La joven de Santorini Capítulo 21 Vassia
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Capítulo 21 Vassia

Vassia

L os siguientes dos o tres días pasaron deprisa.

Vassia se pasó horas en la cocina, preparando platos nutritivos para su familia, pero, sobre todo, para Sol.

Por primera vez en su vida, disfrutaba de cocinar.

Asegurarse de que Sol estaba bien alimentado durante su confinamiento forzoso en la cueva era de vital importancia para su salud y su futuro, y la comida rompía la monotonía de sus días.

Vassia se alegró de que tuviera el cuaderno y lápices para dibujar, así podía hacer algo para matar el tiempo los ratos que estaba solo, además de intentar contactar con los aliados con la radio.

Era una actividad arriesgada, pues debía salir al exterior para tener cobertura y, aunque los nazis habían dejado de buscarlo con los aviones, las patrullas a pie no habían cesado.

Igual de arriesgadas, si no más, eran las incursiones diarias de Vassia a la cueva.

Cada vez que dejaba su casa para llevarle provisiones a Sol, el corazón se le aceleraba por el miedo.

Las fuerzas invasoras apenas habían pasado por Vourvoulos en toda su estancia en la isla, pero ahora, desde el ataque, había incrementado exponencialmente la probabilidad de toparse con un soldado alemán en plena tarea de observación de su entorno y a la búsqueda de comandos renegados o de ciudadanos rebeldes.

Vassia tenía la esperanza de que el hecho de ser mujer no levantaría tantas sospechas. Pero no podía estar del todo segura.

A pesar del peligro omnipresente, el amor que sentía por Sol penetraba cada poro del cuerpo de Vassia y, en las raras ocasiones en las que podía olvidar la guerra y pensar solo en él, le parecía que los colores brillantes y resplandecientes de la primavera se intensificaban.

Lo único que quería era estar con él. El tiempo que pasaba a su lado en la tenue cueva le parecía mágico, inesperadamente bañado en oro, por mucho que planease el miedo de que aquello terminaría tarde o temprano si capturaban a Sol o cuando consiguiera escapar.

Vassia se negaba a pensar en ninguna de aquellas posibilidades. Se centraba en el presente y todo lo demás era ruido y una distracción. Solo importaban ella y Sol y las preciadas horas que lograban pasar juntos.

Le hizo un bordado en punto de cruz y se lo llevó a la cueva.

—Es para ti —dijo, sonrojándose.

De repente, le dio un poco de vergüenza. Se preguntaba para qué iba a necesitar un soldado algo tan trivial o absurdo. Él desplegó la tela y la examinó, frunciendo el ceño mientras traducía las palabras en griego.

—«Fe, esperanza y amor, pero el mayor de ellos es el amor» —leyó en voz alta. Luego, lo leyó otra vez pero más lento, como saboreando cada una de las palabras, dedicando una atención especial a «amor».

—Es de la Biblia —explicó Vassia para que no pensara que era un dicho del pueblo, algo sin importancia.

Al lado de Sol, que tenía tanta experiencia y había visto y hecho tantas cosas, sus orígenes humildes la inquietaban.

—Sí, lo sé —dijo Sol. Sonrió, sacudió la cabeza y luego la miró directamente a los ojos—. Es precioso. Gracias.

Aliviada, Vassia cogió el bordado y lo colgó en la punta de una roca en una parte de la cueva al que llegaban los rayos del sol a través del hueco de la entrada. Cuando hubo terminado, Sol la besó con delicadeza y la invitó a sentarse delante de él, con la espalda apoyada en su pecho.

—Háblame de tu infancia —le pidió—. Ya te he contado mucho sobre mí, ahora quiero que me cuentes algo tú.

Vassia se acurrucó un poco más a él. Le encantaba el contacto con su cuerpo fuerte y firme, esbelto y musculoso.

Era el producto de tantos años de lucha y trabajos físicos duros.

Cada parte de su ser estaba rígida y en alerta, preparada para entrar en combate en cualquier momento.

Pero cuando se sentaban así, se relajaba y se destensaba; rodeada por sus brazos, Vassia se sentía a salvo, con los pies en la tierra, aunque lo cierto era que su mundo era menos seguro de lo que había sido en toda su vida.

—Fue buena —contestó con la mirada perdida en los recuerdos del pasado—.

Andreas y yo no éramos como tantos pares de hermanos que no paran de discutir y pelearse.

Siempre nos hemos llevado bien, crecimos rodeados del amor de nuestra familia y amigos: nuestros padres, abuelos, bisabuelos…

Los veíamos a todos casi cada día, y, a su manera, siempre era especial.

Vassia suspiró al pensar en aquellos tiempos mejores. Parecía que hubiera pasado una eternidad desde entonces.

—Mi hermano se llama así por nuestro pappou Andreas. La tradición dicta que el primer hijo varón reciba el nombre de su abuelo paterno. Tenía un perro negro enorme con el carácter más afable que te puedas imaginar. Ni siquiera le molestaba que le tirásemos de las orejas.

—Me encantan los perros —intervino Sol, abrazándola con más fuerza—. En cuanto pueda, me compraré un perro. Me gustaría tener un perro de las montañas de los Pirineos o un alsaciano. Uno lo bastante grande para que un niño pueda montarlo.

Se rio, y Vassia lo imitó, pero se frenó en seco.

¿De quién sería, aquel niño? Pensar en la futura prole de Sol le provocaba una incómoda mezcla de sentimientos que no conseguía descifrar o desembrollar.

Hizo una pausa y se preguntó si él iba a decir algo más, pero no.

Claro que no. Tener hijos era la última de sus prioridades en medio de aquella terrible guerra y mientras se escondía de un feroz enemigo, cuando su vida pendía de un hilo.

Vassia se regañó a sí misma por albergar unas expectativas que no se podrían cumplir.

Con determinación, volvió a sus recuerdos de infancia.

—Y la yiayia Olympia hacía los mejores pasteles de miel del mundo. Era imposible ir a su casa sin que nos sirviera un buen pedazo.

—Se me hace la boca agua solo de pensarlo —murmuró Sol como si soñase, y rápidamente añadió—: Pero seguro que no era mejor que los maravillosos postres que me has traído estos días. ¡Si me quedo mucho tiempo más, voy a engordar!

Ambos se echaron a reír, pero Vassia sintió la punzada de la decepción en lo más profundo de su ser. Las palabras «mucho tiempo más» no eran las que quería oír. Deseaba que Sol se quedara a su lado para siempre y, aunque sabía que no era posible, no podía frenar la fantasía.

—Pero, más allá de los dulces, debe ser maravilloso crecer en una comunidad tan cercana —prosiguió Sol—.

Tanto los padres de mi madre como los de mi padre eran de Londres, pero se fueron de la ciudad cuando se jubilaron, a Dorset y al oeste de Gales, respectivamente, y casi no los veía.

Ojalá hubiéramos tenido una relación más cercana y hubiéramos pasado más tiempo juntos.

Vassia asintió.

—Siento que no fuera así —dijo con empatía—.

Soy consciente de que he tenido suerte. Pero, más allá de mi familia, crecer en Santorini tenía muchas otras cosas buenas.

Podíamos movernos con total libertad por la isla y el mar.

En cuanto Andreas y yo fuimos lo bastante mayores para navegar con nuestro propio barco, algunos días era lo único que hacíamos.

No le habló del incidente con la tormenta, nada podía estropear aquellos preciosos recuerdos.

—Solo jugar en el agua… —dijo Sol suspirando profundamente, como si sintiera nostalgia de una experiencia similar.

Quizá pensaba en sus compañeros del SBS , reflexionó Vassia, que ahora debían estar embarcados hacia una nueva idílica isla griega mancillada por la presencia de los soldados nazis, dispuestos a llevar a cabo alguna hazaña pirática.

—Oh, y además —continuó Vassia—, celebrábamos las festividades del calendario ortodoxo: Navidad y Semana Santa, por supuesto, pero también el carnaval, el día del Espíritu Santo y una fiesta individual por el día del santo.

Siempre se festeja con un banquete, son celebraciones a las que todo el mundo está invitado.

Justo el día que llegasteis acabábamos de conmemorar el santo de mi padre.

—Maravilloso —respondió Sol con entusiasmo—. Creo que a los británicos no se nos da tan bien esto de los festejos como a la gente del Mediterráneo. Más que bailar con abandono al ritmo del bouzouki , lo nuestro es moverse de puntillas y respetando la etiqueta.

—Ay, Sol, siempre hablas de forma tan negativa sobre tu país —le recriminó Vassia—. Es demasiado frío, demasiado gris, llueve demasiado, sois demasiado reservados. Dudo que sea tan malo como dices. Si no, la gente se habría ido, ¿no?

A Sol se le escapó la risa.

—Tienes razón, como siempre —asintió—. No lo digo en serio. Quizá es por esta espantosa guerra y porque llevo tanto tiempo lejos de casa, pero a veces, no sé, me pregunto qué me espera en Inglaterra cuando finalmente regrese.

Sin deshacer el abrazo, Vassia se había girado para mirar a Sol directamente a la cara y, al escuchar aquellas palabras, se apoderó de su corazón una brizna de esperanza, la sensación momentánea de que su futuro todavía no estaba decidido, sino que se podía modificar.

Toda la conversación había oscilado entre la luz y la oscuridad, la posibilidad y la decepción, y ahora habían llegado a este punto…

—¿Entonces crees que…? —dijo con tono dubitativo, sin saber exactamente cómo expresar sus pensamientos en palabras—. ¿Te plantearías…?

Y su voz se apagó como si hubiera perdido el coraje. Si le pedía que se quedase con ella y él le decía que no, ¿cómo se sentiría? Además, era imposible, ridículo. En el fondo, lo sabía.

—¿Qué? —insistió Sol—. ¿Qué me ibas a preguntar?

Vassia consiguió esbozar una sonrisa e hizo un gesto despreocupado con la mano.

—Nada —mintió—, nada importante.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para obligarse a dejar a un lado sus ensoñaciones. Sol la miró con una expresión un poco extraña durante unos segundos antes de decir:

—Entonces te preguntaré algo yo.