La joven de Santorini Capítulo 18 Carrie #3
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Capítulo 18 Carrie #3

—Quizá simplemente se hartó de la guerra y la ocupación, cogió y se fue —sugirió Carrie—. O tal vez huyó para unirse al bando aliado en alguna parte. Creo que algunos griegos se alistaron voluntariamente.

Kris asintió.

—Diría que sí. Pero entonces sería un motivo de celebración y orgullo para la familia, no una desgracia vergonzosa que hay que tapar, ¿no crees? Y, si murió en combate, sería un héroe de guerra y lo recordarían como tal. —Sacudió la cabeza—. No, no tiene sentido.

Carrie estaba de acuerdo. No parecía haber un motivo verosímil por el cual un hijo y hermano tan querido desapareciera sin dejar rastro. Al final, llegaron a un punto muerto y Carrie decidió cambiar de tema.

—Háblame más de Vassia y de tu vida cuando eras pequeño —le pidió a Kris.

Él sonrió.

—Era una mujer maravillosa —dijo con un tono nostálgico—.

Para ella, la familia era lo primero y más importante en su vida.

Por eso la desaparición de Andreas me parece todavía más extraña.

—Sacudió la cabeza—. Espero que consigamos llegar al fondo de esta cuestión y averiguar qué diablos pasó.

Pero, para responder a tu pregunta: ¡ya te he hablado de cuando fregábamos el suelo!

El trabajo duro era un hábito natural para aquella generación, ya fueran las tareas domésticas o en la tierra.

La yiayia solía hablar de la vedema , es decir, la cosecha de los tomates y las uvas.

Los burros llegaban de los campos cargados de cestas de mimbre hechas a mano llenas de racimos que luego se repartían por las terrazas.

Entonces, la gente del pueblo las pisaba con los pies descalzos mientras cantaba y bailaba al son de la música.

Mi abuela disfrutaba mucho de estos rituales.

—Suena increíble —dijo Carrie—. Ese estilo de vida se ha perdido para siempre, ¿no crees?

—Tienes razón —asintió Kris—. La yiayia solía contarnos que su madre y su abuela comían cangrejos vivos, acabados de pescar en el mar, y agradecían la comida.

—¡Qué asco! —chilló Carrie con una mueca—. Debo decir que me alegro de que hayamos superado esta pantalla.

—Mi madre me contó que, después de la guerra, Vassia estudió para ser profesora —prosiguió Kris—, y trabajó en la escuela local unos años, pero renunció al casarse, como hacían todas las mujeres de aquella época.

Carrie hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Sí, en el Reino Unido pasaba lo mismo. Creo que no cambiaron las cosas hasta que se aprobó la ley contra la discriminación por razón de sexo en 1975. Seguro que Vassia fue una profesora maravillosa, amable y paciente.

Kris continuó con sus recuerdos y Carrie escuchó cada palabra con atención, hasta que, al mirar el reloj, se dio cuenta de que eran más de las diez y media.

—¡Cielos! —exclamó—. Debería volver. Nell debe de estar preocupada porque no sabe dónde estoy.

Nell no se estaría preguntando por el paradero de su progenitora para nada, más bien al contrario: seguro que se lo estaba pasando en grande en la fiesta de la piscina, pero, como la madre responsable que era, Carrie debía fingir que por lo menos su existencia era importante para su hija. Kris sonrió.

—Entonces recibirá un poco de su propia medicina, ¿no? Que se preocupe por ti, en vez de tú por ella.

Carrie se rio, Kris tenía razón.

—Bueno, ahora que lo dices… quizá no tengo tanta prisa por volver.

—Pues vamos a tomar algo —sugirió Kris, que llamó al camarero y le pidió un par de copas en griego.

Una vez tomada la decisión, Carrie se reclinó en su asiento y se deleitó por lo menos un minuto entero en la sensación de ceder la responsabilidad a otra persona, de que la cuidasen. Era un sentimiento agradable. Podría llegar a acostumbrarse.

—Bueno —dijo él mientras esperaban que les trajeran las bebidas—, en cuanto a Nell, disculpa si me meto donde no me llaman, pero parece una chica increíble, y estáis tan unidas.

Carrie se puso en alerta al escuchar el nombre de su hija, pero reflexionó sobre aquello.

¿Daban esa impresión? Era reconfortante escucharlo, teniendo en cuenta que se pasaba tantísimo tiempo preocupándose de que Nell no escuchara ni una palabra de lo que le decía y se moría de ganas de liberarse del control de su madre.

—Gracias por decirlo —declaró Carrie con cautela.

—Pero no debe de ser fácil —musitó Kris—, trabajar, ser madre, lidiar a solas con todo.

Más que una pregunta, era una afirmación, pero Carrie respondió de todos modos.

—Sinceramente, no. Es decir, claro, haría lo que fuera por Nell, cualquier cosa.

Pero cuando me paro a pensarlo, a menudo me siento agotada.

Cuando nació, tuvo un problema en el corazón, fue una etapa muy dura.

Aunque lo trataron con éxito, debemos ir con cuidado.

No le sienta bien el frío, lo cual no es ideal cuando vives en Inglaterra, y toda su vida necesitará controles médicos.

—Carrie suspiró, y rápidamente añadió—: No me estoy quejando, hay familias que lo pasan todavía peor y niños con enfermedades más complicadas que la de Nell.

Kris le dedicó una sonrisa empática y la miró a los ojos.

—No tienes por qué disculparte —la tranquilizó—. Has pasado por grandes dificultades y yo, personalmente, admiro mucho el buen trabajo que has hecho. Cualquier padre estaría orgulloso de Nell.

Carrie sonrió. Su corazón se llenó de amor por Nell y de agradecimiento por el comentario de Kris, pero luego su lado más autocrítico se apoderó de ella.

—Supongo que lo he hecho lo mejor que he podido —dijo con modestia—.

Pero hemos pasado por épocas muy duras, especialmente en los últimos tiempos.

Es fácil cuestionarse las decisiones que tomas como madre cuando no tienes a nadie con quien compartirlas.

A menudo siento el peso de la responsabilidad.

—Hizo una pausa y se corrigió—: Siempre.

Kris sonrió con empatía.

—Como decía, me parece que has hecho un buen trabajo.

Carrie sintió que la invadía la vergüenza. Se estaba haciendo pesada y obligaba a Kris a repetirse. Había llegado la hora de cambiar de tema. Por suerte, no le había hablado de la casa o, peor todavía, del padre de Nell. Eso sería pasarse.

Por suerte, en aquel momento el camarero regresó con dos vasitos llenos de un líquido transparente, que dejó encima de la mesa, uno delante de Kris, y el otro, de Carrie.

— Tsipouro —la informó Kris al percatarse de la interrogación en su mirada—. Se suele tomar como digestivo.

—Oh, bueno, entonces: donde fueres, haz lo que vieres —respondió Carrie, cogiendo su vasito y feliz por la distracción.

Kris la imitó y brindó levemente.

—Espera —dijo Carrie, inspeccionando con cuidado la bebida—. ¿Esto se toma a sorbos o todo de golpe?

Kris se rio.

—Puedes hacer ambas cosas —contestó—, pero te recomiendo un trago de tsipouro primero y luego otro de agua.

Carrie, obediente, se llevó el vaso a los labios y sorbió un poco.

—¡La madre! —gritó, pues el alcohol le quemaba la garganta—. Es fuerte.

—Pero bueno, ¿no? —dijo Kris, que dio un buen trago al suyo.

—Supongo. —Carrie bebió un poco más—. Si te gusta que te vuele la cabeza.

Kris miró los pies de Carrie con un gesto exagerado. Ella se alegró de haberse pintado las uñas y de haberse puesto las sandalias que se había comprado de rebajas el año anterior.

—Sigues con los pies en la tierra, así entiendo que te ha gustado.

Por algún motivo, que seguramente tenía algo que ver con el brebaje con graduación del cincuenta por ciento que se acababa de tomar, Carrie encontró el chiste increíblemente gracioso y se echó a reír sin poder parar. Al verlo, Kris se unió, y rieron y rieron.

Al cabo de un rato, Kris se obligó a parar.

—Vamos —dijo—. Deberíamos volver a casa.

Antes de salir, se despidió del camarero y de otro hombre que parecía ser el jefe, y Carrie esperó a que terminara el ritual de palmadas en la espalda y abrazos.

Por cortesía, Kris le ofreció su brazo mientras bajaban las inclinadas escaleras que los llevarían de vuelta a la calle y, por algún motivo, siguieron agarrados hasta que ya casi estaban llegando al hotel.

Carrie era plenamente consciente de lo cerca que estaban, del perfume embriagante de Kris, de la tranquilidad que le daba su presencia, tan fuerte y firme, a medida que avanzaban por las oscuras calles, cuyas tiendas de recuerdos ahora estaban cerradas, y donde la distante música de los bares sustituía las conversaciones a gritos de la tarde, llenando el ambiente nocturno de agradables melodías.

Al llegar a un cruce en las afueras del casco antiguo, Kris se detuvo y señaló el cielo.

—Mira la luna llena —dijo— y cómo se refleja en el mar. Es una imagen que siempre me fascina.

Carrie le hizo caso y su corazón dio un vuelco. Era preciosa, y el hecho de que Kris apreciase tanto su belleza, que le gustase tanto la isla que quisiera compartirlo con ella, se le antojó muy profundo.

Su falta de confianza en sí misma desde que había cortado con Jack implicaba que no era capaz de reconocer las señales de la atracción. Pero ¿se estaba equivocando con Kris? En lo más hondo de su ser, algo le decía que no, pero no estaba preparada para aceptarlo y creérselo.

Mientras su mente, felizmente embriagada, daba vueltas a aquellos pensamientos, se dio cuenta de que Kris se le acercaba. Dejó de mirar la luna y, al bajar la cabeza, durante un breve pero exquisito instante fue consciente de lo que estaba a punto de pasar. Y, de repente, estaba pasando.

Kris la estaba besando y, cuando Carrie recordó cómo funcionaban los besos, lo único en lo que podía pensar era en que no quería que terminase nunca.