La joven de Santorini Capítulo 20 Carrie #3
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Capítulo 20 Carrie #3

Carrie sintió que el pánico la arrollaba, un terrible peso en su corazón. Habían salido a nadar y se habían ahogado. Habían salido a pasear y las habían atropellado y se estaban desangrando en una cuneta, quemándose bajo el sol…

«Basta», se dijo a sí misma. «Esto no sirve de nada».

Aunque las lágrimas se le estaban acumulando en los ojos, contuvo las ganas de llorar y apretó los puños.

—¿Sabes dónde está Kris? —le preguntó a Sofía con toda la poca calma que era capaz de mantener—. Me gustaría hablar con él.

La ausencia de Nell había disipado cualquier sentimiento de vergüenza respecto a los hechos de la noche anterior. Ahora mismo, la única persona a la que quería ver, además de Nell, era Kris. Él sabría qué hacer, ¿no?

Los diez minutos que estuvo esperando su llegada se sintieron como una eternidad. En cuanto Kris se materializó con una expresión inquisitiva, Carrie le explicó lo que había pasado, y él inmediatamente intentó consolarla.

—Estarán por aquí cerca —dijo con seguridad—. Seguramente los padres de Amy saben dónde están. Sofía, ¿podrías pasarte por su habitación y preguntarles?

Después de que Sofía se hubiera ido, Kris se acercó a Carrie.

La abrazó con fuerza, le besó la frente, dejó que ella reposara la cabeza en su hombro y le acarició el pelo.

En condiciones normales, este comportamiento habría bastado para convencer a Carrie de que Kris no tenía dudas en cuanto a ella, pero ahora, el miedo provocado por la ausencia de Nell dejaba todo aquello en segundo plano.

—Seguro que todo va bien —la calmó—. No te preocupes, por favor.

Al oír su voz, Carrie notó que, gracias a la seguridad que le transmitía aquel abrazo, se le relajaba el pulso y volvía a respirar con normalidad.

Pero todo cambió cuando Sofía regresó para decirles que los padres de Amy no tenían noticias de las chicas y que bajarían a la recepción después de quitarse la ropa de baño.

—Dios, Dios —gimió Carrie—. ¿Dónde estarán? ¿A dónde habrán ido? ¡No lo entiendo!

—Habrán ido de compras o a pasear por el camino de la caldera para ver la puesta de sol —dijo Kris, sin cesar en su intento de tranquilizarla—. Ya sabes cómo son los jóvenes, se dejan llevar, pierden la noción del tiempo y se olvidan de avisarte.

—Sí, pero Nell siempre lleva el móvil encima y tarde o temprano acaba contestando —protestó Carrie con tono quejoso, sintiendo que estaba a punto de perder el control—.

Hace horas que no me dice nada. —Se frotó los ojos con la mano, los tenía llenos de lágrimas—.

No debería haberla dejado ir. No debería haberla perdido de vista. ¿En qué estaba pensando?

Frenó en seco su flujo de emociones con la llegada de los padres de Amy, Jim y Debbie. El móvil de Amy también saltaba directamente al contestador.

—Siempre dice que se le acaba muy rápido la batería o no sé qué —dijo Debbie.

Su actitud ante la situación parecía notablemente optimista.

Carrie se preguntó cómo lo hacían tanto ella como su marido para mantener la cabeza tan fría.

Quizá estaba reaccionando de una forma exagerada, pero, en lo más profundo de su ser, tenía un mal presentimiento por la desaparición de las chicas.

—Iremos al pueblo a ver si las encontramos —declaró Jim—. Habrán perdido la noción del tiempo en las tiendas.

—Genial —replicó Kris—. Nosotros podemos mirar en el camino de la caldera por si han ido a ver la puesta de sol.

Le ofreció la mano a Carrie y la condujo hacia allí.

Mientras caminaban, Carrie se sintió incapaz de absorber la belleza de las increíbles vistas.

Había tenido ganas de pasear por ese sendero, pero no en estas circunstancias.

Hizo un gran esfuerzo para no echarse a llorar desconsoladamente en el borde del camino.

El rostro de Kris tenía una expresión firme y sus ojos examinaban con atención los alrededores.

Llegaron a un punto del camino en el cual el acantilado se precipitaba abruptamente hacia el mar.

Carrie vio que Kris se inclinaba discretamente para echar un vistazo hacia abajo.

En ese momento, Carrie no pudo contener más las lágrimas, que le rodaban sin parar por las mejillas. Contempló con impotencia como Kris sacaba los binoculares y estudiaba las aguas que tenían bajo los pies. Luego se giró.

—No se han caído —anunció con más seguridad de la que probablemente sentía—. Las encontraremos, no te preocupes. No descansaremos hasta que las hayamos encontrado.

Se situó al lado de Carrie y la rodeó con los brazos.

—Vamos, sigamos un poco. Hay una iglesia no muy lejos de aquí. Puede que hayan ido a sentarse por la zona y estén charlando.

Sin dejar de llorar y secándose los ojos de vez en cuando con un pañuelo arrugado que había encontrado en su bolsillo, Carrie avanzó con paso vacilante por el camino irregular al lado de Kris.

Andaron y andaron, llegaron más lejos de lo que las chicas se habrían atrevido, más allá de la iglesia, donde no había ni rastro de ellas, y todavía un poco más allá.

Pero a las diez de la noche todavía no habían dado señales de vida.

De vuelta al hotel, la desconsolada Carrie apenas podía mantener la compostura. Kris llamó a la policía, que les dijo que todavía era temprano para hacer algo, y que llamasen otra vez si, pasadas veinticuatro horas, seguían en paradero desconocido.

A la una de la noche las chicas todavía no habían aparecido.

Ya hacía horas que había oscurecido demasiado para seguir con la búsqueda sin linternas ni vehículos.

Carrie se quedó sentada en la recepción del hotel mientras Kris hacía llamadas para juntar a un grupo de isleños que pudieran echarles una mano.

En la pared colgaban imágenes de relucientes edificios estucados bajo un cielo sin nubes, yates de velas blancas navegando por un mar azur, iglesias de muros recubiertos de cal y cúpulas azules.

De repente, esta preciosa isla ya no era tan idílica.