La joven de Santorini Capítulo 17 Vassia
43%

Capítulo 17 Vassia

Vassia

S ol. Sus ojos resplandecían bajo la luz de la luna.

Le hizo un gesto con la mano para que lo dejara entrar en casa.

Estupefacta, Vassia se puso lo primero que encontró y bajó corriendo a la puerta de la cocina para abrirla.

Cuando Sol hubo entrado, se fundieron en un abrazo.

No fue hasta que se separaron a regañadientes que Vassia se percató del agotamiento que reflejaba el pálido y ojeroso rostro de Sol.

Se había envuelto la muñeca con una venda rudimentaria y llevaba el pelo enredado y cubierto de polvo.

Vassia quería peinárselo con la mano y masajearle la frente fruncida con las frías puntas de los dedos.

En lugar de eso, empezó a trabajar: puso un par de cucharadas de café en la cafetera, la dejó en el fogón y le sirvió un vaso de agua fresca a Sol, que se la bebió de un solo trago. Vassia se dio cuenta de que estaba muerto de sed.

Una vez preparado el café, con ambos sentados frente a frente en la mesa de la cocina, Vassia se atrevió a preguntarle por qué diablos seguía en la isla. Se suponía que los comandos se habían marchado a la mañana siguiente de la incursión. ¿Qué hacía Sol allí?

—No dimos con Schwarz —le contó; su voz estaba cargada de remordimiento—.

Cuando registramos las barracas, aparecieron soldados de todas partes y nuestra patrulla se dividió.

Yo estaba decidido a encontrar a aquel hombre, dar con su paradero.

No quería matarlo, solo capturarlo. Habría sido un trofeo para nosotros, una prueba de nuestro valor, pues hay gente en Londres a la que no le gusta lo que hacemos, Vassia.

Es demasiado poco convencional para ellos, demasiado poco ortodoxo.

Vassia parpadeó y tragó saliva. No se había planteado si los altos mandos tenían en buena consideración al SBS o no. De todos modos, lo único que le importaba era Sol y que estaba vivo, ahí, en su cocina, tomando café.

La naturaleza surrealista de las últimas cuarenta y ocho horas se intensificaba por momentos.

—¿Pero no lo encontrasteis? —sugirió ella.

Sol sacudió la cabeza, abatido.

—No.

Luego tomó un sorbo de café.

—Está delicioso. Gracias.

Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo, cogió uno, lo encendió y dio una larga calada.

—Pasé demasiado tiempo dando caza a Schwarz.

Cuando me di cuenta de que debía irme del pueblo, ya casi era de día.

Me escondí en un cobertizo abandonado hasta que las cosas se calmasen.

Pero no podía salir, la zona estaba a rebosar de patrullas.

Cuando por fin alcancé el punto de encuentro en la playa de Vourvoulos, ya salía el sol, ya era demasiado tarde. Ya habían recogido a los demás.

Vassia se aferró a su taza de café y se mordió el interior de la mejilla.

Sol se había expuesto a tanto peligro, y seguía estándolo, en territorio enemigo.

Su posibilidad de escapar había zarpado.

La joven no se podía ni imaginar qué iba a hacer el inglés.

¿Podía ayudarlo a quedarse aquí escondido?

Pensándolo bien, la casa del alcalde sería el primer sitio que registrarían.

—Entonces…, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó, aunque la ansiedad le dificultaba el habla—. ¿Cómo vas a…? —Hizo una pausa. No quería pronunciar lo que le pasaba por la cabeza en aquel momento. Con un murmullo que apenas se oía, terminó la frase—: ¿…escapar?

—Escondimos un transceptor de radio cerca del primer lugar donde nos cobijamos —explicó Sol—. Lo he usado esta mañana e iré a por él cuando oscurezca. Así puedo mantenerme en contacto con la base. No me pasará nada.

Vassia no se podía creer que ni media palabra de aquello fuera cierto. Sol estaba en peligro mortal, era evidente.

—Te ayudaré —susurró—. Haré lo que pueda.

Los ojos de Sol se fijaron en ella con una expresión llena de gratitud, y algo más que Vassia no identificaba del todo.

—No estoy preocupado por mí mismo —dijo. Hizo una pausa para inspirar profundamente antes de continuar—. Vassia, debo decirte algo muy importante. Tendrás que transmitir el mensaje a tu padre para que informe al resto de la comunidad, a los alcaldes de los demás pueblos y aldeas.

La sangre se heló en las venas de Vassia. Estaba claro que se trataba de algo de gran importancia, incluso trascendental. Apenas podía contener el suspense mientras esperaba la respuesta de Sol.

—Los alemanes van a mandar refuerzos desde Milos. Llegarán en unos días. Si encuentran a algún comando en Santorini, este se enfrenta a una muerte segura.

Apagó el cigarrillo en el plato que había debajo de su taza y luego se frotó la frente como si, con aquello, pudiera borrar las profundas líneas que el estrés le había dibujado entre las cejas.

—Pero no pasa nada, porque soy el único que queda. —Soltó una carcajada profunda y prosiguió—: Sin embargo, no sé qué implicará para los demás, especialmente para los que nos han ayudado.

Levantó la mirada, directamente a los ojos de Vassia, y la sostuvo.

—No sé qué significará para ti.

Por un instante, Vassia no pudo moverse ni hablar. La comunidad entera de la isla sería sospechosa: sus amigos, sus vecinos, sus padres, todos. Y, para colmo, Schwarz seguía vivo, y la había visto en Fira la noche anterior. ¿Cuánto tiempo necesitaría para atar cabos?

Sol arrastró la silla al hacer el gesto de levantarse.

—Debo encontrar un lugar para esconderme —dijo—. Hasta que consiga organizar mi huida de la isla.

Vassia se levantó de un salto y se quedó de pie frente a él.

—Conozco el lugar ideal —respondió en voz baja pero, esta vez, con una cierta urgencia—.

Otra cueva, pero esta vez no sería en la playa, sino en el interior, con vistas al pueblo.

Andreas y yo la encontramos cuando éramos niños, dudo que mucha gente sepa de su existencia.

Los nazis seguro que no. Vamos, vayamos antes de que amanezca del todo.

Después de preparar un sencillo paquete con provisiones, Vassia y Sol salieron de la casa y se escabulleron por las calles del pueblo.

Solo los vieron un par de gatos que regresaban de su cacería nocturna.

Al dejar atrás la última casa, anduvieron unos diez o quince minutos por un camino rocoso y escarpado, cubierto ocasionalmente de matas de hierba y algún que otro arbusto achaparrado o higos chumbos, hasta que llegaron a la cueva.

Seguramente la había usado un pastor de cabras años atrás para refugiarse del sol; alguien había tallado en la roca unos escalones empinados y rudimentarios que conducían a las entrañas de la tierra.

Sol miró a su alrededor, evaluando su nuevo hogar temporal.

—Es perfecto —dijo.

No lo era para nada, pensó Vassia. Era fría y húmeda, estaba mal ventilada, olía a moho y a algo fétido y, teniendo en cuenta que los rayos del sol no la penetraban, era deprimentemente oscura. Pero no se le ocurría un lugar más seguro, así que, de momento, le serviría.

Quería quedarse con él, sentarse a charlar un poco más, asegurarle que todo iría bien, pero él le insistió en que se fuera antes de que se hiciera de día.

—Debes volver a casa y avisar de la llegada de nuevas tropas alemanas —dijo—. En cuanto lo sepan algunas personas, los rumores se encargarán del resto.

—Pero volveré —le prometió Vassia—. Te voy a traer más comida y agua. Dime dónde está la radio e iré a por ella. Te cuidaré todo el tiempo que haga falta, por peligroso que sea.

Sol le mostró su preciosa, dulce y triste sonrisa.

—Gracias.

No le quedaba más remedio que aceptar la oferta de Vassia, por mucho que deseara que la joven no tuviera que arriesgarse tanto.

Vassia dudó un instante. Pensó en Pollito .

La supervivencia del polluelo había dependido de ella, y lo había conseguido.

Pero un soldado era otra historia. Superada por una terrible sensación de fatalidad, se abalanzó sobre Sol y lo rodeó con sus brazos, desesperada por el contacto con él, por el consuelo de su cálido abrazo.

—Solo un minuto o dos —le susurró al oído—. Antes de que me vaya.

Sol la estrechó, acercándose más, tanto que Vassia apenas podía distinguir dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el de Sol.

Él se agachó, su boca buscó la de Vassia y por fin llegó el beso que tanto ansiaba la joven desde aquel suave roce de sus labios al despedirse la noche anterior.

Le devolvió el beso ávidamente. Nunca había besado a un hombre, pero instintivamente sabía lo que debía hacer.

Estuvieron así durante un largo y desgarrador instante, hasta que Sol finalmente se apartó.

Vassia se quedó deslumbrada por el anhelo y el deseo, hasta entonces desconocidos, que la asaltaban.

—Vete —murmuró Sol—. Haz lo que te he dicho.

Pero, a pesar de ordenarle que se fuera, su mano todavía sujetaba la de Vassia. Finalmente, la joven se giró y, lentamente, de mala gana, Sol la dejó ir.

Mientras salía de la cueva, Vassia aún sentía huella de sus dedos.

Al llegar al mundo exterior, hizo una breve pausa para recobrar el aliento.

Hacía un bonito día de primavera, espolvoreado de luz, en el cielo las nubes esponjosas estaban teñidas de rosa por la salida del sol, y soplaba una suave brisa del sur.

Mirando a su alrededor, Vassia contempló el espléndido paisaje, tan familiar para ella y siempre agradable.

La tierra volcánica se precipitaba hacia el mar, cuyas aguas se extendían hasta el horizonte.

Los hermanos de armas de Sol ya estaban navegando hacia la seguridad de su guarida en Turquía.

Vassia se alegraba de que hubieran conseguido huir.

Sol debería estar con ellos, planeando el próximo asalto, disfrutando de los momentos libres para reír y hacer broma juntos, poniéndose serios cuando fuera necesario.

La joven entendía que no habían podido esperarlo más, que se habían visto obligados a partir.

Seguramente contaban con que Sol estaba lo bastante bien entrenado y era lo bastante resiliente e ingenioso para sobrevivir mientras estaba rodeado de fuerzas hostiles, como solo podía hacerlo un miembro del SBS .

Vassia lo sabía, y aun así se sentía dividida. Una parte de ella deseaba que Sol hubiera escapado y estuviera a salvo. Pero la otra parte se alegraba de que no lo hubiera conseguido, de que, gracias a aquella circunstancia excepcional, podrían pasar más tiempo juntos.

Estaba mal pensar así, sabía que era una locura.

Sol no se quedaría en Santorini para siempre: la llamada del deber lo apartaría de la isla en cuanto pudiera.

Pero, aunque todo apuntaba a que era una pésima idea, Vassia no podía evitarlo.

Había empezado a sentir algo por Sol. Aquellos sentimientos eran algo más que amistad, mucho más intensos que su deseo de ayudar a expulsar a los nazis de la isla.

Se llevó la mano que había sujetado Sol hacía apenas unos minutos a los labios e inspiró profundamente, como si el olor del inglés hubiera penetrado su piel.

Luego, se giró y se dirigió con paso decidido de vuelta al tranquilo pueblo que ni se imaginaba lo que le esperaba.

Mientras caminaba a zancadas, solo una cosa estaba clara en su aturdida mente.

En el futuro inmediato, la vida de Sol dependía de ella. Y no pensaba decepcionarlo.