La joven de Santorini Capítulo 16 Carrie #2
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Capítulo 16 Carrie #2

El día siguiente amaneció tan soleado y glorioso como el anterior.

Carrie durmió profundamente hasta poco antes de las diez de la mañana, algo que no había hecho en años.

Al despertarse, sintió una gran trepidación, pero no conseguía deducir por qué.

Luego se acordó de que hoy Elena iba a juntarse con las ancianas de Vourvoulos con la esperanza de que revelaran el misterio del hermano desaparecido de su madre.

Quizá también recordaban a los hombres del SBS , e incluso habían conocido a Sol.

Nell seguía durmiendo, pero no había prisa, así que Carrie la dejó en paz.

Se preparó un café y salió a tomarlo al balcón, desde donde contempló la extensión de las colinas que bajaban hasta el mar, decoradas con pintorescos molinos blancos y pequeños huertos.

La luz del sol hacía brillar el agua turquesa de las piscinas que estaban repartidas de forma irregular por el paisaje como resplandecientes zafiros.

Mientras Carrie gozaba de las vistas, un rebaño de ovejas se adentró en los matorrales que crecían en el borde del pueblo, y el suave repicar de sus cencerros se entremezclaba con el zumbido intermitente de las abejas que rondaban el jazmín que crecía a lo largo de un jardín vecino.

El aire estaba impregnado del aroma intoxicador de las flores y Carrie cerró los ojos para disfrutar de los rayos de sol en su rostro.

Aunque había tanto en su vida que no funcionaba, tenía suerte de poder estar aquí disfrutando de la preciosa isla, trabajando en su libro y, con suerte, desentrañando un misterio familiar.

Se sobresaltó cuando Nell apareció de la nada bajo el umbral. Estaba haciendo una videollamada con el móvil.

—He cambiado de opinión —le contaba a su interlocutor—.

Esta isla tiene buenas vibras. Y la casa en la que nos quedamos, bueno, no es superlujosa, pero no está mal.

Estas son las vistas desde el balcón… —Mientras sujetaba el teléfono hacia el paisaje, se giró hacia Carrie para susurrar—: Estoy hablando con papá.

Por un breve instante, Carrie tuvo un miedo irracional de que Nell le pusiera el aparato en las narices y, entonces, se vería obligada a decirle algo agradable a Jack. Por suerte, Nell se retiró hacia el interior al cabo de unos minutos, esta vez charlando con su nueva amiga Amy.

Con un suspiro de alivio, Carrie apretó los puños y esperó a que su corazón dejara de latir a toda velocidad.

Era ridículo que Jack todavía surtiera aquel efecto en ella después de tantos años y que los recuerdos todavía se sintieran como puñaladas.

El mero hecho de pensar en él detonaba las mismas preguntas que causaban revuelo en su mente.

Lo había amado más de lo que era posible querer a alguien.

Cuando Jack entraba en la habitación, la hacía sentir completa, como si fuese su otra mitad, y creía que él sentía lo mismo.

Lo que había hecho la había dejado destrozada; pero no se trataba solo del hecho de que Jack no la había querido del mismo modo.

El problema era que se hubiera equivocado tanto, había cometido un espantoso error de cálculo.

Había malinterpretado las señales y lo que significaba su relación.

Por eso, Carrie sentía que nunca más podría confiar en alguien.

De forma casi subconsciente, también había llegado a la conclusión de que amar no valía la pena por el dolor y la posibilidad de ser herida.

Era mejor permanecer soltera, centrarse en su hija y no arriesgarse más.

Y así había sido durante los últimos dieciséis años.

—¿Mamá?

La voz de Nell sacó a Carrie de su espiral de pensamientos. Debía de haber terminado la llamada.

—Dime —respondió Carrie—. ¿Qué pasa?

Nell regresó al balcón y dedicó una sonrisa traviesa a su madre.

—Me he terminado el zumo que había en la nevera —explicó Nell—. ¿Querías tomar un poco?

Carrie sacudió la cabeza.

—No, el café me basta.

—Bien, no quería privarte de él.

Nell bostezó y se estiró. Su cuerpo adolescente todavía era ágil, suave y elegante como un gato.

—¿Has traído una lima? —preguntó mientras contemplaba sus uñas—. Necesito una.

Carrie señaló el baño.

—Mira en mi neceser —contestó, mirando su reloj.

Kris las recogería para ir a conocer a las ancianas. Xanthe no podía ir, pero con suerte estaría libre por la noche.

—En diez minutos llega Kris —le gritó a la silueta de Nell, que ya había desaparecido hacia el interior de la casa.

Le había ofrecido a su hija la opción de quedarse en la piscina con Amy pero, siempre dispuestas a llevar la contraria, ambas chicas habían dicho que querían acompañarla y Kris traería a Amy desde el hotel.

Después de que Carrie insistiera un buen rato a Nell en que se diera prisa, madre e hija bajaron por el pueblo hasta la carretera principal, ya que Kris no podía acercarse más con el coche.

Al llegar, Kris salió del vehículo de un salto, se dirigió a la puerta del copiloto y la abrió.

Nell se subió junto a Amy en el asiento trasero y las chicas se enfrascaron en una profunda conversación.

Kris se inclinó para darle a Carrie dos besos en cada mejilla.

Olía tan bien como siempre, y Carrie sintió un pequeño escalofrío de placer por su proximidad y la firmeza de sus manos sobre sus hombros.

Mientras conducía, Kris señaló los viñedos que rodeaban la carretera. Carrie se había percatado de la escasez de árboles silvestres en la isla y del hecho de que los viñedos crecían a nivel del suelo y no en parrales, como en Francia e Italia.

—Lo llaman «el kouloura de Santorini» —explicó Kris—. Las parras están entrelazadas y toman la forma de un gran cesto que reposa sobre el suelo volcánico. Protege las viñas mientras crecen y les ofrece refugio del viento, el sol y la falta de agua.

—Muy ingenioso —comentó Carrie—. Y el vino es delicioso.

La noche antes, habían probado una botella de vino de asyrtiko de Santorini tan delicioso que Carrie había sentido la tentación de beber más de la cuenta.

Posiblemente, aquel era el motivo por el cual había dormido hasta tan tarde.

Pero, si una no puede darse un capricho durante las vacaciones, ¿entonces, cuándo?

, había pensado al aceptar la tercera copa.

En casa, no podía permitirse tomar alcohol, y había olvidado lo bien que sentaba.

En uno de los viñedos, divisó a un grupo de turistas alrededor de un guía. Había leído mucho sobre las visitas enológicas que ofrecía la isla. Si algún día Nell estaba ocupada con Amy, quizá reservaría entradas para una. No entendía de vinos, así que tal vez había llegado la hora de aprender.