La joven de Santorini Capítulo 12 Carrie
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Capítulo 12 Carrie

Carrie

C uando Xanthe regresó a la mesa, Carrie la recibió con la mirada abatida.

—¿Dónde está Kris? —preguntó Xanthe, como era de esperar.

Carrie sacudió la cabeza.

—No lo sé. Le he mostrado el cuaderno de dibujo de Sol y de repente tenía un comportamiento extraño, se ha levantado y se ha ido sin siquiera decir adiós.

Con el ceño fruncido, Xanthe cogió el bloc y lo hojeó.

—Qué raro —dijo finalmente, tan perpleja como Carrie.

—Un poco —asintió Carrie—. Y ahora me siento fatal. Acabábamos de reconectar después de todo este tiempo y parece que ya he hecho algo que le ha molestado.

Por supuesto, no mencionó todo lo demás que había sentido, aquel curioso e infrecuente zumbido persistente e inesperado en el estómago que la había acompañado durante todo el encuentro, la irritación y la decepción sorda y persistente por haber incomodado o agobiado a Kris de alguna forma.

Xanthe hizo un gesto con la mano para indicar que no se preocupase.

—No, no creo que sea por ti —consoló a su amiga—.

¿Por qué iba a estar molesto contigo? Seguramente será otra cosa, tal vez ha habido algún problema en el hotel y se ha tenido que ir pitando.

Ya sabes cómo son algunos huéspedes, según tengo entendido hay gente que exige cosas imposibles y nunca está satisfecha.

Carrie esbozó una débil sonrisa.

—Si ha sido cosa del hotel, entonces Kris tiene telepatía —argumentó—, porque nadie ha hablado con él ni le ha llamado o escrito un mensaje, que yo sepa.

—Igualmente, creo que no deberías preocuparte. —Xanthe alargó la mano para dar unas palmadas de ánimo a Carrie—. Te prometo que no es nada.

Luego, se giró para contemplar cómo brillaba el agua de la piscina ondeando bajo el sol de media tarde. Con una expresión de disculpa, añadió:

—¿Te apetece un baño antes de irnos? Siento no poder estar con vosotras ni esta noche ni mañana. Pensaba que haríais algo con Kris…

—Oh, no pasa nada —respondió Carrie rápidamente. No quería ser una carga para Xanthe ni que su amiga pensase que estaban indefensas o que necesitaban inputs constantes—. Nell y yo nos las apañamos solas.

—¿Sabes qué podríais hacer mañana? —dijo Xanthe, su rostro se iluminó por la revelación repentina—. ¡Un viaje en barco a la isla volcánica, las aguas termales y Therasia! Decidido, os voy a reservar los pasajes en la web.

Mi amigo Dimitrios es el propietario y capitán del barco, nos hará un buen descuento.

—Bueno —intervino Carrie—. Suena bien. Solo si no es una molestia…

—¡Para nada! —contestó Xanthe, que ya estaba escribiendo algo en el móvil—. ¿Cuál era tu correo electrónico? Te reenvío la confirmación y puedes pagar en efectivo cuando os subáis al barco.

Al día siguiente, Carrie y Nell se levantaron temprano para emprender el viaje.

Como ya hacía calor, una vez en Fira tomaron el funicular hasta el puerto en lugar de subir los 588 escalones que también conducen a la ciudad.

Al llegar, vieron que el muelle estaba abarrotado de turistas que subían a todo tipo de embarcaciones, desde barcos tradicionales de madera hasta modernos catamaranes.

Dos cruceros estaban anclados en la bahía y las lanchas iban y venían sin cesar, descargando aún más gente aquella zona tan pequeña.

El ruido y el gentío eran abrumadores, y encontrar el barco correcto sin perder de vista a Nell suponía todo un reto, pero al final consiguieron subir a bordo sanas y salvas.

Carrie miró hacia el puerto, detrás del cual se alzaban los solemnes acantilados, coronados por un mosaico de casas estucadas como el glaseado de un pastel.

El camino escalonado atravesaba los acantilados como un amplio y extravagante zigzag, y Carrie pensó en cómo, en el pasado, las mercancías importadas o exportadas no habían tenido otra opción que subir y bajar por aquella complicada ruta.

Dirigió su atención a las palabras de bienvenida del capitán Dimitrios y luego miró a Nell para ver si estaba escuchando.

Para sorpresa de Carrie, la chica no solo atendía a la explicación a medias, sino que mostraba verdadero interés.

Desde la visita al museo del día anterior, sentía curiosidad genuina por el mito de la Atlántida perdida y absorbía con entusiasmo cualquier información o dato sobre el tema que se le pusiera por delante.

Además, había empezado a hacer preguntas sobre Sol y el SBS , incluso le había dicho a Carrie que la historia «estaba guay».

Sin embargo, Carrie no conseguía dejar de preocuparse por Kris.

Después de su partida la noche anterior, le había hecho llegar un mensaje a través de un camarero para decirle que, cuando quisieran volver a casa, les llamaría un taxi, pero Carrie no había querido abusar más de su generosidad y, en lugar de eso, habían tomado el autobús.

Le había encantado la idea de que Kris podría aportar sus conocimientos locales para desentrañar el misterio de Sol y el SBS .

Pero, pensó con un suspiro, ahora ya no contaba con esa posibilidad.

Estaba claro que Kris no quería involucrarse en su investigación; lo había dejado muy claro con sus acciones, si no con sus palabras.

Algo así habría sido un duro golpe para los planes de Carrie independientemente de quién hubiera sido el guía, pero el hecho de que fuera Kris resultaba todavía más doloroso.

Trató de apartar aquellos pensamientos concentrándose en el viaje en barco.

Las paredes verticales de la caldera eran impresionantes por su altura, era fácil imaginar la enorme fuerza del volcán que las había formado.

A Carrie le hubiera encantado recorrer el sendero de Fira a Oia, el cual, al parecer, ofrecía unas vistas espectaculares, pero sabía que a Nell no le gustaría.

Lo ideal habría sido dejar a Nell instalada en la piscina de Kris para que Carrie pudiera hacer la excursión sola, pero no importaba.

Si no lo conseguía, tampoco sería el fin del mundo.

Dimitrios proseguía con su explicación, acompañando sus palabras con gestos con las manos.

—Estos acantilados tienen trescientos metros de altura —explicó—.

Y, por debajo del mar, llegan a los cuatrocientos metros de profundidad.

Muchas de las casas que ven ahí arriba están construidas directamente en el acantilado.

Históricamente, esto servía a los isleños para protegerse del calor del verano y los fríos vientos del invierno.

Al otro lado de la isla también hay cuevas a lo largo de la costa.

Al oír aquello, Carrie sintió un cosquilleo en el oído.

Había leído que, tras desembarcar en la isla, los hombres del SBS se habían refugiado en una cueva hasta el inicio de su incursión.

Decidió que esa tarde preguntaría si era posible llegar en autobús.

Si no, quizá podría ajustar su presupuesto para alquilar un coche y abordar más distancia.

Su plan original había sido ir a la oficina de turismo para encontrar a algún guía que tuviera detalles sobre la Segunda Guerra Mundial. Podría retomar esa idea.

A pesar de su decepción con Kris y su desconcierto por no saber qué había hecho mal, fue un día maravilloso.

Carrie levantó la cabeza para que los rayos de sol bañasen su piel y la suave brisa hiciera ondear su pelo.

El clima y la belleza de la isla resultaron ser justo el tónico que necesitaba, algo que le permitía olvidar temporalmente lo mundana que era su vida y el lúgubre verano que estaban pasando una vez más en casa.

Incluso había aparcado sus temores por los problemas de dinero y por la hipoteca.

Se había prometido a sí misma que disfrutaría al máximo las vacaciones mientras durasen, pues eran una ocasión poco habitual para pasar un buen tiempo con Nell y restablecer su relación tras el estrés de los exámenes y sus choques por el mal comportamiento de su hija.

Visitaron las aguas termales y los restos del volcán, y luego el barco las llevó a Therasia, la otra isla habitada del archipiélago de Santorini.

Como siempre, Carrie había preparado un pícnic para ahorrar dinero en el almuerzo, y ella y Nell se lo comieron en la playa de guijarros.

Luego, Carrie decidió dejar a Nell tomando el sol mientras ella subía andando a la ciudad de Manolas, en la cima de una colina.

—¡Taxi! —le gritó un anciano con el rostro curtido por el sol al pasar por su lado.

Sorprendida, Carrie miró a su alrededor.

No había visto ningún coche, y el empinado camino que serpenteaba por la ladera de la colina claramente no era transitable.

Al ver su confusión, el anciano señaló un cobertizo improvisado debajo del cual esperaba pacientemente una fila de burros que movía las orejas y espantaba las moscas con la cola.

Carrie se echó a reír. Así que eso era un taxi al estilo de Therasia.

¡Toma esa, Uber! Se detuvo para acariciar al animal más cercano, pero rechazó la oferta.

Podía caminar perfectamente y, aunque los burros parecían felices y sanos, le preocupaba que estuvieran agobiados por llevar a turistas pesados por una colina tan empinada con aquel calor.

Había leído que, en la antigüedad, a las bestias de carga recalcitrantes de otras partes de Grecia se las amenazaba con enviarlas a Santorini si no se comportaban.

Al pensar en este camino y en el que iba del puerto a Fira, Carrie entendía por qué.

Carrie comenzó a subir, deteniéndose de vez en cuando para contemplar el mar mientras recuperaba el aliento.

Yates de velas blancas cruzaban las profundas aguas de la caldera, ágiles y rápidos como fuegos artificiales.

Un ferri rodeaba el cabo, dejando a su paso profundos surcos de espumosas olas blancas.