Capítulo 24 Carrie
Carrie
E l hombre corrió hacia Carrie para ayudarla a levantarse, pero Kris ya estaba a su lado, había llegado primero.
—Está bien —dijo Kris con un tono de marcada hostilidad. Seguramente se preguntaba por qué aquel desconocido todavía merodeaba por allí—. La tengo.
Al incorporarse, Carrie se pasó varias veces las manos por su vestido en un intento vano de quitarse el polvo, además de ganar tiempo para pensar en algo que decir.
La última persona a la que esperaba ver en un aparcamiento en Santorini era a Jack.
En efecto, era el tipo que conducía demasiado rápido.
—¿Cómo has llegado? —consiguió murmurar con tono vacilante.
No tenía mucho sentido. Era obvio que había ido en avión, pero lo que realmente quería preguntarle Carrie era por qué estaba allí.
¿Cómo sabía que debía venir, dónde estaba Carrie, qué sucedía?
Pero mientras su mente procesaba aquellos pensamientos, comprendió que se lo habría dicho su madre.
Era la única explicación lógica. No estaba en condiciones de enfadarse con Harriet, y sabía con qué argumento le saldría: que Jack tenía derecho a saber de la desaparición de Nell.
El corazón de Carrie se tambaleó al pensar en aquella palabra. Todo aquello era una pesadilla y empeoraba por momentos.
—He cogido un vuelo de easyjet desde Gatwick —respondió Jack. Carrie había olvidado que se tomaba las cosas al pie de la letra—. Por suerte, en esta época hay muchos durante todo el día. He comprado un billete en el primero que he podido. Obviamente. Tenía que estar aquí.
Se hizo un silencio incómodo que solo parecía llenar el insonoro palpitar del vibrante sol. Carrie lo rompió.
—Esto… Kris, este es Jack, el padre de Nell. —Hizo un gesto para señalar a Jack—. Supongo que ha venido a…
Se le cortó la voz. El miedo y el duelo se apoderaron de ella y sintió que las piernas le fallaban otra vez. El hambre hizo rugir su estómago. Entre esto y la tragedia que se cernía sobre ellos, se estaba debilitando.
—Encantado de conocerte.
El tono de Kris indicaba justo lo contrario. Hasta entonces, Carrie solo lo había oído hablar desde el más absoluto respeto. La tensión los estaba afectando a todos.
—Carrie, no tienes buen aspecto —dijo Jack, entornando los ojos de preocupación—. Y tú tampoco, tío, la verdad.
Carrie miró preocupada a Kris, se preguntó cómo le habría sentado que un perfecto desconocido se dirigiera a él como «tío», pero Kris no es inmutó.
—Estamos cansados —se interpuso Carrie—. Como era de esperar.
En alguna parte de su subconsciente, entendía vagamente que los hombres se trataran con hostilidad, pero era incapaz de deducir por qué. Su preocupación por Nell y Amy había erradicado cualquier otro pensamiento de su cabeza.
—Kris se ha pasado la noche y parte de hoy buscando a las chicas. Ha movido cielo y tierra.
Kris se enderezó y, de repente, parecía un palmo más alto, casi tanto como Jack.
—Creo que deberíamos comer algo —dijo en un tono que no admitía discusión—. Y luego decidir cómo proceder.
Llevó a Carrie y a Jack a su oficina, que se encontraba detrás de la recepción, para poder comer a solas y no con el gentío del restaurante.
Después de encender el aire acondicionado, la sala se enfrió al instante.
Había un enorme escritorio, impecable y ordenado, y una pequeña mesa.
Kris les indicó que se sentaran allí. Las obligadas fotos de Santorini y sus puestas de sol decoraban las paredes.
Carrie vio que Jack las contemplaba, pero no la miraba a ella directamente a los ojos.
La increíble belleza de la isla parecía un insulto en un momento como aquel.
Mientras Kris iba a pedir la comida, Carrie le hizo a Jack un resumen de lo que había pasado hasta entonces.
Pasó de narrar los hechos llanamente a ponerse a la defensiva al contarle que no había visto motivos para no permitir que Nell saliera con Amy, y luego se puso a llorar de miedo y angustia.
Y, en el proceso, había tenido que olvidar cuánto odiaba a Jack, el irreparable daño que le había hecho, cómo sus acciones antes de que Nell naciera eran el motivo por el cual Carrie era madre soltera y Nell hija única.
Pero no, no podía ir por ese camino. No serviría de nada.
Debía ceñirse al presente, a la horrible situación que les había tocado vivir, y concentrarse en encontrar una solución.
Porque había una, ¿verdad?
Cuando Carrie terminó de hablar, se hizo el silencio en la oficina, interrumpido solo por el sonido mecánico del aire acondicionado.
—Y este tipo —preguntó Jack de repente, con un repentino tono crispado y afilado—. Este tal…
—Kris —dijo Carrie—. Se llama Kris.
—Vale, Kris —repitió Jack—. ¿Qué…? ¿Por qué…? ¿Quién es exactamente?
—Ya sabes quién es —contestó Carrie, irritada.
«¿Qué carajo importa quién sea?», quería decirle. «Me está ayudando a encontrar a mi hija». El posesivo adecuado era, sin duda, «mi» y no «nuestra».
—Es el propietario del hotel. Mi amiga Xanthe nos presentó.
O, mejor dicho, nos reconectó. Lo conocí hace muchos años, cuando iba a la uni y vine a Grecia de viaje, a hacer una ruta por las islas.
Xanthe pensó que Kris podría ayudarme con mi investigación sobre mi familia…
Mira, es demasiado complicado de explicar ahora mismo, ya te lo contaré en otro momento.
Huelga decir que somos amigos, y no habría logrado sobrevivir a las últimas treinta y seis horas sin él.
Jack frunció el ceño.
—Y estáis…
La puerta se abrió, lo cual interrumpió a Jack. Al otro lado, Kris sujetaba una bandeja llena de platos de meze . Lo seguía un miembro del personal del hotel con bebidas. Jack apartó su asiento de modo que Kris tuviera que sentarse frente a Carrie, y no a su lado.
Carrie contempló la comida. Se le hizo la boca agua, su estómago gruñó, pero a la vez estaba segura de que apenas un mordisco la haría vomitar. ¿Cómo podía comer cuando Nell podría estar…? No podía terminar la frase.
—Vamos —la animó Kris, entregándole un pequeño plato—. Tienes que comer algo. Si te desmayas de hambre, no le haces bien a nadie, especialmente a Nell.
A regañadientes, Carrie cogió los entremeses de las manos de Kris. Era consciente de que Jack los estaba observando con furia. ¿Qué problema tenía?
Se comió una porción de un delicioso pastelito, ignorando deliberadamente a Jack.
No comió más, sino que optó por probar las dolmades .
Nunca le habían gustado, pues consideraba que el arroz era demasiado grasiento y las hojas de parra demasiado fibrosas.
Con la culpa que sentía por estar comiendo, disfrutar de algo que le gustara le parecía un crimen.
Mientras el personal del hotel recogía la mesa, el teléfono de Kris sonó a todo volumen y con insistencia.
A Carrie le dio un vuelco el corazón cuando respondió, y escrutó sus expresiones faciales para encontrar pistas de quién podía estar al otro lado del aparato, de qué decían.
A medida que la conversación avanzaba, el rostro de Kris adquirió un aspecto ceñudo y empalideció.
— Efcharistó —dijo, finalmente—. Gracias. Adiós.
Colgó el teléfono y se quedó mirándolo unos segundos que se hicieron una eternidad.
—¿Qué? —Ladró Carrie—. ¿Era la policía? ¿Qué pasa?
La desesperación oscureció por un momento el semblante de Kris, que enseguida lo corrigió y se obligó a sonreír.
—Vale, parece ser que ayer por la tarde las chicas alquilaron un ciclomotor —explicó—. Amy tenía un carné de identidad falso para hacerse pasar por mayor de edad.
Carrie se quedó boquiabierta, no lo podía creer.
Pensaba que Amy era una chica en quien se podía confiar; que, a diferencia de los indeseables con los que Nell se juntaba en casa, sería una buena influencia para ella.
Pensaba que, en un lugar tan pequeño, las dos solas no se meterían en ningún lío. ¿Cómo había podido equivocarse tanto?
—Por lo tanto, la policía trabaja con la hipótesis de que han tenido un accidente.
No tuvo que decir nada más. Si era cierto, en una isla tan diminuta uno siempre estaba lo bastante cerca de la civilización, así que alguien las habría ayudado.
El hecho de que no hubieran pedido auxilio era un indicador de que estaban heridas, o algo peor.
Una espantosa visión de Nell y Amy llenas de moratones, cubiertas de sangre y con los huesos rotos se formó en la mente de Carrie, que emitió un grito gutural y bestial que le salió de lo más profundo de su alma.
—¡Nooo! Era lo único que debía hacer —chilló, fuera de sí, incapaz de parar, levantándose de golpe—. El único trabajo de una madre es mantener a su hija a salvo. Y no he podido, no he… No sé qué hacer. No sé cómo afrontar esto.
Empezó a tirarse del pelo y su mirada perdida tenía un aire salvaje, agitado, desquiciado.
Kris se acercó a ella y le tomó la mano. Se veía inexplicablemente cansado y triste. Jack se quedó mirando la mesa. Carrie salió disparada hacia la puerta, zafándose del abrazo del griego.
—Kris, necesito un coche. O mejor un ciclomotor para poder salir fuera de pista, donde seguramente también fueron las chicas. Voy a peinar la isla entera. No puedes detenerme, nadie puede detenerme.
Abrió la puerta pero, antes de cruzar el umbral, titubeó. Para alquilar un coche, le harían falta la documentación, las gafas de conducir, un mapa…
—¡Para! —interrumpió Jack, que había vuelto a la vida de repente—.
Frena, Carrie. Debemos hacer esto bien, trazar un plan.
—Miró a Kris de reojo—. La policía las está buscando, ¿no?
Es una acción coordinada, es decir que van a cubrir todas las partes de la isla y todo el mundo sabe dónde están mirando los demás. Es así como funciona, ¿no?
Su mirada oscilaba entre Kris y Carrie, como si quisiera desafiarlos a contradecir la precisión de sus conocimientos. Carrie le dedicó una mirada cargada de rabia.
—Lo que tú digas. La policía hará lo que crea correcto, pero yo no puedo quedarme de brazos cruzados y esperar. Voy a buscar a mi hija.
Jack se levantó de un salto.