Capítulo 14 Carrie
Carrie
L a enorme llave de hierro que sostenía Kris parecía demasiado medieval y rudimentaria como para caber en un cerrojo; tras meterla en el agujero y sacudirla un poco, consiguió abrir lentamente la puerta azul pálido.
Kris las había llevado al pueblo de Vourvoulos, asentado entre las colinas con vistas al mar.
Las condujo por estrechos callejones, pasaron cerca de una iglesia con múltiples cúpulas azules, cada una adornada por una sencilla cruz, y cruzaron la plaza mayor, donde la intensidad de la luz del sol que se reflejaba en las paredes estucadas dañaba los ojos de Carrie.
Dejaron atrás varias casas bajas y sus características puertas y contraventanas azules y sus pequeños jardines rebosantes de geranios de colores intensos, imponentes cactus y olivos decorativos en sus macetas.
Al cabo de un rato, llegaron al final de una calle peatonal, a la casa donde había vivido Vassia, la abuela de Kris.
Agachándose al pasar por debajo del dintel, Kris invitó a Carrie y a Nell a pasar.
No era muy diferente de la casita donde se alojaban, pero, en vez de ser evidente que estaba en uso y preparada para vivir en ella, esta olía a polvo y a humedad, el techo estaba decorado con telarañas que colgaban como piezas de encaje antiguas y desgastadas.
—Mi madre siempre dice que tiene intención de limpiarla y arreglarla para los turistas —dijo Kris mientras las seguía hacia el fresco interior de la vivienda.
Con tres personas dentro, daba la sensación de que era más estrecha—.
Pero todavía no ha podido. De todos modos, no hay aire acondicionado ni acceso para vehículos, o sea que tampoco sería la opción más atractiva para alquilar.
Creo que, en realidad, se le hace una montaña.
Aunque la yiayia Vassia era muy mayor cuando murió, mi madre todavía no lo ha procesado. Todos la queríamos mucho.
Carrie sonrió con empatía y estiró el brazo para darle unas breves palmaditas de consuelo a Kris.
—Lo siento —susurró—. Nunca es fácil perder a los padres o a los abuelos.
Kris asintió.
—Para ser sincero, no estoy muy seguro de qué buscamos aquí dentro. Me pareció que valía la pena echar un vistazo, pero quizá no sea una buena idea.
Miró a su alrededor con un aire un tanto desalentado los viejos y pesados muebles que se apiñaban en la pequeña estancia. De las paredes colgaban un par de cuadros torcidos. Luego, Kris se dirigió a la ventana y la abrió para dejar entrar los muy necesarios rayos de sol.
—Si no quieres estar aquí, podemos irnos —dijo Carrie apresuradamente—. Por mí no hay problema.
Y era cierto: se moría de ganas de ver si encontraba algo de utilidad en casa de Vassia, pero la decisión estaba en manos de Kris.
—No, no pasa nada —insistió él—. Vamos a echar un vistazo en aquel mueble —dijo, señalando un vetusto armario que se apoyaba contra la pared—. La abuela solía sacarle brillo hasta que podías ver tu reflejo en la superficie —añadió mientras él y Carrie se dirigían hacia allí—. Es una pena verlo así.
—Podemos pulirlo cuando terminemos, si te parece —sugirió Carrie—. Nell se encargará, ¿verdad, Nell?
Por respuesta, la chica, que llevaba los auriculares bien hundidos en los oídos, se limitó a arquear una ceja.
—¿Quieres ir a tomar algo mientras nosotros nos ocupamos de esto? —le preguntó Carrie—. Te daré dinero.
Esta vez Nell levantó la mirada.
—¡Noooo! —gritó, horrorizada—. No puedo ir sola a una cafetería, la gente pensará que soy una idiota.
Carrie se aguantó las ganas de reírse de la vergüenza de la juventud. ¿A qué edad se daba uno cuenta de que a la gente le interesa más su propio ombligo que lo que hagan los demás?
—Además —prosiguió Nell—, quiero ayudar. Ya sabes que me gusta la historia, voy a presentarme al examen de selectividad. Esto es historia, en plan de verdad. Es incluso mejor que todo el rollo ese de la Atlántida. Puede que no llegara a conocer a Sol, pero es mi familia y quiero involucrarme.
—¡Genial! —exclamó Carrie, un tanto sorprendida por el entusiasmo de su hija, y luego añadió—: Ahora que me acuerdo, ¿no querías hacer algunos dibujos para tu proyecto artístico?
¿Ya has empezado? Tanto hablar de Sol me hace pensar que el talento con el lápiz lo has heredado de él. De mí, seguro que no.
Nell puso los ojos en blanco.
—Sí, es probable —respondió—. Pero no creo que a Kris le interese mucho. Deberíamos empezar.
Medio en broma, Carrie le hizo un saludo militar con la mano derecha. Le hacía gracia que Nell, de repente, fuera quien daba las órdenes.
Kris también sonrió. Parecía que se había animado un poco, lo cual era positivo. Cuando Nell se ponía en modo encantadora, solía surgir ese efecto sobre los demás.
—Vale, pues yo empiezo por los cajones de la izquierda, y tú, por los de la derecha —instruyó Kris a Carrie.
—Y yo miraré por la cocina —intervino Nell—. La gente siempre guarda los documentos importantes en los cajones de la cocina porque así sabe dónde están.
Carrie intercambió una mirada con Kris, que le devolvió una sonrisa. La capacidad de los jóvenes para saberlo todo era divertida, cuando no se hacía irritante.
Carrie y Kris mantuvieron un silencio amistoso mientras hurgaban en los cajones del armario de Vassia.
Era un ejercicio algo fútil para Carrie, pues obviamente era incapaz de leer el griego escrito.
Pero era evidente que algunas cosas carecían de interés: manuales de instrucciones de una lámpara o del televisor, cartas del ayuntamiento y cosas así.
Pasaba cualquier cosa escrita a mano a Kris, y él lo ojeaba todo antes de dejarlo en una pila.
—Qué suerte que las generaciones anteriores se comunicaran por carta —musitó Carrie mientras trabajaban—. ¿Qué harán las generaciones venideras, si ahora todo son correos electrónicos inaccesibles o, peor, mensajes que desaparecen, como Snapchat?
Kris sacudió la cabeza.
—Lo sé. Supongo que será más difícil pero, por otro lado, quizá también menos. Actualmente, hay muchas publicaciones, como blogs o vlogs y cosas así, ¿no? Me imagino que, más que escasez de información, habrá un exceso.
—También es verdad.
Carrie se sentó en cuclillas para mirar un puñado de postales que había sacado de un cajón.
Las pasó de una en una, deteniéndose para estudiar las imágenes descoloridas que las adornaban: la Acrópolis y el Partenón, un burro con un sombrero y expresión de sufrimiento, y luego destinos más lejanos, como el Coliseo de Roma y la Torre Eiffel.
Los viajes y las vacaciones que habían marcado una vida ahora no eran más que notas al pie.
Una sensación de melancolía invadió a Carrie mientras le pasaba las postales a Kris para que las revisara. No había nada de interés para su búsqueda.
Al cabo de media hora ya habían vaciado todos los cajones y se preguntaban dónde buscar a continuación. En la cocina, Nell no hacía ningún ruido. Carrie sospechaba que se habría aburrido y habría empezado a mirar el móvil otra vez.
—Creo que deberíamos ir a tomar algo fresco —sugirió Kris—. Todo este polvo… se me ha pegado a la garganta.
Carrie sintió una punzada de culpa. Ella era la que había inducido todo esto.
—Por supuesto —asintió.
Se levantó demasiado rápido y se mareó, la cabeza le daba vueltas. Extendió la mano para mantener el equilibrio y la apoyó con más fuerza de la que pretendía en una mesita auxiliar, que se tambaleó y luego cayó al suelo.
—Lo siento —se disculpó Carrie, agachándose para recogerla. La parte superior parecía haberse desprendido de las patas—. ¡Oh, Dios mío! —exclamó al ver el resultado—. Lo siento mucho, la he roto.
Con el ceño fruncido, Kris cogió la mesa y la examinó.
—Creo que no está rota, sino que está diseñada para que se mueva. Mira, se abre por completo.
Extendió la mano al máximo, la puso encima de la mesa y ejerció una ligera presión. El mueble giró, primero lentamente y luego más rápido, hasta revelar un compartimento oculto en la parte inferior.
Dentro había un par de fotografías borrosas por el paso del tiempo, unas cuantas cositas blancas que Carrie supuso que serían piedras, y algunos papeles. Metió la mano, cogió una de las piedras, la examinó y, de repente, la dejó caer, sorprendida y asombrada.
—¡Es un cliente! —exclamó.
La naturaleza inesperada y ligeramente repugnante de su hallazgo la hizo reír. Kris, que también se había echado a reír, se agachó para recoger el diente.
—Sería de mi madre o de uno de mis tíos —dijo, examinándolo—. En Grecia, en aquella época, no existía la figura del hada de los dientes como en Estados Unidos y Gran Bretaña. Los niños tiraban los dientes que se les caían al tejado. Me imagino que la abuela Vassia debió de subir a recogerlos.
—¡Qué gracioso! —exclamó Carrie—. Yo guardé algunos de Nell por sentimentalidad, pero los encontré hace poco y me dieron un poco de asco, así que los tiré.
Apenas terminó la frase, se tapó la boca y miró ansiosa hacia la puerta, preocupada por si Nell había escuchado la confesión sobre el paradero de sus dientes de leche. Pero, por suerte, no había señales de Nell, solo el sonido de cajones abriéndose y cerrándose en la cocina.
—Te entiendo —rio Kris—. Me parece que no hace falta dejarlos en la pila de cosas para guardar.
Mientras hablaba, examinaba algunos papeles del compartimento. Los dejó en el suelo y cogió uno que estaba doblado hasta formar un pequeño cuadrado.
—Tengo una corazonada con este —dijo con un tono de voz repentinamente grave y serio—. Míralo tú, yo estoy demasiado nervioso.
Carrie asintió con la cabeza, extendió el brazo y cogió la hoja con cuidado. La desplegó y, al hacerlo, algo llamó su atención. Miró otra vez. No podía creerlo. Frunció el ceño y se acercó el papel al rostro para examinarlo más de cerca.
Tenía razón. Kris tenía razón. La carta llevaba la firma: Sol x .
—¡Kris! —gritó—. ¡Mira!
Kris cogió la hoja e inspeccionó la firma, luego leyó rápidamente el breve párrafo que la precedía.
—Está escrito en griego, así que debía de saber el idioma bastante bien —sugirió Carrie—. Lo único que está en inglés es su firma.
Kris sacudió la cabeza.
—Es griego, pero la tinta se ha desvanecido tanto que no consigo descifrar lo que dice.
—¿De verdad? ¿Nada? —preguntó Carrie, intentando disimular su decepción.
Kris analizó la carta más de cerca y la escudriñó con los ojos entrecerrados un rato más.
—Aquí habla de recordar algo… Quizá dice que la recordará. Pero está demasiado borrado para afirmarlo con total seguridad —concluyó con un suspiro.
—Oh, no —gimió Carrie—. Qué decepción. Pero esto demuestra que tuvieron algún tipo de relación, ¿no? Y nos da una imagen un poco más clara de lo que pasó. ¿Vassia había hablado alguna vez de Sol? ¿Sabe tu madre algo de él?
Kris se pasó una mano por su pelo casi rapado.
—No, mi madre seguro que no. Se lo pregunté anoche, no tenía ni idea.
Se quedaron un rato en silencio, Carrie apoyada contra la fría pared de piedra, y Kris, arrodillado en el suelo al lado de la mesita.
—Debía de tener mucho valor sentimental para ella si la guardó tanto tiempo —insistió Carrie, como si intentase convencerse a sí misma de que habían encontrado un tesoro.
—Sí, supongo —asintió Kris, que volvió a mirar la carta—. ¡Espera! Aquí hay algunas palabras que sí consigo leer. Fe, esperanza… y amor, creo. ¿Qué crees que significa?
En aquel momento, Nell entró bruscamente en la estancia.
—¡Mirad! —exclamó, emocionada, casi un eco de la reacción de Carrie momentos antes—. He encontrado esta foto de una mujer idéntica a la chica del retrato y un tío. ¿Creéis que son Vassia y Sol? Mira, Kris, hay algo escrito en el reverso.
Kris cogió la foto y la examinó bajo la tenue luz. Frunció el ceño y luego se acercó a la ventana para verla mejor.
—No es Sol —dijo finalmente, devolviéndole la foto a Carrie—. Dice «Yo con mi hermano Andreas, 1943». Lo cual es muy extraño.
—¿Por qué? —preguntó ella, que no entendía qué había de raro en la foto de un par de hermanos.
—Mi abuela Vassia me crio —prosiguió Kris—. Siempre estaba aquí, dándonos amor y cuidados y koulourakia . Pero nunca había oído hablar de este tal Andreas. La yiayia nunca lo mencionó. Y mi madre, tampoco.
Sacudió la cabeza y tomó la foto de las manos de Carrie.
—¿Cómo es posible que ni yo ni, que yo sepa, nadie tuviera ni idea de que la abuela tenía un hermano?