Capítulo 11 Vassia
Vassia
— P Padre —preguntó Vassia otra vez—. Si no va Andreas, ¿quién?
Ianos levantó la mirada hasta encontrar los ojos de su hija y respondió con sencillez, como había previsto Vassia:
—Tú, Vasiliki. Debes ir tú.
Vassia ya era plenamente consciente de la gravedad de la situación, pero el hecho de que su padre usara su nombre de pila entero, algo nada habitual, lo confirmaba del todo.
Poco después de la medianoche, los comandos y sus guías griegos, incluida Vassia, estaban a punto para salir de la cueva.
El capitán Andersen los había dividido en dos patrullas: la patrulla Z, liderada por el teniente Patterson, se dirigiría a la emisora de radio de Imerovigli, mientras que la patrulla P, bajo el mando del mismo Andersen, pondría rumbo para Fira.
Cuando llegasen a la capital, la patrulla P volvería a separarse: una sección atacaría los barracones, mientras que el otro grupo, más pequeño, tenía como objetivo la residencia del teniente Schwarz.
Sin apenas poder respirar, Vassia prestó mucha atención a las instrucciones finales del capitán Andersen.
Hablaba en inglés, así que ella casi no entendía ni una palabra, pero aquel no era el tema.
Fuera lo que fuera lo que estaba diciendo, sonaba serio.
Más que serio: era una cuestión de vida o muerte.
Alguien hizo una pregunta, que fue recibida con risa sorda.
Andersen sacudió la cabeza, se sacó una cajita del bolsillo y entregó a cada uno de los hombres un par de pastillas.
Los soldados las engulleron acompañadas de un trago de agua.
¿Qué diablos estaban tomando? La mirada perpleja de Vassia aterrizó en la de Sol, que se inclinó hacia ella.
—Benzedrina —explicó con un susurro—. Para asegurarnos de que estamos bien despiertos y espabilados.
Vassia asintió sin mediar palabra. Esta incursión absolutamente surrealista y demencial la hacía sentir mareada.
Andersen hizo un gesto con la mano y, al cabo de un instante, todos los hombres habían formado detrás de él, Vassia entre ellos.
Por los nervios, se le habían secado la boca y la lengua, y tenía las manos empapadas de sudor.
Pero, a pesar del temor, estaba decidida a llegar hasta el final.
Era su deber hacer todo cuanto pudiera para ayudar a aquellos valientes y, si sus acciones de esa noche contribuían de alguna forma a poner fin a esa guerra horrible, habría logrado algo en su vida. Incluso si moría en el intento.
De uno en uno, sigilosamente y siempre al acecho, la compañía abandonó la cueva.
Kostas y Lefteris se fueron con el grupo Z, y Elias, Helios y Vassia, con el P.
Vassia lamentaba separarse de Kostas, pues siempre se podía confiar en él, era resuelto y racional.
Los otros tres chicos también eran de confianza, pero Vassia no los conocía tan bien.
En cualquier caso, al llegar a Fira se separarían y ella se quedaría sola con el subgrupo que iba a la residencia del teniente, un nivel de responsabilidad muy por encima de todo lo que había experimentado hasta entonces.
Armado con la misma pistola y el cuchillo de antes, el capitán Andersen encabezaba la tropa junto a Elias, mientras que Helios estaba en la retaguardia y Vassia se quedó por el centro.
Niveló su paso con el de Sol, de cuyo cuello colgaba otro tipo de pistola, una ametralladora, pensó Vassia.
Los hombres llevaban varios tipos de arma y Vassia tuvo un escalofrío al pensar en su potencia, en su capacidad de destrucción.
Deseaba proteger a Sol y a todos los comandos, pero lo único que podía hacer era rezar en silencio mientras llevaban a cabo el ataque.
Retomó a susurros la conversación de antes con Sol. Él le contó más cosas sobre su trabajo en el banco, su familia y su hermano Anthony, que había muerto al principio de la guerra.
—Lo siento —dijo Vassia.
—Es por él que tengo que hacer esto —respondió Sol—. Debo hacer todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que su muerte no fue en vano. Si los nazis ganan…
No necesitaba terminar la frase. Una victoria alemana era una idea que no quería pronunciar.
A Vassia le vino un pensamiento a la cabeza.
—¿Qué haréis con los soldados que apreséis esta noche? —preguntó.
Sol no contestó inmediatamente pero, a la pálida luz de la luna, Vassia vio que una expresión extraña se apoderaba de sus hermosas facciones.
—Cualquier persona que capturemos se convierte automáticamente en prisionero de guerra y lo llevamos a uno de nuestros campos en Oriente Medio. Pero no solemos contar con esta posibilidad. No es el estilo de Andersen.
Vassia tardó unos segundos en comprender las palabras de Sol, no conseguía descifrar su significado. Al entenderlo, todo su cuerpo se tensó y sintió un escalofrío como una descarga eléctrica. El objetivo era, pura y duramente, matar.
Cambiando de tema para relajar el ambiente, tanto por sí misma como por Sol, Vassia le habló de Pollito , el pajarillo que había rescatado Nico, y de lo bien que se estaba recuperando bajo sus cuidados.
—Esperamos que intente volar pronto —dijo Vassia—. Entonces, será libre, como debería ser un pájaro.
—Como debería ser el mundo entero —añadió Sol.
Se le escapó una risita sarcástica y sonrió a Vassia.
De repente, los ojos del inglés parecían menos cansados, más jóvenes.
No llevaba las gafas, y Vassia pensó que tal vez solo las necesitaba para dibujar o para leer.
Aquello convertía en infundada su preocupación de antes por lo que pasaría si se rompían o se perdían. Era un alivio.
—Pero qué bonito que tú y tu primo cuidéis de una criatura indefensa, y con éxito —concluyó Sol.
—Bueno, hemos tenido más suerte que buen criterio —respondió Vassia—. Pero haber salvado una vida me hace sentir bien, aunque solo sea un pájaro salvaje.
No lo había dicho con doble sentido, pero, al pronunciar las palabras, se hizo evidente en qué estaban pensando tanto ella como Sol.
¿La inevitable carnicería que iba a ocurrir en unas horas estaba justificada solo porque estaban en guerra?
Vassia se estremeció involuntariamente e intentó apartar aquellos pensamientos horribles de su mente.
Dudar no le servía de nada llegados a este punto.
Desde que habían salido de la cueva, habían ascendido a buen ritmo.
Sol se detuvo un momento para beber agua del termo que llevaba en el bolsillo.
Luego, se la ofreció a Vassia. Ella cogió la botella de sus manos, se la llevó a los labios con gesto vacilante y tomó un trago.
Beber del mismo recipiente que él se le antojó un acto íntimo, demasiado íntimo teniendo en cuenta lo poco que hacía que se conocían.
Pero la mezcla de aprensión y temor le había resecado la boca y recibió de buen grado la hidratación.
Al cabo de unos segundos retomaron la marcha.
No era solo la subida lo que le había acelerado el pulso a Vassia, también el miedo que le provocaba la idea de que podían encararse a una patrulla nazi en cualquier momento.
Y debía admitir que la proximidad con Sol también ayudaba.
Cuanto más hablaba con él, más le daba la sensación de que lo conocía desde hacía una eternidad en vez de solo unas horas.
El simple hecho de andar a su lado, como ahora, la hacía sentir completa, como si Sol llenase un vacío.
Vassia nunca había tenido muy claro si creía en el destino, pero ahora se decantaba por el sí.
Estaba escrito en las estrellas que debía conocer a Sol en unas circunstancias tan inesperadas y emocionantes.
Y era su destino asegurarse de que él y los demás soldados escaparan a salvo aquella noche.
Por mucho que deseara no separarse de él.
Llegaron a las afueras del pueblo y el omnipresente peligro aumentó de nivel.
Las dos patrullas se dividieron. Ahora, todo dependía de Vassia.
Avanzando furtivamente por callejones estrechos que solían frecuentar los gatos del barrio, y resguardándose en la sombra de los edificios por si se cruzaban con alguien, Vassia condujo a los hombres hasta la residencia de Schwarz.
—Es ahí —dijo cuando estaban a pocos metros, intentando que la voz no se le quebrara.
Señaló la casa, pero le temblaba tanto la mano que rápidamente la bajó para que no la considerasen una cobarde. De todos modos, los hombres ya habían visto el edificio, sabían perfectamente cuál era.
Vassia quería quedarse con ellos, asegurarse de que cumplían su objetivo y eran capaces de encontrar el camino de vuelta para salir del pueblo y regresar a la cueva, donde reposarían hasta la noche siguiente.
Luego, las mismas goletas que los habían traído a Santorini los recogerían.
Pero, antes de la partida, Spyros le había dejado muy claro que debía esfumarse en el preciso instante en que llegasen a su destino.
—Si te capturan, no podemos ayudarte —le había dicho Spyros—. Y no queremos responsabilizarnos de ti ni cargar con la culpa de tu muerte. En cuanto lleguemos a casa de Schwarz, debes irte.
Ahora, presa del pánico, Vassia se había quedado petrificada, era incapaz de mover las piernas y obligarlas a sacarla de allí.
El silencio de la noche se rompió con el repentino y apagado estruendo de las granadas de mano que explotaron en la distancia, seguido por el seco traqueteo de las ametralladoras.
Había empezado el asalto a los barracones al otro lado del pueblo.
En aquel momento todo se volvió real. La adrenalina que segregaba el peligro subió de intensidad.
Espontáneamente, Vassia se acordó de su hermano y de Athena.
Casi se había olvidado del bebé, de la situación precaria de su cuñada, que quizá seguía de parto y necesitaba una operación de urgencia en casa del médico en un pueblo infestado de combatientes.
Se planteó ir hacia allí en vez de regresar a Vourvoulos y averiguar qué había pasado.
—¡Vete! —le gritó uno de los soldados haciéndole gestos frenéticos para que se marchara.