La joven de Santorini Capítulo 18 Carrie
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Capítulo 18 Carrie

Carrie

— B Bueno, valía la pena intentarlo, ¿no? —dijo Carrie, desanimada, más para sí misma que para los demás.

¿Realmente las ancianas no sabían nada de Sol o de Andreas?

¿O la necesidad de silencio que les habían impuesto tantos años atrás había anulado los recuerdos?

Fuera como fuera, estaba claro que ni Maria ni Daphne les podían proporcionar más información.

Carrie se levantó, se acercó a las mujeres y, sujetándoles las manos, les dijo Efcharistó , gracias, por el tiempo que les habían dedicado.

Elena volvió al interior a por más refrescos y Carrie se preguntó qué podía hacer ahora.

Seguía perdida en sus cavilaciones cuando, al levantar la mirada, vio que se aproximaba otra anciana, que andaba con la espalda casi doblada y era considerablemente mayor que las otras dos.

Progresaba a un paso agonizantemente lento.

Al verla, Kris se levantó de un salto y se dirigió hacia ella para ofrecerle su ayuda.

Cuando llegaron a la sombra de la plaza, la mujer se sentó en la silla que Kris había dejado libre, mientras que este se quedaba de pie a su lado.

Después de un emocionado intercambio de palabras en griego entre la nueva comparecencia, Maria y Daphne, Kris aprovechó que la conversación se había calmado para presentarla.

—Esta es Penelope —dijo—, y me ha informado con gran orgullo de que es la persona más mayor de Vourvoulos, y una de las mayores de toda la isla.

—¡Ostras, qué hazaña! —exclamó Carrie, dedicando una sonrisa de asombro a Penelope—. Encantada de conocerla.

Le tendió la mano para estrechársela. A pesar de la potencia del sol, la piel suave y fina como el papel de la mujer estaba fría.

—Mi madre no le pidió a Penelope que viniera —explicó Kris—. Le pareció que sería demasiado para ella, pero, aparentemente, los rumores se extienden muy rápidamente y Penelope se sintió algo molesta por no haber sido incluida. Por eso ha venido ella sola hasta aquí.

Carrie inclinó la cabeza en un gesto de deferencia hacia la determinación de Penelope.

—Le estoy muy agradecida —murmuró, y Kris tradujo sus palabras.

Elena volvió a la plaza con más agua y café y, tras una benigna reprimenda a la anciana por desafiar sus instrucciones y haber venido andando sin acompañamiento, fue a por una silla adicional.

Carrie se preguntó qué pasaría por la cabeza de Elena.

Al fin y al cabo, Andreas seguramente había sido su tío y debía de ser muy raro y, seguramente, terrible descubrir que tenía un pariente de quien nunca había oído hablar, sobre todo cuando todo lo relacionado con su vida familiar parecía tan idílico.

—¿Cuántos años tiene, Penelope? —le preguntó Carrie, incapaz de mantener a raya su curiosidad.

«¿Lo bastante mayor para recordarlos años de la guerra?», añadió para sus adentros.

—Tengo noventa y cinco años —respondió Penelope—. Nací en 1929.

La voz le temblaba al hablar, pero no tenía dudas ni estaba confusa en cuanto a su edad. Era obvio que tenía la cabeza muy clara. Carrie esperaba poder conservar el juicio cuando tuviera los mismos años que la anciana.

—Es decir que tenía quince años en 1944 —sugirió Carrie.

—Exacto —dijo Penelope con la mirada perdida—. Después de tanto tiempo, casi no recuerdo nada de aquella época, pero algunas se han quedado grabadas en la memoria.

Maria y Daphne arrastraron un poco sus respectivas sillas para acercarse y poder escuchar mejor, y todo el grupo esperó las siguientes palabras de Penelope.

—Cuando llegaron aquellos hombres, los especiales, pidieron ayuda a los habitantes del pueblo para que les llevasen comida y agua y los acompañaran a los lugares que querían atacar.

Lo habría hecho cualquiera, claro, si se lo hubieran pedido.

Pero el alcalde, Ianos Kourakis, el padre de Vassia, tomó el liderazgo.

Bueno, era lo correcto. Era el hombre más importante del pueblo.

—Hizo una pausa para tomar agua, dejó el vaso en la mesa con la mano temblorosa—.

No sé los detalles de lo que pasó, los adultos siempre se lo quedaron para ellos y no nos lo contaron.

Pero todos oíamos cosas, las partes finales de algunas conversaciones.

Otra pausa. Esta vez, la mirada de Penelope se quedó fijada en un punto invisible al otro lado de la plaza. Quizá se veía a sí misma de joven, escuchando a escondidas las palabras de los adultos sin apenas comprenderlas. Carrie se aguantó la respiración mientras esperaba que el relato siguiera.

—Hubo consecuencias. Al principio, los italianos, e incluso los nazis, nos dejaban bastante en paz. Pero, después de la incursión, todo cambió. Ya lo creo.

Penelope se estremeció, extendió sus manos torcidas y morenas sobre su regazo y las contempló durante un instante, como si imaginase el daño que podían hacer las manos, unas manos nazis.

—Se vertió mucha sangre. Murió gente.

Aquel comentario fue recibido con un profundo silencio que solo se rompió cuando Kris se dirigió a Penelope. Carrie entendió los nombres de su abuela Vassia y del hombre que, si había existido, hubiera sido su tío abuelo. Esta vez, pasó un buen rato hasta que Penelope contestó.

—Sí —dijo lentamente y con sumo cuidado. Miró fijamente a Elena y frunció el ceño, como si tuviera miedo de que la mujer oyera lo que iba a decir—: Sí, Vassia tenía un hermano. Estoy segura.

Por el grito ahogado que aquellas palabras habían provocado a Elena, Carrie adivinó lo que había revelado Penelope incluso antes de que Kris las tradujese.

—Se llamaba Andreas, en eso tienes razón. Era un buen chico, alto, apuesto. —Sonrió y miró a Kris—. ¿Sabes? Tú te pareces a él.

A Carrie casi se le escapó la risa al ver que, bajo su tez bronceada, Kris se había sonrojado.

Pero, con la misma rapidez que le había subido el color a las mejillas, se desvaneció, y, junto a él, el júbilo de Carrie.

No era un asunto gracioso. Al contrario, era de gran importancia para Carrie y su investigación sobre el pasado de Sol, e incluso más para Kris y Elena.

En una isla tan pequeña, con una comunidad tan unida, era virtualmente imposible imaginar que alguien desconociera la existencia de un pariente.

El semblante de Penelope se ensombreció al continuar con el relato. La mujer había entrecerrado los ojos, como si el peso de los recuerdos fuera demasiado para sus párpados.

—Todos respetaban y admiraban a Andreas. Yo no lo conocía muy bien, pero esto sí lo sé. Y no tengo ni idea de qué fue de él. Un día estaba aquí y, al siguiente, se había ido.

Kris, que estaba escuchando con atención, se pasó una mano por el pelo. Elena seguía clavada en su asiento, inmóvil como una estatua. Parecía que no respirase.

—¿Se fue? ¿A dónde? —preguntó en voz baja.

—Pasó durante la guerra, así que seguramente tuvo algo que ver con los nazis —dijo Penelope lentamente—.

Pero no sé qué, exactamente. —Miró hacia el infinito, como si todavía pudiera ver frente a ella al hermano mayor de Vassia y a un soldado alemán—.

Fuera lo que fuera, nunca más vimos a Andreas ni supimos de él, y los jóvenes aprendimos a no mencionar su nombre para no disgustar a su madre.

—Entiendo.

Carrie se inclinó hacia delante. Los recuerdos de Penelope solo habían confirmado lo que ya sabían o habían deducido.

Kris parecía exhausto, igual que su madre. Fue entonces que Carrie se percató de la magnitud de este descubrimiento para él. Qué pena que la conversación no hubiera proporcionado todas las respuestas, pero seguramente era pedir demasiado.

En aquel momento, Nell se levantó y se quedó de pie al lado de Carrie, se cogió un mechón de pelo y lo retorció con el dedo. Carrie la rodeó con el brazo.

—Todavía no le has preguntado de qué se conocían Vassia y Sol —dijo Nell—. O por qué él le hizo un retrato. Tienes que preguntárselo.

Kris y Carrie sonrieron a la vez. Nell tenía razón: quedaban muchas preguntas, pero Carrie no estaba segura de si Penelope estaría dispuesta. Elena se levantó y susurró algo al oído de Penelope, pero la anciana le hizo un gesto de desdén con la mano y respondió con un firme:

— ¡Ochi!

«No».

—Dice que se encuentra bien para seguir hablando —interpretó Elena con una mueca—. No tiene intención de volver a casa a descansar.

Era dura de roer, pensó Carrie. Bien por ella.

Penelope retomó su relato.

—Los hombres se escondieron en las cuevas de la costa.

Hay varias a lo largo de la orilla, y otras tantas en los acantilados, a poca distancia del mar.

Antes de la guerra, solíamos jugar allí, pero después nos advirtieron de que no nos acercáramos.

Los adultos decían que las entradas se habían vuelto inestables, que había minas.

—¡Cielos! —exclamó Carrie—. Suena peligroso.

Penelope no respondió al instante, parecía perdida en el mundo del pasado, de la guerra y de las cosas horribles que las personas pueden hacer a los demás.

—Corrían rumores de que los hombres del SBS habían dejado atrás varios objetos al huir, radios, provisiones, lo que fuera.

—Hizo una pausa y sacudió la cabeza, como para negar la veracidad de aquellos cuentos—.

Algunos incluso decían que uno de los hombres no había logrado escapar, o que estaba demasiado herido para moverse.

Murió en una cueva y su esqueleto permanece entre la arena y la humedad.

Carrie levantó las cejas e hizo una mueca horrorizada. Era una perspectiva espantosa y, a la vez, muy descabellada. Seguramente solo era el producto de décadas de susurros y chismorreos.

Penelope contó algunas cosas más de cómo había sido la vida en la isla antes de la guerra, de cómo las familias se ganaban la vida y subsistían a base de perejil, habas y los famosos tomates cherry de Santorini, así como del pescado y el marisco que ofrecían las aguas.