La joven de Santorini Capítulo 19 Vassia #2
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Capítulo 19 Vassia #2

Vassia se dio cuenta de que la mirada de Sol estaba perdida en la distancia, más allá de las paredes de la cueva, fija en algo que pertenecía al pasado.

—Nunca imaginé que, al hacerme mayor, regresaría a Francia como soldado —concluyó—. Pensaba que, después de la Gran Guerra, los conflictos habrían terminado. Pero, lamentablemente, no es así.

—¿Por qué te alistaste? —le preguntó Vassia.

—¡Ja! —El inglés soltó una carcajada tan fuerte que Vassia se sobresaltó—.

Sinceramente, no estoy muy seguro. Quizá por autoengrandecimiento, para ser un héroe.

Quizá por pura ignorancia, por no saber lo difícil que sería en realidad.

No lo sé. Tal vez era inevitable. Me habrían llamado a filas tarde o temprano.

Se calló, y Vassia esperó, también en silencio. Le daba la sensación de que había algo más que Sol no le estaba contando. Con el paso de los años, había aprendido que a veces no decir nada es lo que empuja a los demás a hablar. Y así era también con Sol.

—Creo que te dije que mi hermano murió. Fue en Dunkerque, en 1940. Intento buscar el consuelo en el hecho de que seguramente prefirió la muerte a convertirse en prisionero de guerra, pero es una locura, ¿no crees? Todo el mundo se aferraría a la esperanza de seguir con vida.

Vassia no sabía qué contestar. Era horrible, perder a un hermano… No podía ni imaginarse que Andreas no estuviera en su vida. Lo quería tanto, era su único hermano y una parte de ella, de su historia y de su futuro. Su ausencia era impensable.

—Lo siento —dijo, al cabo de unos segundos. Sabía que era inapropiado, pero ¿qué otras palabras había para un caso como aquel?

Sol sacudió la cabeza.

—No pasa nada —respondió—. Ahora ya no tiene remedio. Lo único que puedo hacer es liberar al mundo de estos malditos nazis.

Sol normalmente no decía palabrotas, así que aquel exabrupto cogió a Vassia por sorpresa. Pero comprendía su rabia, pues ella también la compartía.

—Has aprendido muy bien el griego —dijo para cambiar de tema—. Y cada día lo hablas mejor.

Sol sonrió.

—Siempre se me han dado bien los idiomas —le contó—. En la escuela, estudiamos latín y griego antiguo desde los ocho años, además de francés y alemán. Tengo suerte, pero también buen oído.

—Podrías enseñarme algo de inglés —murmuró Vassia—. Antes de la guerra, recibíamos turistas ingleses y americanos. No muchos, pero de vez en cuando llegaba algún grupo. Andreas y yo los encontrábamos curiosos, tenían la piel muy pálida y hablaban a gritos.

Aquello le provocó una sonora carcajada a Sol.

—¡A gritos! Tiene guasa que lo diga precisamente una griega. Vosotros sí que habláis fuerte. No debe de haber mucha demanda de megáfonos en este país, no os hacen falta.

¿Era eso cierto? Vassia abrió la boca para protestar, pero la cerró de inmediato al visualizar mentalmente a los vendedores del mercado, que hablaban a todo volumen, se interrumpían y hablaban sin escuchar a sus interlocutores.

Nunca le había prestado atención a aquel fenómeno, nunca había visto a su propia comunidad con los ojos de un forastero.

—Bueno, puede que tengas razón —asintió de mala gana.

Sol no dejaba de reírse. Le dio un golpecito en un costado.

—¿Ibas a indignarte, no? Y a decirme que eso era una bobada, a defender a tus compatriotas. Vamos, reconócelo.

Miró a Vassia fijamente a los ojos y sostuvo la mirada, retándola a llevarle la contraria.

—Vale, sí —admitió ella finalmente e incapaz de mantenerse seria—. No puedo engañarte.

Cuando se les pasó el ataque de risa, se hizo el silencio, como si, repentinamente, ambos se hubieran dado cuenta de su situación, de que aquella terrible y peligrosa pausa en las actividades bélicas de Sol no tenía nada de gracioso.

La tensión les cayó encima como un pesado manto y le robaba a Vassia el aire de los pulmones, amenazando con sofocarla.

—Toma —dijo ella algo desesperada—. Toma otro loukoumade . Saben mejor recién hechos.

Recobrando la compostura, Sol estiró el brazo para coger uno y se lo comió, pero no lo saboreó tanto como el anterior. Se limitó a tragárselo como si tuviera prisa.

—No deberías quedarte mucho tiempo más.

Su tono de voz era áspero y, a la vez, denotaba preocupación, como si presintiera el peligro, como si el ruido de las botas de los nazis aproximándose hacia ellos resonara en las paredes de la cueva. De repente, se acercó a ella y le cogió las manos.

—Vassia, creo que no deberías volver. Te expones a un enorme peligro. No podría soportarlo si…

Calló en seco, soltó las manos de Vassia y usó las suyas para frotarse los ojos.

Al dejarlas caer, en la luz tenue, Vassia se percató de que tenía rastros negros del suelo volcánico por el rostro y los ojos húmedos.

¿Sol estaba llorando? Se le cortó la respiración.

No podía pensar en el riesgo que corría cada vez que salía de casa con una cesta llena de comida y regresaba con platos y ollas vacías.

¿Cómo podía justificarlo si la detenían por el camino?

Si estuviera en el pueblo, podría alegar que había estado en casa de su abuela o algo así, pero si la interceptaban merodeando en aquel rocoso paraje en medio de la nada con todas aquellas cosas encima, nada de lo que dijera serviría para demostrar su inocencia.

Durante un momento, la indefensión y la desesperanza cohabitaron en el corazón de la joven.

Su plan de proteger a Sol estaba condenado al fracaso.

Las cosas ya eran lo bastante complicadas con las tropas alemanas mermadas después de los ataques, pero cuando llegasen los refuerzos de Milos…

Sintiendo un frío repentino, Vassia tuvo un escalofrío. Sol la estaba observando.

—Oye, ¿qué te pasa? —le dijo con tanta delicadeza que las lágrimas se acumularon en los ojos de Vassia.

—Nada, es solo que… —respondió ella, sacudiendo la cabeza—. Nada.

Intentó sonreír, obligando a las comisuras de sus labios a doblarse hacia arriba, pero era consciente de que parecía más bien una mueca.

—Vassia, no —protestó Sol.

Su profundo tono de voz denotaba preocupación. Ya estaban sentados muy juntos, pero él se le acercó todavía más y la rodeó con sus brazos.

—No llores. No puedo soportar ver que lloras, y encima por mi culpa. Ya has hecho muchísimo por mí, eres increíblemente valiente. Siempre estaré en deuda contigo.

Vassia dejó que la abrazara un rato más, pero luego se apartó.

—No es cierto —replicó—. Sí puedes devolverme el favor.

Sol inclinó la cabeza, confundido.

—Para pagar tu deuda, puedes dejar de decirme que me aleje de ti —respondió con más ímpetu del que quería, pero era incapaz de comportarse con moderación respecto a ese tema.

Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, le dedicó una mirada desafiante—.

Sí, reconozco que tengo miedo. Estoy aterrorizada.

Pero pienso mantener mi promesa de cuidarte, pase lo que pase.

Los amables pero cansados ojos de Sol se posaron en los de ella.

Finalmente, el inglés aceptó sus palabras tácitamente con un gesto de la cabeza.

Vassia apoyó la suya en el pecho de Sol y permitió que nuevas lágrimas rodaran por su rostro mientras él le acariciaba amorosamente el pelo.

Lloró y lloró hasta que no pudo más y, finalmente, se besaron, se besaron una y otra vez hasta que la tensión y el agotamiento se desvanecieron temporalmente.

Cuando Vassia salió de la cueva ya era tarde.

Los colores del crepúsculo teñían el cielo aterciopelado, en el cual ya se vislumbraba la luna creciente.

Vassia agradeció el cobijo que le brindaba la penumbra.

Durante el trayecto de regreso al pueblo, sintió una extraña mezcla de felicidad embriagadora y de plúmbeo terror.

Por mucho que fingieran, lo cierto era que Sol se encontraba en peligro de muerte, y ella también. Pero, a la vez, y por increíble que le pareciera, aunque fuera inimaginable e inaudito, Vassia lo sabía: sabía que le acababa de pasar algo que nunca antes había experimentado.

Se estaba enamorando.