Capítulo 23 Vassia
Vassia
E l llanto de un bebé cruzó la plaza y alcanzó los oídos de Vassia.
Lo buscó con la mirada hasta que divisó a su hermano y su familia.
Athena había envuelto a Atlas en un mantón y lo llevaba atado al pecho.
Se tenía que apoyar en el brazo de Andreas para poder caminar.
Todavía no se había recuperado del parto, y el llanto del pequeño Atlas, débil y vacilante, en vez de fuerte y robusto, indicaba que no era un bebé sano y que no estaba lo bastante fuerte.
El miedo congeló las venas de Vassia, pero pronto dejó paso a la rabia que sentía porque los nazis habían obligado a todo el mundo a salir de casa, cuando era evidente que Athena y Atlas deberían estar en la cama.
Pero también era evidente que no tenían intención de permitir que nadie por debajo de los ochenta años escapara del castigo colectivo que estaban a punto de dictar.
Normalmente, lo único que perturbaba la tranquilidad de la plaza era alguna partida demasiado competitiva de tavli .
Pero ahora la tensión se palpaba. Todo el pueblo estaba allí: Kostas y Evangelos, Elias, Lefteris y Helios junto a sus familias, los abuelos paternos de Vassia al lado de su otro hijo.
Sus abuelos maternos se habían ido a vivir con su hija mayor al otro lado de la isla al principio de la guerra, gracias al cielo, así que no se verían involucrados en el horror que estaba a punto de desplegarse.
Con una mano en el bolsillo, Vassia cerró el puño alrededor del collar que Sol le había dado.
Rogó a Dios que los nazis no empezaran a registrar a la gente. Sería su fin.
Con una imponente sensación de mareo y aprensión, avistó a Nico, que cargaba con orgullo la caja de Pollito .
A pesar de los esfuerzos del muchacho, parecía que Pollito no quería irse.
Allá donde fuere, el niño llevaba al pájaro consigo con la esperanza de que algún día alzaría el vuelo para unirse a sus hermanos o hermanas.
O, por lo menos, eso es lo que decía Nico.
Vassia sospechaba que a su primo le pasaba con el polluelo algo parecido a ella con Sol: quería verlo libre, pero, a la vez, deseaba que se quedara a su lado para siempre.
Vassia observó al resto de la multitud. Todavía llegaba gente, pero no podía quedar mucha más.
La plaza estaba a rebosar. Notó un movimiento a su lado que la obligó a mirar hacia abajo.
Era Nico, que se había abierto paso a empujones hasta llegar al frente.
No entendía lo que pasaba, pero sentía curiosidad por descubrirlo.
Vassia esperaba que Schwarz no le prestase atención.
Su primo solo tenía diez años, era demasiado joven.
Pero Schwarz, que se estaba paseando arriba y abajo como un león acechando a su presa, se quedó parado justo enfrente del niño.
Se llevó la mano a la funda de la pistola y pasó sus dedos por encima.
Vassia no podía respirar. ¿Qué estaba pasando?
No iba a dispararle, ¿no? Solo era un niño.
Quería gritar, correr, agarrar a su primo, interponerse entre él y el arma.
Schwarz le dedicó una sonrisa al pequeño y, con la otra mano, le despeinó el pelo como un pariente lejano que hace mucho tiempo que no ha visto a la criatura y no puede creer cuánto ha crecido.
Luego, Schwarz se fijó en el pajarillo que había en la caja, lo señaló y le preguntó algo a Nico.
Vassia se sintió aliviada. Quién le iba a decir que el comandante era un amante de los pájaros.
Mientras charlaban, Nico se mostró entusiasmado.
Vassia se imaginó que le estaría contando al alemán con todo lujo de detalles cómo habían rescatado y rehabilitado a Pollito .
Se preguntó cuánto griego entendía Schwarz en realidad.
El comandante se inclinó con las manos a la espalda, asintió como si le interesase lo que estaba escuchando.
Nico levantó la caja un poco, invitando al hombre a echar un vistazo más de cerca.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Schwarz cogió al pobre animalillo con ambas manos, le torció el diminuto pescuezo y, con una sonrisa que combinaba la crueldad más absoluta con una sádica satisfacción, tiró el cuerpo sin vida del pájaro al suelo como si nada.
Parecía que el aire hubiera abandonado la atmósfera del pueblo de Vourvoulos. Todos sus habitantes habían ahogado un grito colectivo de desconcierto horrorizado e intentaban comprender lo que acababan de presenciar, el nivel de brutalidad que el alemán había descargado en una criatura indefensa.
Lo único que rompió el silencio fue el llanto desconsolado del pobre Nico, que miraba con impotencia a su Pollito muerto.
En aquel momento, el niño parecía tan roto por dentro como el pajarillo.
Durante unos segundos, nadie reaccionó: todos estaban demasiado aturdidos para moverse.
Luego, la madre de Nico, desafiante, se abrió paso entre la multitud para consolar a su hijo, intentando mitigar su dolor y su angustia a besos.
Poco después, todo el pueblo tomó conciencia de que la muerte de Pollito solo era el primer acto.
El verdadero horror estaba a punto de empezar.