Capítulo 15 Vassia
Vassia
D espués de las incursiones del SBS , los aviones sobrevolaron Santorini durante todo el día.
Vassia sentía que se le removía el estómago al pensar que dos de los comandos habían perdido la vida y que al resto, incluido Sol, los perseguían como un águila dando caza a un ratón.
Por la tarde, Elias trajo más malas noticias.
Se había enterado por unos amigos de Imerovigli de que, tras el ataque a la emisora, trece aldeanos habían entrado en el dañado edificio con la intención de hacerse con los suministros que los alemanes guardaban allí.
Habían muerto por la explosión de las bombas de relojería que habían dejado los comandos.
Era una noticia terrible.
Vassia subió a la parte más alta del pueblo, se sentó en un muro y contempló el azul cerúleo del mar Egeo.
Era tan hermoso como siempre, sus tranquilas y plácidas aguas brillaban bajo el sol del mes de abril, y el verde volvía a la isla con el florecer de los viñedos.
Era difícil imaginar que la noche anterior habían tenido lugar aquellos horribles acontecimientos, la muerte y la carnicería.
Antes de la guerra, Vassia tenía planes.
No se trataba de nada espectacular, nada intrépido, pero, al fin y al cabo, eran planes: convertirse en profesora, como le había contado a Sol, o visitar algunas de las islas vecinas y ver cómo eran en comparación con su adorada Santorini.
Ahora, todo eso le parecía tan trivial, tan banal e irrelevante.
Lo único que le importaba, aparte de su familia y el recién nacido Adas, era Sol. Y no tenía ni idea de dónde estaba.
Al cabo de un rato, Vassia se marchó. Se dirigió a la iglesia, cuyas paredes acababan de ser pintadas para la nueva temporada.
En el interior, encendió una vela y murmuró algunas oraciones por todos los que habían fallecido.
Sobre todo, rezó por el inglés que había aparecido de la nada y la había cautivado desde el primer momento en que lo vio.
A la madrugada siguiente, al no conseguir dormirse, Vassia salió sigilosamente de la casa y bajó a la playa.
Avanzó hacia la cueva poco a poco y ansiosa porque, si los comandos seguían allí, el centinela la vería.
Vassia suponía que debían de estar intranquilos, con los nervios a flor de piel, y no quería que la confundieran con el enemigo.
Pero, a medida que se acercaba, se dio cuenta de que no quedaba nadie más a su alrededor.
Había traído una linterna para iluminar el camino y la encendió, protegiéndola lo mejor que pudo por si acaso las patrullas alemanas todavía andaban buscando a los hombres.
Se detuvo un momento y aguzó el oído para escuchar, pero no oyó ni el más mínimo ruido.
Con cautela, se arrastró hacia delante, cerca del saliente que le servía de refugio.
En la entrada de la cueva, hizo otra pausa, sosteniendo la linterna lo más lejos posible de su cuerpo y enfocando la luz hacia el interior.
Era evidente que no había nadie allí.
Todo lo que quedaba dentro eran latas vacías y colillas.
Se habían ido. Vassia esperaba sentirse aliviada al saber que estaban a salvo, lejos de esta isla donde habían causado tanta destrucción y donde los amenazaba la pena de muerte.
En lugar de eso, la invadió una profunda decepción, una apabullante sensación de desespero.
Al regresar a la playa, se dejó caer sobre la arena de guijarros y se puso a llorar.
De una forma vaga que no podía expresar con palabras, lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas había cambiado su vida.
La llegada del SBS y el hecho de que ella, la insignificante Vassia Kourakis, hubiera sido escogida para ayudarles, había ampliado inconmensurablemente los estrechos horizontes de su vida.
Los comandos habían traído la brisa fresca de otro mundo, en el cual la gente viajaba y hablaba muchos idiomas y hacía cosas heroicas como si fuera lo más normal del mundo.
Aunque había sido tan breve, el mero hecho de haber conocido a Sol había puesto patas arriba todo lo que Vassia había conocido hasta entonces.
Y ahora sus perspectivas se habían reducido de nuevo, volvían a ser las de antes, y esto la hacía sentir estancada.
Lloró y lloró por los comandos, por los sueños rotos y por Sol, porque no habían tenido la oportunidad de despedirse.
Vassia no estaba segura de cuánto tiempo había pasado cuando, de repente, se percató de que una silueta se acercaba a ella en la oscuridad.
Miró la linterna, que seguía brillando delante de ella.
Su nostalgia y su dolor desaparecieron en un instante.
¡Estúpida! ¿Por qué no la había apagado?
Al haber mirado fijamente la luz, sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad total que la rodeaba, y no tuvo tiempo de reconocer a la persona hasta que no la tuvo casi encima.
No era un soldado alemán.
Era Andreas.
—¿Qué demonios haces aquí? —espetó Vassia. El miedo la volvía agresiva—. ¡Menuda forma de acecharme!
Se secó los ojos rápidamente con el dorso de la mano y buscó un pañuelo en su bolsillo para sonarse la nariz. No quería que Andreas se diera cuenta de que había estado llorando.
—Podría preguntarte lo mismo —respondió su hermano.
A pesar del disgusto, Vassia se alegró de escuchar su viejo tono de sorna en su voz.
—Me has asustado —dijo ella—. ¿Cómo están Athena y Atlas? ¿Qué novedades tienes?
Andreas se permitió esbozar una leve sonrisa.
—Un poco mejor. El médico aún no sabe si le pasa algo en el corazón, pero ha dicho que ambos pueden volver a casa mañana. He ordenado toda la casa y la he dejado preparada para ellos.
—Qué alivio, gracias a Dios —suspiró Vassia. Luego frunció el ceño y volvió a mirar a Andreas enfadada—. Pero ¿por qué estás aquí, en la playa? Deberías estar descansando. No vas a poder dormir mucho con un recién nacido en casa.
Andreas se encogió de hombros.
—Lo sé. Pero no me importa. Para proteger a Adas, sería capaz de no volver a dormir nunca más.
Vassia asintió.
—Lo entiendo. Pero aun así, ¿qué estás haciendo?
—He venido a buscarte —respondió Andreas—. He ido a casa y he entrado en tu dormitorio. Al ver que no estabas, me he preocupado. Sientes las cosas con mucha intensidad, siempre lo he sabido. Quería asegurarme de que estabas bien.
El corazón de Vassia dio un vuelco. A pesar de que estaba muerto de preocupación por su propia familia, su querido hermano no había dejado de pensar en ella.
—Estoy bien —mintió—. Perfectamente.
Andreas escuchó su respuesta en silencio. Luego se sentó a su lado.
—No es tan sencillo, ¿verdad?
Andreas cogió un puñado de arena pedregosa y la dejó escurrir lentamente entre sus dedos. Vassia observó cómo caían las piedrecitas. Tenía los ojos irritados e hinchados de llorar. Se puso la cabeza entre las rodillas.
—No —contestó a través de la falda, que atenuaba su voz—. Para nada. —Levantó la cabeza otra vez y miró a Andreas a los ojos—: Pero tendrá que serlo, ¿no? Los comandos se han ido y nunca volverán, y nosotros debemos continuar con nuestras vidas.
Al decirlo, notó que nuevas lágrimas se acumulaban en el rabillo de sus ojos. Andreas se acercó a ella y la sujetó en un abrazo fraternal.
—Vamos, vamos —dijo—. Nos tienes a mí, a mamá y a papá. Y ahora también eres tía, y Atlas necesitará a su theia Vassia.
Vassia asintió, intentando esbozar una sonrisa.
Andreas le entregó un pañuelo para que se secara los ojos y se levantó, impulsándola a ella también.
Volvieron juntos al pueblo con paso fatigado.
Andreas dejó a su hermana sana y salva en su casa antes de dirigirse a la suya.
A regañadientes, Vassia se acostó y se durmió, pero fue un sueño irregular.
No estaba segura de cuánto tiempo había estado dormitando cuando un ruido la despertó.
¿Disparos? Escuchó el ruido de nuevo, una ráfaga de balas contra la ventana.
Aterrorizada, Vassia se refugió bajo la manta.
Durante un momento, se hizo el silencio, y luego se reanudó el estruendo.
Poco a poco, llegó a la conclusión de que no se trataba de balas, sino de gravilla que alguien lanzaba contra el cristal de su ventana.
Reuniendo todo su valor, salió de la cama y se acercó para mirar hacia el exterior.
Sus ojos otearon el patio, iluminado solo por la pálida luz del sol del amanecer.
Y, al ver la silueta, sus rodillas cedieron y el estupor sacudió todo su cuerpo.