclomotor era el de Nell y Amy, ¿dónde diablos estaban? Por mucho que Carrie hubiera encontrado el vehículo, todavía no había ni rastro de las chicas.