La joven de Santorini Capítulo 12 Carrie #2
32%

Capítulo 12 Carrie #2

Cuando Carrie finalmente llegó a la cima, el asentamiento de Manolas le pareció encantador, el esfuerzo de subir había merecido la pena.

Era un revoltijo de casas antiguas agrupadas a lo largo de calles empedradas, encaramadas en un acantilado sobre el mar y con unas vistas espectaculares hacia Santorini.

La isla principal, con todo su ajetreo y bullicio, parecía otro mundo al lado de ese tranquilo lugar.

Carrie era prácticamente la única turista.

Pasó por delante de una pequeña y preciosa iglesia con el emblemático y familiar techo de cúpula azul realzado con toques de rojo y ámbar.

En el corazón del pueblo se encontraba el centro comercial, formado por un par de colmados antiguos y una cafetería cuyas mesas de madera adornadas con macetas de hierbas aromáticas esperaban a los clientes.

Mientras paseaba sin rumbo, Carrie se imaginó cómo sería vivir allí, en esa diminuta isla con menos de trescientos habitantes.

La vida sería mucho más simple, se levantaría con el sol y se acostaría con el sol, sin el estrés ni las complicaciones de su día a día en el Reino Unido.

Era un pensamiento absurdo, lo sabía, y seguramente en Grecia había tantas cosas de qué preocuparse como en el Reino Unido, pero, de algún modo, la luz del sol y la belleza con olor a hierbas aromáticas lo atenuaba todo.

Carrie también pensó en Sol y en cómo habría sido su experiencia en Santorini.

Qué diferente debía de ser la isla en tiempos de guerra, sobre todo cuando tu misión es matar y destruir, cuando alcanzar tus objetivos es esencial para restablecer la paz en el mundo.

A través de un prisma como aquel, todo estaba distorsionado.

Aun así, Sol había tenido tiempo de retratar a la mujer misteriosa y hacerlo desde lo que, visto desde fuera, claramente era una mirada enamorada.

¿Qué había sucedido exactamente entre él y aquella joven tantos años atrás?

Carrie se moría de ganas por descubrirlo.

Mientras paseaba, le vinieron a la cabeza más recuerdos de Sol.

Cuando Carrie era muy pequeña, su tío abuelo había tenido un enorme y greñudo perro de montaña de los Pirineos llamado Nevado .

Carrie y su hermana Jenny lo adoraban y competían por ser su «prima» favorita y se peleaban por sujetarle la correa cuando lo sacaban a pasear por el campo de Wiltshire.

En una ocasión, un pequeño grupo de ciervos salvajes se les cruzó a saltos por el camino de forma inesperada.

Cuando Nevado salió corriendo detrás de los animales, Carrie había intentado agarrarse desesperadamente a la correa, como le había enseñado Sol.

Recordaba claramente cómo el perro la había arrastrado, lo rápido que habían corrido sus piernas y le había latido el corazón.

Finalmente, incapaz de seguirle el ritmo, había soltado la correa y se había caído de bruces al suelo.

Sol la alcanzó y la encontró hecha un mar de lágrimas, no por las rodillas peladas sino por su incapacidad de seguir sus instrucciones.

—No pasa nada —la había consolado su tío abuelo, dándole un gran abrazo—. Lo has hecho lo mejor que has podido, he visto lo valiente y fuerte que eres.

Rebuscó en su bolsillo, se sacó un toffee envuelto en celofán rosa y algo chafado, y lo puso en la mano de Carrie como un premio de consolación secreto, pues Harriet no estaba de acuerdo con que sus hijas comieran dulces.

No fue hasta que reapareció Nevado , posiblemente tras darse cuenta de que cazar ciervos no era lo suyo, que Carrie desenvolvió su botín a escondidas y se lo metió en la boca.

Todavía recordaba el delicioso y empalagoso sabor de aquel caramelo ilícito, cómo se le había pegado a los dientes, cómo había intentado lamerlo poco a poco para que le durase todo el camino de vuelta a casa.

Aquella noche, Carrie había cepillado el pelaje de Nevado mientras este dormitaba frente a la chimenea, y luego había escrito una historia en la que el perro se enzarzaba en una épica lucha para salvar a su rebaño de un lobo.

Al fin y al cabo, bien podría haber sido una fiel descripción de la vida de Nevado si hubiera sido un perro de trabajo en las montañas francesas en lugar de una mascota algo mimada en un condado cercano a Londres.

Sol le había pedido leer la historia y, de mala gana, Carrie había accedido.

Esperaba que su tío abuelo no la encontrara infantil y estúpida, pero, contra todo pronóstico, él la había felicitado por lo buena que era.

Tratándose de Sol, Carrie confiaba ciegamente en él y se atrevió a creerle.

Animada por sus elogios, había presentado la historia a un concurso de escritura organizado por el periódico local y había ganado el primer premio.

Quizá fue entonces, gracias a Sol, a Nevado y a ese maravilloso trozo de tofe pegajoso, cuando le picó el gusanillo de la escritura.

Le debía mucho a Sol. No solo le estaba agradecida por todos los maravillosos recuerdos y el dinero que le había permitido comprar su casa, ahora amenazada, sino también por su carrera como escritora.

Si era capaz de componer algo tan bueno como la historia de Nevado , quizá lograría salvar su hogar.