Capítulo 19 Vassia
Vassia
E n la costa todo estaba en silencio. Solo se escuchaba el rítmico movimiento de las olas al llegar a la orilla y retirarse.
Vassia aprovechó el momento para disfrutar de la tranquilidad, tan diferente de las terribles escenas que había dejado atrás en el pueblo.
Los nazis iban puerta por puerta, exigiendo que les dejaran entrar, registrando cocinas y dormitorios, lanzando vajillas y colchones por la ventana hacia los patios, sin cesar en su persecución de cualquier comando que siguiese en la isla.
Vassia había corrido un gran peligro bajando a la playa, pero no le quedaba otra opción.
Debía hacer todo lo que pudiera por Sol, por arriesgado que fuera.
Sol había descrito con todo lujo de detalles dónde estaba la radio.
Vassia había traído un saco para cargarla, además de una cesta de comida para él.
Habían pasado veinticuatro horas desde que lo había llevado a la cueva, a estas alturas debería de estar muerto de hambre.
Pero entre Andreas y el bebé y el delicado estado de salud de su padre, la joven había tenido dificultades para encontrar el momento de escaparse.
No le había dicho nada a nadie sobre la presencia del inglés en la isla, pero desde ahora Sol era su prioridad.
Encontró la radio sin problema, estaba exactamente en el lugar que había descrito Sol.
Era más grande y pesada de lo que Vassia había imaginado, y no estaba segura de cómo cargaría con el peso del aparato y de la cesta.
Metió la primera en el saco y se quedó mirándola un momento, pensando en cómo subirlo todo cuesta arriba hasta el escondite de Sol.
Haciendo un gran esfuerzo que le tensó los músculos, logró pasarse el saco por encima de la espalda y llevar la cesta con la otra mano.
Inspiró profundamente e inició su camino de regreso por el suelo empedrado de la playa. Le dolían los brazos y quería detenerse a descansar, pero la idea de volver a levantar el pesado aparato después de dejarlo en el suelo se le hacía una montaña.
Al andar, tropezaba cada vez que la radio le golpeaba dolorosamente las piernas. Le costaba avanzar, empezó a sudar intensamente y no advirtió que se le estaban acercando dos personas hasta que casi las tuvo enfrente.
—¡Vassia!
Al oír su nombre, un relámpago de puro terror recorrió su cuerpo. Seguro que era una patrulla de soldados alemanes vigilando cualquier comportamiento subversivo. Ya estaba. Había fracasado incluso antes de empezar.
Tardó unos segundos en recobrar la compostura y caer en la cuenta de que las fuerzas de ocupación no sabían su nombre. Y entonces vio que eran dos pescadores del pueblo, Christophoros y Charalambos, que se dirigían al puerto.
—¿Qué haces?
La pregunta de Christophoros tenía todo el sentido del mundo. Frunciendo el ceño, el pescador miró de arriba abajo a la chica, cargada con su saco y su cesta. El corazón de Vassia latía a toda velocidad.
—Pues estaba recogiendo… esto… piedras.
No se le ocurrió nada mejor para justificar el peso de su botín.
—¿Piedras? —repitió Charalambos, incrédulo—. ¿Por qué?
Era una buena pregunta, y Vassia no había preparado la respuesta.
—Bueno, pues… para el huerto —improvisó—. Para hacer un camino, ¿sabéis?
Su tono de voz subió considerablemente por la repentina inspiración. Charalambos y Christophoros intercambiaron una mirada que indicaba que jamás habían oído algo tan estrambótico.
—¿Podemos ayudarte? —se ofreció Christophoros dubitativamente—. Parece demasiado pesado para una mujer. Trae, déjame…
Extendió la mano para coger el saco, pero Vassia lo apartó antes de que llegara a tocarlo. En la confusión del momento y por el movimiento rápido, perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse.
—Oh, no, no pasa nada, gracias, no necesito ayuda. Me las apaño sola.
Los pescadores recibieron aquello con un silencio de perplejidad.
—Si tú lo dices —enunció Charalambos finalmente—. Avísanos cuando hayas terminado tu… camino. Nos gustaría verlo.
Vassia agarró con más fuerza todavía su carga. Esto era una pesadilla, pero ya se encargaría de su inexistente sendero en otra ocasión. Ahora debía continuar. Con determinación, dio un paso adelante.
—Por supuesto —asintió—. Me acordaré de avisaros.
Y se fue, rezando para que los hombres no la siguieran. Claramente, pensaban que se había vuelto loca, pero era preferible a revelar la verdad. No por miedo a que la traicionasen, sino porque, cuanto menos supieran, mejor.
La subida por la cuesta fue una tortura.
Al llegar a la cueva, le daba la sensación de que los brazos se le iban a romper.
Pero lo había logrado y, por un breve aunque intenso instante, se sintió triunfante por haber cumplido su propósito.
No tuvo otro remedio que dejar la radio en la entrada mientras descendía.
Sol subió a por el aparato inmediatamente.
Cuando él, Vassia y la radio estuvieron a salvo en el interior de la cueva, Vassia finalmente se dio permiso para respirar aliviada. El encuentro con los pescadores había sido un aviso de lo peligrosa que era la misión, la facilidad con la que las cosas podían torcerse.
Se planteó contarle a Sol lo que había pasado, pero al final no lo hizo.
Estaba segura de que el inglés intentaría evitar que volviera, y era lo último que quería Vassia.
En lugar de aquello, estiró los brazos discretamente para aliviar el dolor que le había provocado el esfuerzo y desempacó los contenidos de la cesta.
La forma en la que el estómago de Sol gruñó al oler la fasolatha , el estofado de habas y verduras que Vassia había hecho, delató que estaba muerto de hambre.
—Estaba riquísimo —la halagó, apoyándose contra la fría pared rocosa de la cueva—. Gracias.
—Me alegro de que te haya gustado —respondió ella con una sonrisa.
Hubo una pausa. Vassia era consciente de lo rara que era aquella situación: estaban hablando sobre comida como si acabasen de almorzar con total normalidad sentados a la mesa de la cocina y no ocultándose en una cueva mientras las tropas enemigas inspeccionaban al azar las casas de los aterrorizados isleños.
Vassia sacó de la cesta un paquete envuelto en papel, lo abrió y se lo ofreció a Sol.
— Loukoumades —dijo.
Sol tomó uno de los pequeños buñuelos recubiertos de miel y espolvoreados con canela y trocitos de nuez. Se lo comió de un bocado y pasó un buen rato masticando, saboreando el pastelito.
—Delicioso —declaró después de engullir—. Es la mejor miel que he probado en mi vida. Debe de ser de por aquí, sabe a isla, a luz del sol y a verano.
Avergonzada, Vassia sonrió.
—Es de nuestras colmenas —le explicó—. Mucha gente de Santorini se dedica a la apicultura. Supongo que en otras islas también —añadió vacilante, por si los hábitos y las costumbres de los «extranjeros» no eran como se los imaginaba.
Sol se rio por lo bajo y cogió otro loukoumade .
—Cuéntame más cosas de los lugares en los que has estado —le pidió Vassia, procurando disimular su entusiasmo no solo por saber más sobre él sino también sobre los sitios a los que él había ido y ella no.
Sol la había hecho ser consciente de la inmensidad del mundo y, aunque no fuera a viajar sola, quizá podía experimentarlo de forma vicaria a través de él.
—¿Quieres decir durante la guerra? —respondió él—. ¿O antes?
Vassia extendió los brazos en un gesto que significaba: «todo». Sol volvió a reírse.
—Vamos a ver… —musitó, entrecerrando los ojos como si rebuscara en los archivos de su memoria—.
Antes de la guerra, cuando era niño, solíamos ir de vacaciones a Francia.
Desde Inglaterra es fácil llegar, está muy cerca.
—Hizo una pausa para escudriñar a Vassia, y prosiguió—: Supongo que es algo que tenemos en común.
Ambos venimos de una isla. La tuya es pequeña y está rebosante de viñedos y tomateras.
En la mía hay campos de trigo que ondea con la brisa y vergeles con manzanos y perales.
Pero ambos entendemos lo que significa estar rodeado por el mar.
Vassia asintió con la cabeza pero se quedó en silencio, no quería romper el hechizo de los recuerdos de Sol.
—Íbamos a Dover en coche y allí nos montábamos en el ferri —continuó él—. Mi hermana y yo corríamos hacia la cubierta y nos pasábamos el viaje pegados a la barandilla, mirando hacia el horizonte. El primero que divisara Francia ganaba, ¿sabes?
—¿Qué ganaba? —preguntó Vassia, demasiado curiosa para no interrumpir.
—¡Nada! No había premio —exclamó Sol, y se echó a reír—. Solo la gloria y la superioridad de saber que tenías mejor vista.
Vassia se unió a sus carcajadas. Ella y Andreas también habían tenido bromas internas como aquella. La similitud entre sus relaciones con sus respectivos hermanos hacía que Vassia sintiese todavía más cercano a Sol.
—Cuando llegas a Calais, hay que recordar que allí conducen por el otro lado de la carretera —explicó Sol—.
Era algo que a mi madre siempre le preocupaba muchísimo y no paraba de repetírselo a mi padre hasta que este se desesperaba.
A veces él gritaba: «¡Pues conduce tú!».
Pero no lo decía en serio, porque mi madre no tenía carné de conducir, así que, aunque lo hubiera querido, tampoco podía.
La expresión de Sol cambió un poco con aquel recuerdo, de algún modo lo suavizó. Vassia quería saber si sus padres seguían vivos. Era probable, pues Sol todavía era muy joven, pero no se atrevía a preguntárselo. Quizá en otra ocasión, cuando se conocieran mejor.
—Luego cruzábamos Francia hasta el sur —dijo él—.
Era un viaje largo, teníamos que parar a dormir una o dos veces.
Finalmente, llegábamos a Niza. Siempre nos quedábamos en el mismo hotel en la Promenade des Anglais.
A mi hermana y a mí nos hacía mucha gracia que hubiéramos ido tan lejos para terminar en un lugar que habían construido los ingleses y se habían hecho un auto homenaje con el nombre.