Capítulo 21 Vassia #2
Hizo una breve pausa. Vassia esperó para averiguar de qué se trataba. Suponía que le pediría una comida concreta, quizá más carne o más pan. Lo que Sol le preguntó la tomó completamente por sorpresa.
—¿Me permitirías hacerte un retrato? No se me dan muy bien, pero me gustaría mejorar, y tú serías tan… —Se detuvo para buscar las palabras adecuadas—. Serías una modelo perfecta, o más bien diría una musa.
Ahora estaba más animado. Había empezado a levantarse, obligando a Vassia a moverse y separarse de él al romper el abrazo.
Ella le dedicó una sonrisa. Su melancolía se había desvanecido. Lo único que se podía hacer en tiempos de guerra era disfrutar el momento.
—Claro, me encantaría. Y no es cierto que no se te den bien los retratos, he visto tus dibujos de los demás hombres en tu cuaderno. Creo que se trata de una de tus… ¿Cómo lo diría? Tus no-verdades autocríticas —añadió Vassia con tono juguetón.
Sol rio una vez más y sacó su cuaderno y sus lápices.
Era mediodía y la luz del sol llenaba el interior de la cueva como un foco en el teatro.
Sol le pidió a Vassia que se sentara en un hueco, encima de su chaqueta doblada, luego hizo una pausa para observarla de cerca con una mirada llena de dudas.
—¿Qué pasa? —preguntó ella—. ¿No estoy bien?
Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Sol, que sacudió la cabeza.
—No, no es eso. Estás… —Se calló como si tuviera dificultades para respirar, pero finalmente murmuró—: preciosa.
Se arrodilló a su lado y buscó algo en uno de sus bolsillos. Cuando sacó el objeto, su expresión facial cambió una vez más y adquirió un aire de incertidumbre e indecisión.
Vassia esperó en silencio, se limitó a observarlo algo perpleja.
—Yo… —dijo Sol, pero se detuvo, tosió y luego volvió a empezar—: También te he hecho algo. Creo que te gustará, y no tengo mucho más que ofrecerte, después de todo lo que has hecho tú por mí.
Le entregó algo, pero lo mantenía oculto en el puño cerrado, así que, al principio, Vassia no podía ver de qué se trataba.
Después de cogerlo, lo llevó hacia la luz y lo examinó más de cerca.
Era un collar hecho con un fino y flexible hilo de alambre del cual pendía un pequeño colgante de bronce.
En un lado había el rostro de perfil de un hombre, mientras que en el otro se encontraba la silueta de un barco de vela antiguo con las palabras « HALF PENNY » debajo.
—Es una moneda —explicó Sol—. Solo es medio penique, casi no tiene valor. Le hice un agujero, y la cadena está hecha con un cable de la radio. —Contempló a Vassia un instante antes de seguir—. Sé que no es gran cosa, pero es todo lo que tengo.
Mientras Sol la miraba, preocupado, y esperaba su reacción, unas gotas de agua humedecieron la fina capa de arena que cubría el duro y rocoso suelo de la cueva.
Vassia levantó la cabeza. Tenía las mejillas empapadas de lágrimas, pero sonreía.
«Un regalo por un regalo», pensó, y se alegró más que nunca de haber tenido el suficiente valor para entregarle a Sol el bordado.
—Es precioso —susurró—. Me encanta. Gracias, muchísimas gracias.
La carcajada de Sol explotó en el diminuto espacio de la cueva y rebotó entre las paredes como un eco.
Vassia entendió que se reía de aquella manera porque las expectativas por su respuesta lo habían mantenido en vilo y en tensión.
Para él, había sido muy importante escuchar que a Vassia le gustaba el regalo.
Y era cierto, no le había mentido al decir que le encantaba. Se acercó a él.
—Ayúdame a ponérmelo, por favor —le dijo amablemente.
Sol obedeció y, después de admirarla durante unos segundos, la rodeó con sus brazos. Se abrazaron y se besaron, olvidando el retrato. Cuando finalmente se puso manos a la obra, Sol empezó a dibujar trazos rápidos pero bien definidos con el lápiz. No tardó más de unos minutos.
—¡Déjame ver! —le suplicó Vassia, muerta de curiosidad.
Nadie le había hecho un retrato antes, ni mucho menos un hombre del que estaba profundamente enamorada. Sol le mostró el boceto. Era simple, pero tan fiel a la realidad que Vassia se asombró y lo contempló maravillada.
—Es muy bueno —murmuró—. Y, no sé, muy preciso. Cualquiera que lo vea me reconocería enseguida.
Sol incluso había dibujado el colgante con el pequeño barco en el centro del reverso de la moneda.
—Debes irte.
Por su tono de voz, era evidente que Sol lo decía de mala gana. La luz ya no tocaba en el hueco, un claro indicador de cuánto tiempo había pasado. Vassia debía volver a casa.
—Y quítate el collar. Si los alemanes lo ven, se darán cuenta de que es una moneda británica. Te delataría.
Vassia se llevó una mano al cuello en un acto reflejo y cerró el puño alrededor de su pequeño tesoro.
—Así lo haré. Pero lo llevaré siempre conmigo, en el bolsillo, y lo dejaré debajo de la almohada por la noche, y me lo pondré cuando venga a verte.
Sol le mostró su preciosa y amable sonrisa que siempre parecía ocultar algo que Vassia no conseguía identificar. ¿Arrepentimiento? ¿Tristeza? No lo sabía.
Siguió dándole vueltas al asunto mientras se deslizaba por la ladera, con la esperanza de llegar a casa sin encontrarse con nadie que le preguntase dónde había estado. Pero, en cuanto llegó a las afueras del pueblo, la recibió una perspectiva espantosa: había soldados alemanes por todas partes.
El corazón le latía con fuerza. Vaciló. ¿La habrían visto?
No, seguramente no. Se dio la vuelta con un gesto brusco y se agachó para esconderse detrás de una pared.
Esperó hasta que hubo recuperado el equilibrio.
Cuando recuperó la estabilidad en las piernas, se deslizó a hurtadillas por los callejones que serpenteaban entre los muros de las casas.
Tomó un atajo cruzando un patio vecino y llegó a su casa justo a tiempo de ver lo más espantoso que jamás podría haber imaginado.
Dos soldados nazis, con los ojos cargados de rabia y hostilidad, habían cogido a su padre, el alcalde de Vourvoulos, por los brazos y lo arrastraban hacia la calle.
Atónita y paralizada por el miedo, observó como aquel par de brutos maltrataban a Ianos de camino a la plaza del pueblo.
—Por favor, dejadme caminar por mi propio pie —escuchó decir a su padre con una educación que parecía incomprensible—. Es una cuestión de decoro por mi cargo. Los aldeanos no deben verme en este estado.
—Lo que piensen la panda de traidores e inútiles que son los residentes de esta isla nos la trae al pairo —gruñó uno de los soldados, que empujó a Ianos con tanta fuerza que este estuvo a punto de perder el equilibrio.
Finalmente, Vassia recuperó el sentido.
—¡Papá! —chilló sin poder reprimirse—. ¿Qué pasa? ¿A dónde te llevan?
Los soldados se detuvieron en seco y uno de ellos exigió saber:
—¿Quién eres tú?
Vassia apretó los puños y se obligó a ser fuerte al responder:
—Soy Vassia Kourakis. Este es mi padre. Quiero que me digáis qué le estáis haciendo.
El primer soldado se rio por lo bajo.
—No tenemos la obligación de decirte nada, pero ya lo verás. —Se giró y obligó a Ianos a continuar andando. Luego, le gritó a Vassia—: Tú también debes venir.
El pánico se apoderó de ella.
¿Dónde estaba su madre? ¿Y Andreas, Athena y el bebé? ¿Sus abuelos y bisabuelos? Se quedó plantada en medio de la calle, mirando desesperada hacia todos lados. No tenía ni idea de qué debía hacer ahora.
Y entonces una palabra contra la que no se podía protestar resonó en la calle de edificios estucados:
— Schnell!
Sin perder el tiempo, Vassia siguió a su padre y a los dos soldados con el presentimiento de que iba a suceder algo terrible y que ella no tenía el poder de evitar.
Al llegar a la plaza, vio que gran parte del pueblo ya estaba allí, y mucha más gente estaba llegando por las demás calles y callejones.
Su forma de arrastrar los pies y la expresión decaída de sus rostros provocaron una gran rabia a Vassia.
Acababa de hablarle a Sol de la gran variedad de fiestas que celebraba la comunidad de la isla.
Y ahora volvían a estar reunidos, pero el motivo no era la alegría y el jolgorio.
Todo lo contrario. Hombres y mujeres, gente mayor y gente joven, nerviosos y apiñados unos contra otros, mientras los niños pequeños se escondían tras las faldas de sus madres.
Todos ellos eran conscientes del ambiente ominoso que se había adueñado de la plaza, de que una reunión como aquella en la plaza no presagiaba nada bueno.
En silencio, Vassia buscó a su madre y al resto de su familia entre la multitud. Mientras lo hacía, se dio cuenta de cuál era el sentimiento que reflejaba la mirada de Sol. Sabía que algo más que la felicidad imbuía su sonrisa.
Anhelo.
Anhelo teñido de deseo.
¿Por qué le venía aquello a la cabeza ahora?
Molesta, apartó el pensamiento. Divisó a Thalia y se abrió camino entre el gentío para llegar al lado de su madre.
Cuando la alcanzó, buscó su mano y la apretó con fuerza.
Thalia estaba llorando. Los soldados habían soltado a su padre, que se había quedado de pie y contemplaba desolado a su familia, sus amigos y sus vecinos en aquella terrible estampa.
Llegó un ruidoso jeep del ejército. Echaba humo y los neumáticos retumbaban al pasar por los antiguos adoquines.
La puerta se abrió. La multitud contuvo la respiración al ver bajar al teniente Schwarz, que los miró con desdén y, flanqueado por algunos soldados alemanes, se dirigió al centro de la plaza.
Poca gente estaba charlando, pero en aquel momento se hizo un silencio absoluto y espantoso.
Parecía que el pueblo entero hubiera dejado de respirar.
Lo que estaba pasando era obvio. Deberían haberlo supuesto.
Era de esperar, los nazis no iban a ignorar que la incursión del SBS les había herido profundamente el orgullo, sin contar todas las bajas que habían sufrido.
Desde el principio, sabían que habría consecuencias, y había llegado el momento.
Represalias.