Capítulo 11 Vassia #2
Vassia no conocía la palabra en inglés, pero entendió perfectamente el significado.
Los hombres estaban listos, sus armas a punto para disparar, pero Vassia seguía paralizada, sin poder reaccionar.
Sol se puso a su lado.
—Ha llegado la hora —dijo, sin más.
Y entonces, cuando Vassia finalmente hubo recuperado el control de su cuerpo y estaba a punto de partir, Sol la rodeó con el brazo y se inclinó hacia ella. Sus labios se rozaron en un suave beso, y luego él la apartó con delicadeza, hacia el callejón por el que habían venido.
Vassia estuvo a punto de desmayarse por la sorpresa y el pánico y el miedo y el deseo, pero, a pesar de estar aturdida y sobrepasada, consiguió poner un pie delante del otro con paso vacilante y atropellado.
Caminó y caminó por las calles y callejuelas desiertas, pasando por delante de escaparates tapiados con madera y de casas con las contraventanas bien cerradas.
Estaba oscuro, una nube ocultaba la pálida luz de la luna de unas horas atrás y Vassia tenía que ir casi a tientas para orientarse por el suelo de piedra desgastada.
«Iré a casa del médico», decidió. Le resultaba imposible imaginarse volver a casa sin noticias del bebé. O de Sol.
Por todo el pueblo resonaban las esporádicas ráfagas de las ametralladoras, Vassia percibió el olor de la cordita y el humo de algo que se quemaba. Era tan leve y difícil de discernir como el azufre del antiguo volcán en la isla de Nea Kamemi, pero no había duda de que impregnaba el ambiente.
Las náuseas le revolvieron el estómago y notó cómo le subía la bilis por la garganta.
Estaba segura de que iba a vomitar. Se detuvo y apoyó una mano en la fría pared de un edificio para sujetarse y recuperar el equilibrio.
Y fue en aquella posición, inconsciente de lo que pasaba a su alrededor, cuando los oyó.
Los pasos de por lo menos dos o tres personas. Pisadas a un ritmo regular que resonaban por el suelo empedrado de la calle. ¿Qué tipo de calzado podía causar tal estruendo? Botas. Las botas pulidas de nazis de alto rango.
Presa del pánico, Vassia se quedó bloqueada por segunda vez aquella noche.
Los pasos se aproximaban. Vassia recuperó el sentido.
Se agachó para quitarse un zapato, lo puso bocabajo y se lo volvió a poner con la esperanza de que la pantomima de sacar una piedrecita del calzado fuera lo bastante convincente.
Luego, se obligó a enderezarse y encararse con quien fuera que se acercaba.
En la oscuridad, no conseguía distinguir los rostros de aquellos hombres, pero en cuanto los reconoció al cabo de unos segundos, le dio un vuelco el corazón y notó cómo se le empapaban de sudor la frente y las axilas.
—Bueno, bueno, bueno. —Parecía que la situación divertía al teniente Schwarz, cuyo tono era más propio de alguien que había dado con algo bastante peculiar y, a la vez, entretenido—. La conozco de algo, señorita, ¿no es así?
A Vassia le temblaban tanto las manos que se las escondió detrás de la espalda.
Esto era lo peor que le podía haber sucedido por tantas razones que apenas podía procesarlas, pero sobre todo porque, si Schwarz estaba allí, significaba que no estaba en casa.
Lo cual comportaba el inevitable fracaso de la misión de Sol.
—N-n-no lo sé —tartamudeó Vassia, incapaz de mantener firme la voz—. A veces trabajo en el restaurante de Loucas. Puede que me haya visto allí.
Schwarz sonrió, una sonrisa frígida que no transmitía ni una pizca de calidez, humanidad o compasión.
—Ah, sí —respondió—. Será eso. Es usted la hermana de aquel camarero apuesto, ¿verdad?
Su voz sonaba rara, arrastraba las palabras. Vassia se dio cuenta de que debía estar borracho. Desvió la mirada a los compañeros del alemán. ¿También estaban ebrios? ¿Era algo bueno o malo? ¿Los hacía más peligrosos o menos? ¿Más o menos volátiles?
Mientras Vassia pensaba en la mejor manera de contestar, Schwarz prosiguió:
—Hoy no estaba. Me imagino que tendría el día libre. Bueno, nadie puede trabajar siete días a la semana, especialmente un griego. —Con aquel comentario, se echó a reír, lo cual sus acompañantes imitaron—. Aunque lo cierto es que ese chico no es tan vago como la mayoría de sus compatriotas.
Algo se quebró en el interior de Vassia mientras observaba cómo se desternillaban con un chiste que se burlaba de su país.
¿Cómo se atrevían? Se habían declarado conquistadores del mundo, estaban a punto de conseguirlo, pero todavía no.
Si Sol y tantos otros como él que estaban luchando por todo el planeta conseguían evitarlo, tarde o temprano Schwarz y su gente serían picadillo.
A Vassia casi se le escapa la risa al imaginarse a Schwarz convertido en una musaka. Era una idea repugnante, pero aun así…
Sol. A la velocidad del rayo, Vassia se dio cuenta de que debía alejarse de Schwarz como fuera y avisar a Sol y a los demás del peligro en que se encontraban. El alemán llegaría a su residencia en pocos minutos y, si encontraba a los hombres del SBS allí, los acorralaría y se desataría el caos.
No parecía que Schwarz fuera consciente del ataque a los barracones.
El restaurante, que no estaba muy lejos de allí, estaba tallado en el interior de la roca volcánica negra de la isla.
En su interior, Schwarz no podía haber oído o visto las explosiones ni los disparos.
Hacía un rato que reinaba el silencio, y Schwarz no podía llevar más de un par de minutos en la calle.
Quizá la incursión ya había terminado. Pero estaba claro que el peligro no.
—¿Y qué hace una chica guapa como usted en la calle a estas horas? —inquirió Schwarz, acercándose más de lo necesario a Vassia, que notó su cálido aliento en la mejilla y el olor a alcohol.
Pero ahora estaba enardecida. Vassia Kourakis no era una blandengue.
—Voy a casa del doctor —contestó con atrevimiento—.
Mi hermano, Andreas, el camarero…, su esposa está de parto, necesita ayuda médica.
La han tenido que traer en un carro tirado por mulas.
Seguramente tendrán que sacarle el bebé de dentro…
Yo voy para allá, para estar con ella y apoyar a Andreas.
—Clavó una mirada desafiante en los ojos inexpresivos de Schwarz—.
No hay toque de queda en Santorini, tengo derecho a estar fuera de casa.
En cuanto hubo pronunciado las palabras, se arrepintió. ¿Qué estaba haciendo? No había ninguna necesidad de contrariar a ese bruto. El ansia por volver al lado de Sol era más fuerte que nunca. Debía avisarle de que Schwarz estaba en camino.
—Vaya, ¿quién es esta alborotadora? —dijo Schwarz, sacudiendo la cabeza sin dejar de mirar a Vassia de arriba abajo—. No hay toque de queda, en efecto.
Aquello provocó que los compinches de Schwarz se echaran a reír otra vez. Vassia notó que le flaqueaban las piernas. La había hecho buena.
—Pero las noticias sobre la criatura son preocupantes —prosiguió Schwarz—. El doctor vive en aquella dirección, ¿cierto? —Señaló con gesto vago la dirección en la que Vassia debería haber ido—. El caso es que una joven como usted no debería ir sola por la calle a estas horas sin protección.
No tenía sentido, la única gente peligrosa en Santorini eran los propios nazis, pero tal vez Schwarz se imaginaba que Fira era como Berlín o Hamburgo, dos ciudades tan enormes y cuyos nombres sonaban tan extraños que Vassia apenas podía imaginarse qué clase de depravaciones merodeaban por sus calles.
—Por eso, mis dos asistentes la acompañarán hasta la puerta. Y una vez esté usted a salvo, me pueden informar del estado de la esposa y la criatura de mi protegido. ¿Qué le parece?
Schwarz volvió a mostrar aquella espantosa sonrisa que más bien era una mueca de desdén y maldad.
Los subalternos se pusieron firmes, clavando los talones en el suelo y haciendo el saludo militar.
Luego, se pusieron alrededor de Vassia, uno a cada lado.
El temor se apoderó de ella. Había algo aterrador en la devoción que Schwarz sentía por su hermano y, no por primera vez, tuvo un horrible presentimiento de hacia dónde los conduciría.
Además, Vassia se vio obligada a abandonar toda esperanza de avisar a Sol.
No podía hacer nada más para ayudarlo.