Capítulo 13 Vassia
Vassia
L a explosión que rasgó el aire fue apocalíptica.
Su estruendo resonó en los edificios circundantes.
Al ruido lo acompañó un cegador resplandor rojo que tiñó bruscamente el cielo nocturno de un tono bermellón e iluminó los rostros de los acompañantes nazis de Vassia, haciéndolos parecer malvados, vampíricos.
Las piernas de la joven temblaban por la vibración que recorría el suelo bajo sus pies o por el terror que se había apoderado de su alma.
La emisora de radio de Imerovigli. Las bombas debían de haber explotado.
— Mein Gott!
Los alemanes se detuvieron bruscamente y se miraron un instante, como si no supieran qué hacer o cómo reaccionar. Y entonces empezaron a gritar palabras que Vassia no entendía, pero percibía que estaban cargadas de ira, confusión y venganza.
Por un momento, los soldados parecieron olvidar su presencia y, de repente, uno de ellos se volvió hacia ella.
—Vuelve a casa —le ordenó—. No vayas a casa del médico. Vete de Fira.
Y, sin más, los soldados se marcharon a toda velocidad por la estrecha calle, dejando a Vassia sola, presa del pánico, con el corazón latiendo a toda velocidad y la respiración irregular.
Y entonces oyó el ruido de varios pares de pies corriendo y más gritos en alemán, y se dio cuenta de que estaba rodeada de tropas y que volver a casa era la única cosa sensata que podía hacer.
Aunque estuviera desesperada por ver a su hermano y a su cuñada, quienes, con suerte, ya tendrían a su bebé a salvo entre sus brazos, sería una locura ignorar las órdenes explícitas de un nazi.
Con el pulso acelerado, se escabulló de Fira de vuelta a casa, escondiéndose en portales, agachándose tras los muros cuando temía que el enemigo se aproximaba y tomando el camino que consideraba más seguro, aunque no fuera el más rápido.
A ese ritmo, tardó casi una hora en regresar a Vourvoulos y, cuando finalmente llegó a su casa, encontró a su padre despierto y deambulando.
Su madre estaba en la cocina, se distraía haciendo pan.
—¡Vassia! ¡Oh, gracias a Dios, gracias a Dios que has vuelto!
Thalia se abalanzó hacia su hija y la abrazó con las manos llenas de harina. Ianos se sentó con gesto pesado en una silla y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Qué ha pasado, hija? —preguntó su padre cuando se hubo tranquilizado lo suficiente para hablar—. ¿Sabes cómo ha ido?
Vassia suspiró.
—No —contestó—. He oído mucho ruido que venía de los barracones, así que está claro que ha habido una lucha.
Estoy segura de que han llegado a la emisora de radio, hemos visto y oído la explosión.
Ha sido descomunal. Pero Schwarz… no estaba en casa.
Y no tengo ni idea de qué ha pasado con los hombres del SBS , si han sobrevivido o no.
Por el miedo y la preocupación, parecía que Ianos no se había percatado de que Vassia había mencionado a Schwarz ni de por qué sabía de él, y, viendo que estaba al borde de un ataque al corazón, Vassia prefirió no contárselo y provocárselo de verdad.
—Quería ir a casa del médico —se aventuró, aunque no estaba segura de si aquello aplacaría la ira de su padre—. Pero luego me di cuenta de que era demasiado peligroso.
Thalia emitió un largo y profundo quejido.
—El bebé —se lamentó—, el bebé. ¿Cuándo sabremos algo de la pobre criatura?
Cogió la masa que había convertido en una bola, la lanzó sobre la encimera de madera y empezó a golpearla como si la vida le fuera en ello.
Vassia supuso que era una buena forma de lidiar con el estrés, pero en aquel momento sentía que apenas tenía fuerzas para levantar una pluma.
Al cabo de un rato, se acordó de Pollito . Debería ir a ver cómo estaba.
Juntando la poca energía que le quedaba, logró levantarse y fue a echarle un vistazo.
El polluelo estaba tan quieto en su caja que, por un instante, Vassia pensó que estaba muerto.
Pero, al acariciarle la cabeza suavemente con el dedo, se despertó y empezó a piar.
A pesar de todo, Vassia sonrió. Le ofreció un poco de agua y, en las horas oscuras que preceden al alba, salió con una linterna a cazar insectos.
Recordó el profundo interés que había mostrado Sol cuando le había hablado del animalito y su esperanza de que el pobre Pollito sobreviviera.
Le daba la sensación de que aquella charla había tenido lugar cien años atrás.
Una vez alimentado el pájaro, Vassia tomó la decisión de devolvérselo a Nico.
Había llegado la hora. Estaba bastante segura de que Pollito iba a salir adelante y Nico debería poder enorgullecerse por haber desempeñado un papel fundamental.
Se lo llevaría a casa al día siguiente. Se tumbó en la cama y durmió un rato, agotada por los acontecimientos del día y la noche anteriores.
Al cabo de poco, justo cuando empezaba a salir el sol, la despertó el olor a quemado.
Salió de la cama de un salto y se dirigió a la cocina, donde encontró el pan de Thalia todavía dentro del horno.
Era una muestra de lo estresados que estaban todos.
Su madre se había dejado el pan dentro del horno por primera vez en su vida.
Vassia estaba en pleno proceso de cortar las partes quemadas cuando unos golpes en la puerta la interrumpieron.
Era Kostas. Tenía el pelo revuelto, el rostro sucio y los ojos hundidos por la fatiga.
Vassia recordó la colosal explosión, el cielo envuelto en llamas rojizas, y tuvo un escalofrío.
Invitó a Kostas a sentarse y le ofreció un vaso de agua, luego fue a despertar a su padre.
También su madre se levantó y bajó a la cocina para atiborrar a Kostas de pan untado de miel.
—Necesitas azúcar —le explicó mientras iba de un lado a otro, como había hecho cuando su vecino era un mocoso de cinco años—. Es bueno para…
Se cortó, no sabía cuál era la palabra adecuada. «Susto» no parecía lo más adecuado para los acontecimientos que habían irrumpido en la noche de la tranquila y silenciosa isla de Santorini.
Al cabo de unos minutos, Kostas, que seguía pálido y alterado, se limpió la boca con el reverso de la mano y empezó a hablar:
—La patrulla Z completó su misión con éxito —dijo—.
Han destruido la emisora de radio. He oído que ha habido al menos veinte muertos en los barracones y muchos más heridos, pero los nazis ya están intentando tapar lo que ha sucedido en realidad para guardar las apariencias. Dos de los comandos también han muerto.
Al oír aquello, Vassia dio un grito ahogado. El horror le recorrió el cuerpo. Pero no se trataba de Sol, se dijo a sí misma para tranquilizarse. No estaba en aquella guarnición. No podía ser él.
—¿Han hecho prisionero a alguien? —preguntó con tono vacilante. En parte quería saber la respuesta, y en parte, no.
—Os he contado todo lo que sé —respondió Kostas con desolación en la voz—. No hay más.
Parecía que empezaba a darse cuenta de verdad del peligro mortal que había corrido. Luego se fue, alegando que necesitaba dormir. Vassia se preguntó si estaría listo para ir a llevar provisiones al SBS .
Thalia y Ianos volvieron a su habitación para vestirse bien.
Se habían puesto lo primero que habían encontrado al llegar Kostas.
Vassia recogió el plato y el vaso que había usado su vecino y los llevó al fregadero para lavarlos.
Antes de alcanzarlo, la puerta de la cocina se abrió de golpe y otro joven se quedó parado bajo el umbral.
Esta vez era su hermano.
—Ya está aquí el bebé —anunció Andreas con la voz entrecortada por la emoción—. Es un niño. Lo hemos llamado Adas.
El alivio hizo que Vassia sintiera sus piernas desfallecer. Se apoyó en el fregadero para recuperar el equilibrio.
—Gracias a Dios —susurró.
Andreas gritó:
—¡Padre! ¡Madre!
Y los padres de los hermanos llegaron corriendo. Una vez sentados, Andreas repitió la noticia. Thalia empezó a llorar de inmediato, eran lágrimas de dicha.
—¿Y todo ha ido bien? —preguntó Vassia en voz baja—. ¿Cómo se encuentra Athena? ¿Cuándo volverán a casa? Andreas sacudió la cabeza. Su entusiasmo de hacía un momento se empezó a desvanecer.
—El médico ha tenido que usar los fórceps para sacarlo. Athena está bastante mal. Y Atlas… Bueno, el médico cree que le pasa algo en el corazón.
Después de la esperanza llegaba el mazazo de la catástrofe.
Vassia tenía la sensación de que era el fin del mundo, de que todo a su alrededor estaba colapsando.
No, era imposible. Su corazón. No, por favor, eso no.
De todos los órganos vitales, este era el único sin el cual nadie podía vivir.
Sus ojos se dirigieron involuntariamente hacia su padre.
También su corazón fallaba, y mira lo mal que estaba, por mucho que intentase ocultarlo.
Se suponía que los bebés tenían el corazón fuerte, los pulmones fuertes, los riñones fuertes, todas las partes del cuerpo fuertes.
—Oh, no —murmuró con poco acierto—. No, no. No puede ser. ¿Está del todo seguro el doctor? ¿Qué te ha dicho?
Andreas se pasó las manos por el pelo y luego las extendió en un gesto de desesperación.
—No mucho. Solo lo ha auscultado con el estetoscopio y ha dicho que debía dejarlo en observación. Es posible que Atlas necesite cirugía, pero es una operación que no se puede hacer aquí. Tendríamos que ir a Atenas, y no es seguro que esté lo bastante fuerte para realizar el viaje.
El llanto de Thalia se intensificó. Excepto por sus sollozos, se había quedado muda, como si hubiera perdido la capacidad de hablar.
—Vuelve a Fira —ordenó Ianos con firmeza y autoridad—. Vuelve al lado de tu mujer y de tu hijo. Te necesitan.
Andreas asintió. Vassia adivinó su expresión afligida y sintió una gran compasión por él. Le entregaría su propio corazón al pequeño Atlas si pudiera, si con aquello pudiera salvarlo.
Ianos salió sin decir a dónde, pero Vassia tenía la certeza de que había ido a consultar a los demás sabios del pueblo. Thalia se llevó sus labores al patio pero las agujas no se movían, las terribles noticias de Kostas y de Andreas habían silenciado su suave cliclac habitual.
Vassia intentó entretenerse con tareas domésticas, siempre había ropa para limpiar y había que limpiar el suelo de la cocina.
Mientras frotaba de rodillas con un cepillo de cerdas gruesas, su mente no dejaba de repasar los acontecimientos de la noche: su trayecto hasta Fira en la oscuridad para dejar a los hombres a su suerte, su terrible encuentro con Schwarz, la desesperada ansia por el pequeño Adas…
¿Qué le habría pasado a Sol? ¿Había logrado escapar?
Y, en caso de que así fuera, ¿dónde estaba ahora?
¿Estaría alejándose cada vez más del peligro, y de Vassia, a toda velocidad en una goleta de velas blancas?
¿Lo habían capturado? Si fuera el caso, Vassia no quería ni pensar en lo que le estarían haciendo.
Buscando desesperadamente cualquier distracción, se dirigió al huerto de la familia.
No había estado desde el santo de Ianos.
Había que regar los nuevos brotes y arrancar las malas hierbas.
Al principio, mientras estaba agachada entre las tomateras, el sonido recordaba el suave zumbido de una abeja.
Pero, a medida que aumentaba de volumen, se dio cuenta de que no se trataba de un insecto.
Se incorporó y, protegiéndose los ojos del sol con la mano, levantó la vista hacia el azul del cielo sin nubes.
Un avión de reconocimiento Ju 88 alemán volaba a poca altura, cruzando lentamente a lo ancho de la isla.
Luego, realizó un diestro giro por encima del mar y regresó.
Vassia contempló cómo se acercaba cada vez más.
El rugido ensordecedor de los motores dominaba el aire.
Volaba tan bajo que Vassia pensó que, si levantaba la mano, podría tocarlo.
Estaba tan cerca que sintió los ojos del piloto clavados en ella, escrutándola.
¿Era capaz de detectar su culpabilidad en su expresión corporal, de leerle la mente y descubrir de qué forma había estado involucrada en los eventos de la noche?
Vassia se sacudió violentamente. Muy lejos, al otro lado de la isla, divisó otros puntitos negros que surcaban los cielos.
Más aviones.
Más inspecciones.
Los alemanes buscaban a sus atacantes. Querían venganza y Vassia sabía que no cesarían hasta conseguirlo. Si Sol y los demás seguían ahí fuera, era cuestión de tiempo hasta que los encontrasen. Y, entonces, solo Dios sabía qué les deparaba el destino.