Capítulo 18 Carrie #2
Finalmente, Elena se puso firme. Era evidente que Penelope estaba agotada y necesitaba descansar.
Su propia nieta llegaría pronto del trabajo y se preocuparía al encontrar a su abuela completamente exhausta.
Kris se ofreció para acompañar a Penelope a casa.
Mientras tanto, Carrie, Nell y Amy lo esperarían a la sombra hasta que volviera para llevarlas de vuelta a Oia.
Carrie, que estaba absorta en sus pensamientos, se percató del parloteo de las chicas.
—Esas viejas servían cono —dijo Amy con énfasis.
—Han devorado —asintió Nell.
Este intercambio les provocó una risa incontrolable. Carrie las escuchaba desconcertada.
—Han devorado un banquete sin dejar migajas —añadió Amy.
—Pero si ni siquiera han probado los dulces de Elena —intervino Carrie, que seguía perpleja—. ¿De qué estáis hablando?
Aquello hizo que las chicas se rieran a carcajadas todavía más intensas.
—Ay, mamá —suspiró Nell cuando recuperó el aliento—, es una forma de hablar. Se dice cuando alguien lo peta muy fuerte, en plan, literal, que devora.
Se echó a reír otra vez, con la misma fuerza de antes.
—Bueno —musitó Carrie—, no creo que sea una expresión literal porque, como decía, no han comido nada, así que creo que querías decir «metafóricamente».
—Hizo una pausa para mirar fijamente a Nell—.
Y ni se te ocurra decirme «OK, boomer » porque, como he reiterado en repetidas ocasiones, no soy boomer , ni siquiera estoy cerca de aquella generación.
Nell y Amy se tuvieron que sujetar los costados porque se estaban doblando de la risa. Carrie les dedicó una sonrisa indulgente. A pesar de la incomprensible jerga juvenil, le gustaba ver que Nell se lo estaba pasando en grande.
Kris volvió y, mientras los cuatro bajaban andando hasta el coche, Carrie reflexionó sobre el hecho de que Maria, Daphne y Penelope habían, en efecto y sin duda alguna, devorado.
Cuando llegaron al hotel de Kris en Oia y las chicas se hubieron ido a ponerse el bikini, Kris dijo:
—Me he tomado la libertad de reservar una mesa para cenar en mi restaurante favorito del pueblo.
Nell y Amy están invitadas, por supuesto, pero esta noche hay fiesta en la piscina y me parece que les apetecerá más el plan de comer hamburguesas y patatas fritas con otra gente de su edad.
Se lo he mencionado a los padres de Amy y estaban encantados con la idea.
El pánico se apoderó de Carrie un instante. ¿Era buena idea dejar a dos adolescentes solas en una fiesta en la piscina? El comportamiento de Nell había mejorado en las últimas semanas, pero era difícil decir si había pasado página del todo. Como si pudiera leerle los pensamientos, Kris añadió:
—No te preocupes, no habrá alcohol, todo el personal sabe quién es menor de edad. Y solo serán un par de horas, una oportunidad para que nuestros huéspedes más jóvenes se suelten un poco en un ambiente controlado.
Le dedicó una sonrisa para tranquilizarla. Carrie sintió un mariposeo en el estómago con tantas atenciones y cuidados.
—Gracias, Kris —respondió—. ¿Qué hay de Xanthe? Dijimos que nos veríamos esta noche, pero no me he puesto en contacto con ella para…
—Yo sí —interrumpió Kris, cortando con su tono amable la agitación de Carrie—. Tiene que hacer una llamada transatlántica, así que no llegará a tiempo.
—Oh, vaya, entonces no pasa nada —dijo Carrie—. Quiero decir, que está bien… —Añadió rápidamente para que Kris no malinterpretara su reacción—. Me encantaría ir a cenar contigo, sería agradable.
Aunque la idea de ir a cenar con Kris le parecía fabulosa, había dicho algo tan lamentable para no sonar excesivamente entusiasmada y que el pobre hombre se asustara.
Carrie se había percatado en varias ocasiones de algunas miradas o de momentos en los que Kris le había sujetado la mano unos segundos más de lo estrictamente necesario al saludarla, y le había dado la sensación de que quizá podrían llegar a ser algo más que amigos.
Tal vez podían reavivar la llama que había ardido entre ellos tantos años atrás.
Carrie se había reído cuando Xanthe lo había sugerido al proponerle el viaje, pero ahora la idea no le parecía tan descabellada.
Pero con la misma rapidez que sus pensamientos se habían disparado, los frenó.
Estaba alucinando, inventando cosas, buscando un significado más profundo del que tenía en realidad.
No era sorprendente, pues había perdido la práctica en los asuntos del corazón, y tenía un potencial enorme de hacer el ridículo si se equivocaba.
Como era de esperar, Nell y Amy recibieron la oferta de quedarse un rato en el hotel sin supervisión paterna con gran júbilo. Carrie y Kris pasearon hacia el pueblo. Durante el trayecto, Carrie no paraba de sorprenderse por las vistas.
—Cielos, imagínate cómo sería vivir aquí —exclamó, señalando hacia las magníficas y exclusivas habitaciones de los hoteles, algunas de las cuales contaban con piscinas diminutas como bañeras en la terraza y con vistas directas a la caldera—. Qué lujo, levantarte y que te reciban estas vistas.
Se detuvo para admirar el espectacular panorama, los increíbles tonos azules del cielo y del mar y, en el horizonte, los primeros destellos rojos de la puesta de sol.
El cálido aire todavía arrastraba el calor de todo el día y la esperanza, aunque Carrie no estaba segura de qué esperaba exactamente. Kris sonrió.
—Todavía no has visto aquella parte de mi hotel, ¿verdad? —dijo—. Además de las habitaciones que dan a la piscina, las del otro lado tienen vistas a la caldera. Cuando uno vive aquí, al final se acostumbra, pero entiendo que a un recién llegado debe parecerle algo muy especial.
Carrie lo observó atentamente mientras hablaba. Era obvio que le encantaba Santorini, que le encantaban su hotel y su trabajo. Pero le faltaba algo, estaba segura. Quizá la vida de Kris no era tan perfecta como parecía desde fuera.
—Así es —contestó—. Todo es tan maravilloso.
Acompañó sus palabras con un gesto con el brazo que comprendía el encantador pueblo de Oia y la isla entera.
—Como… —empezó a decir Kris, pero se frenó abruptamente, como si se lo hubiera pensado mejor. Carrie lo miró, confundida, pero el momento pasó y él le indicó la dirección por la que debían seguir.
—Mañana te enseñaré el lado de la caldera —le prometió mientras paseaban por calles inmaculadas flanqueadas por tiendas que vendían de todo, desde imanes y toallas hasta ropa de marca y cerámica hecha a mano—. Algunos huéspedes se van mañana, así que también podrás ver las habitaciones por dentro.
—Suena genial —respondió Carrie—. Me muero de ganas. Gracias.
Las estrechas calles estaban rebosantes de la cacofonía multilingüe de las conversaciones animadas de los turistas, muchos de ellos con cámaras y palos de selfi.
A ratos quedaba tan poco espacio para moverse que era difícil avanzar.
Carrie se sorprendió por el buen humor de los residentes, vendedores y restauradores griegos, que no parecían guardar rencor a sus invasores temporales.
Había leído que la población permanente de la isla era de solo 15 500 habitantes, pero que cada año más de dos millones de visitantes llegaban en barco o en avión.
Uno podía pensar que la mayoría se encontraba aquí ahora mismo, de camino al otro extremo de Oia antes de la puesta de sol.
Llegaron a un cuello de botella en un cruce entre varias calles, la multitud les impedía el paso.
Carrie dudó, no sabía cómo abrirse camino entre el gentío.
Mientras vacilaba, Kris le puso una mano protectora en la espalda y la guio con destreza en la dirección que debían tomar.
Al notarlo, un escalofrío recorrió la espalda de Carrie y, lejos de sentirse incómoda, disfrutó del contacto.
Una vez más, tuvo la sensación de que algo pasaba entre ella y Kris, algo que ya había sucedido, aunque brevemente, muchos años atrás.
La sensación no le desagradaba en absoluto y, mientras caminaba al lado de Kris, de repente se dio cuenta de lo sola que estaba, de lo sola que se había sentido durante muchos años.
Kris había retirado la mano y Carrie sintió su ausencia casi tan profundamente como había notado su presencia.
Él se detuvo junto a unos escalones empinados e indicó a Carrie que siguiera adelante.
Ella subió las escaleras y llegó a la terraza de la azotea, adornada con macetas rebosantes de flores de colores vivos.
Las paredes estaban recubiertas con cascadas de suaves luces blancas que resplandecían como estrellas en el aire templado de la noche.
Era tan bonito, y Carrie no pudo evitar pensar que también era muy romántico.
Era evidente que las demás parejas que ya se habían acomodado, también lo pensaban: los demás comensales, inclinados íntimamente hacia sus parejas mientras charlaban y probaban bocados de la comida del otro, parecían profundamente enamorados.
Kris regresó y le dedicó una sonrisa a Carrie, que escaneó su rostro buscando pistas de si llevarla a aquel restaurante se trataba solo de un gesto amigable o algo más, pero no encontró nada.
«Estúpida», se dijo a sí misma. Sin duda, estaba buscando cosas que no existían.
¿Por qué diablos iba Kris a interesarse románticamente por la acabada, insolvente y pronto sin techo madre soltera de una adolescente complicada?
De principio a fin, era una noción absurda.
Al sentarse a la mesa, Carrie tomó la determinación de tranquilizarse y concentrarse en los motivos que la habían traído hasta aquí: su libro, Sol y Nell. Y, por supuesto, desde aquella tarde, el misterio de lo que le había pasado a Andreas, el hermano secreto de Vassia.
Ella y Kris estuvieron charlando sobre este asunto mientras cenaban dorada estofada con tomates. Hablaron y hablaron, teorizando sin parar, pero sin llegar a ninguna conclusión remotamente plausible.