Capítulo 20 Carrie #2
—Oye, yo también quiero que llegues al fondo de la cuestión —replicó Xanthe—, pero me temo que estaré ausente unos días.
Mi abuela paterna, que vive en Tesalónica, se ha puesto enferma y debo ir a echar una mano.
No es nada grave, es decir que se recuperará, pero necesita ayuda a corto plazo.
Como mucho, estaré fuera una semana, o sea que estaré de vuelta antes de que te vayas de Grecia.
O eso espero, vamos. Pero no podré echarte un cable con tus investigaciones mientras esté allí.
—Siento lo de tu abuela —se compadeció Carrie—. Te echaré de menos, por supuesto, pero entiendo por qué debes irte. No te preocupes por mí, me las apañaré. Qué buena eres, dejándolo todo para ayudar a tu abuela. Espero que se mejore.
—Es dura de roer, se pondrá bien. Y seguro que, durante mi ausencia, Kris estará encantado de cuidar de ti. —Xanthe acompañó aquellas palabras con un guiño exagerado y una sonrisa traviesa—. No te olvides de contármelo todo, absolutamente todo, cuando regrese.
—¡En serio, tu imaginación no tiene freno! —protestó Carrie—. No habrá gran cosa que contar, ya lo verás.
Aunque, en secreto, deseaba equivocarse.
En el paseo de vuelta a casa, recordó que Nell no le había escrito para confirmar que había llegado sana y salva.
Carrie escribió un breve mensaje y esperó la respuesta ansiosamente.
Finalmente, llegó mientras Carrie se acomodaba con el portátil en su cuarto, con las puertas abiertas para dejar entrar la luz del sol.
Nell la informaba de que Amy y sus padres la habían invitado a almorzar.
Feliz por saber que Nell estaba a salvo y que recibía suficientes nutrientes y agua, Carrie se concentró y se volcó a trabajar en su manuscrito.
Quedaban muchísimas preguntas sin responder, tenía la información sobre el SBS que había encontrado en internet y podía dedicarse a ella mientras tanto.
Mientras escribía, le vinieron a la mente más recuerdos de Sol.
Carrie empezaba a pensar que, si había sido tan cercano a su lado de la familia, era porque no había formado la suya propia.
Recordó las veces que habían jugado a rounders y a críquet francés y Sol asiduamente había dejado que ella o Jenny ganasen, y las partidas de cartas en las que era habitual que hiciera trampas para ser el vencedor.
Era una pena que no hubiera vivido lo suficiente para conocer a la siguiente generación: Nell y las dos hijas de Jenny, Zoe y Elsie.
Carrie pensó en su hermana y lo unidas que habían estado de niñas.
Solían compartirlo todo, la ropa, los dulces, los secretos.
Carrie había querido una relación así para Nell, si no con un hermano propio, por lo menos con sus primas. Pero Jenny lo había estropeado todo.
A lo largo de los años, Harriet había intentado en numerosas ocasiones reunir a sus hijas para que se reconciliasen, incentivando a Carrie para que enterrase el hacha de guerra e hiciera las paces con Jenny. Pero Carrie no era capaz de perdonarla y olvidarlo todo como si nada.
Ahora, en aquella isla idílica, un sentimiento extraño se apoderaba de ella.
¿Era arrepentimiento, o quizá la creciente sensación de que debía exculpar a su hermana y abandonar el rencor de casi dos décadas?
Pero todavía no estaba preparada para soltarlo.
Se sacudió aquellos complejos pensamientos y se centró de nuevo en el trabajo.
Enseguida encontró el ritmo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que las palabras habían fluido de manera tan fácil y natural.
Al principio, aquello le preocupaba: ¿significaba que el texto era demasiado simple?
Se suponía que la buena escritura era un proceso duro, incluso tortuoso, había que dedicar sangre, sudor y lágrimas a cada sílaba.
Quizá estaba escribiendo un montón de basura y su editora se lo devolvería en un correo electrónico de una sola línea: «Lo siento, no puedo aceptarlo».
Carrie apoyó la cabeza en la fría mesa y gruñó.
¿Por qué siempre se cuestionaba tanto a sí misma de aquella manera?
Fue a por un tentempié y se lo comió contemplativamente, intentando ser razonable.
Puede que lo que estaba escribiendo no fuera lo bastante bueno para la publicación, pero, si no escribía nada, tampoco habría nada que publicar.
La única opción era seguir adelante.
Al atardecer, a Carrie le dolían los hombros por haber estado tantas horas encorvada frente al portátil.
Tanto si el resultado era bueno como si era malo, había trabajado mucho.
Hacía mucho calor y no había parado de sudar todas aquellas horas.
La idea de nadar y refrescarse en la espléndida piscina de Kris, y luego tomarse una buena copa de frío vino de Santorini bajo la pérgola, resultaba muy tentadora.
Miró los horarios del autobús en la app y vio que salía uno en cuarenta y cinco minutos, si salía pronto podía alcanzarlo.
Llamó a Nell mientras recogía todo lo que necesitaba: el traje de baño, un libro, las gafas de sol, un cepillo para el pelo, la crema solar.
Le saltó el contestador automático. Qué raro.
Quizá todavía estaban comiendo por ahí y no tenían cobertura.
Carrie no tenía ni idea del alcance de la red en la isla, pero era un lugar tan pequeño que le extrañaría que hubiera muchas zonas sin conexión.
Seguro que Nell se había quedado sin batería y le había pedido prestado el cargador a Amy, pero luego se habría dejado el móvil en la habitación de la chica. Sí, sería eso.
Alrededor de media hora más tarde, Carrie estaba en la estación de autobuses de Fira.
La recibió la habitual escena de caos organizado, enormes vehículos entraban y salían continuamente, avanzando unos metros o retrocediendo ruidosamente en una especie de coreografía de ballet a gran escala.
Los conductores, excepcionalmente hábiles, eran capaces de maniobrar en los espacios más reducidos y de lidiar con las multitudes de turistas despistados que pululaban por el lugar, algunos con mejor humor que otros.
Cuando llegó al hotel de Kris, Carrie siguió los sonidos que llegaban desde la piscina: la música de los altavoces, los gritos de los niños que jugaban, la brisa que agitaba las numerosas sombrillas de colores vivos.
Con la esperanza de encontrar a Nell y Amy entre los bañistas o los huéspedes que tomaban el sol, bajó con paso decidido por el camino e incluso se saltó los dos últimos escalones.
Se quedó de pie junto a la piscina, observando la escena.
Se sorprendió al no encontrar ni rastro de las chicas ni de los padres de Amy.
«Habrán salido a dar una vuelta por la isla», pensó.
«O a visitar alguno de los yacimientos arqueológicos, tal vez una playa.
Volverán pronto». Se acomodó en una tumbona con su libro, se quedó mirando las páginas más o menos media hora sin asimilar lo que leía.
No dejaba de levantar la vista con la esperanza de divisar a Nell y Amy en bikini, con sus toallas de baño, listas para zambullirse y refrescarse.
Pero las chicas no aparecieron.
Carrie volvió a llamar a Nell. Otra vez el contestador.
Si hubiera tenido el número de Amy, la habría llamado, pero no era el caso.
Tampoco sabía el de los padres de la chica.
Había sido un descuido absurdo. Tendría que haberle pedido a Nell que se los apuntara, o por lo menos mandárselos por mensaje.
¿En qué estaba pensando al dejar que su hija, su única y adorada hija, se fuera con gente que apenas conocía sin posibilidad de llamarlos en caso de emergencia?
«Pero no es una emergencia», se dijo a sí misma con dureza. «Estás siendo melodramática». Era la acusación que usaba contra Nell cuando le decía que no tener unos zapatos o un abrigo o un almuerzo concreto, o lo que fuera, no arruinaría su vida.
¿En qué momento era adecuado ir a la recepción del hotel para pedirles que se pusieran en contacto con los padres de Amy?
Miró su reloj y vio que eran las cinco de la tarde.
¿A qué hora volvían a abrir después de la siesta?
Sería ahora, más o menos. Se levantó, dio una vuelta alrededor de la piscina y se dirigió al muro que daba al garaje con la esperanza de ver a la familia regresando de su expedición.
En la plaza de aparcamiento más alejada había un jeep solitario.
Carrie lo inspeccionó con el corazón en un puño.
Era el coche que habían alquilado los padres de Amy, ¿verdad?
Lo había visto el otro día. ¿Era el mismo?
Se fijó en la matrícula, pero no la había memorizado, claro.
¿Para qué iba a hacerlo? Pero, cuanto más miraba el coche, más convencida estaba de que era el suyo.
Desesperadamente, intentó controlar el incipiente ataque de pánico que le provocaba dolor de garganta y palpitaciones agitadas.
Fue a toda velocidad hasta la recepción.
El rostro familiar de una de las recepcionistas, a la cual Carrie había visto varias veces por el hotel, la recibió con una sonrisa.
—Dígame, ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó Sofía.
—No estoy segura de dónde se encuentra mi hija Nell —respondió Carrie.
Se obligó a pronunciar las palabras con mucho cuidado y con claridad, manteniendo a la vez un tono de voz moderado, a pesar de que lo que quería, en realidad, era gritar a pleno pulmón: «¿¡Dónde está!?».
—Ha salido a almorzar con aquella familia, con los padres de Amy… Y pensaba que ya estarían de vuelta a estas horas, pero no hay ni rastro de ellos, así que me preguntaba si…
Sofía asintió con la cabeza.
—El señor y la señora Edmead se han dirigido a su terraza privada cuando los cuatro han regresado de comer —explicó con calma—. No sé dónde pueden estar su hija o la de los señores, no las he visto en toda la tarde.