Capítulo 10 Carrie #2
La sorpresa de reencontrarse con aquel hombre que pertenecía al pasado había hecho que Carrie se olvidase de su hija por un instante. Se aclaró la garganta y señaló a Nell con un gesto de la mano.
—Kyriakos, digo, Kris: esta es mi hija, Nell. Nell, di hola —añadió como si la chica tuviera seis años y no dieciséis.
¿Por qué Carrie se comportaba de aquella manera, como una adolescente tímida?
Realmente, no es que tuviera un pasado con Kyriakos más allá de algunos besos bajo las estrellas.
Habían pasado un par de días juntos muchos, muchos años atrás.
No era tan profundo, como diría Nell. La excitación que le había provocado darse cuenta de quién era aquel apuesto hombre no tenía fundamento alguno.
—Bueno —intervino Xanthe enérgicamente—, como ya ha remarcado Nell, hace un calor espantoso, así que creo que deberíamos ir a algún sitio que se preste más a comentar los planes de Carrie, ¿no?
Dedicó una mirada expectante a Carrie y a Kris.
—¿Tenéis coche? —preguntó Kris echando un vistazo al aparcamiento como intentando deducir cuál les pegaba más.
—Oh, no —rio Carrie—. Hemos venido andando, ¿verdad, Nell?
La chica, que obviamente estaba con el móvil, no se molestó en responder.
—No pasa nada —contestó Kris.
A diferencia de Carrie, que seguía atónita por la astucia con la que Xanthe había organizado este encuentro, Kris había recuperado la compostura y actuaba como si nada.
—Tomaremos el mío. Acabo de dejar a algunos huéspedes norteamericanos en mi hotel, así que hay bastante espacio.
—Guiñó el ojo a Carrie en un inesperado gesto de complicidad—.
Eran aquel tipo de turistas que tienen miedo de que los taxistas los timen o los abandonen en medio de un camino aislado para que se mueran…
Era más fácil ir yo mismo a recogerlos que intentar calmar sus temores.
—Qué amable por tu parte —dijo Carrie—. Por hacerles de taxista, quiero decir.
El grupo se dirigió al vehículo de Kris, un elegante Mercedes negro. Carrie pensó que el hotel debía ser un negocio exitoso. Él se abalanzó para abrir la puerta del copiloto.
—Siéntate tú delante —dijo Xanthe, que ya se había acomodado en la parte de atrás.
El interior del coche parecía un horno. Kris hizo girar la llave y el motor arrancó con un rugido. A los pocos segundos empezó a salir aire fresco por varias ranuras. Carrie suspiró aliviada.
—¡Ah, qué bien! —exclamó mientras se apartaba disimuladamente los mechones de pelo que se le habían quedado pegados a la frente por el sudor—. ¿Cómo ha sobrevivido la humanidad tantos milenios sin aire acondicionado?
Kris sonrió.
—Ni idea.
Sacó el coche del aparcamiento y se dirigió hacia una carretera de tierra blanquecina. Luego miró a Carrie.
—Iba a sugerir que vayamos a mi hotel a refrescarnos en la piscina. Luego, mientras comemos y tomamos algo, podemos hablar con calma.
—¡Suena genial! —intervino Xanthe, y le preguntó a Nell—: ¿No crees? ¿Te apetece nadar un rato?
Carrie no oyó la respuesta de Nell porque le contestó a Kris con tono de disculpa:
—Nos encantaría, pero no hemos cogido los trajes de baño.
—No hay problema —dijo él sin inmutarse—.
Podemos pasar por vuestra casa a por ellos.
Seguro que a Nell le encantaría. —Echó un vistazo por el retrovisor como si reconociera en silencio la importancia de dar caprichos a los adolescentes, y luego le dedicó una sonrisa cómplice a Carrie—.
Me encanta ver que la gente disfruta de mi hotel y compartir las instalaciones con mis amigos.
—Gracias —respondió Carrie—. Pero no queremos causar molestias.
Se calló, de repente se había quedado sin palabras. Conque tanto ella como Nell eran amigas suyas. Era una sensación inexplicablemente agradable.
—Para nada.
La perfecta compostura de Kris transformó la desorientación de Carrie en alivio.
—Me alegro de volver a verte —añadió ella, modulando su tono de voz a algo más grave que las exclamaciones agudas del reencuentro con Kris e intentando sonar normal—. No sabía si seguías en la isla.
Se arrepintió inmediatamente de haber pronunciado aquellas palabras, pues se podía interpretar que había estado pensando, y mucho, en él y la posibilidad de cruzarse por casualidad…
lo cual había hecho de verdad, aunque no de forma obsesiva, por supuesto.
El pánico volvió a apoderarse de ella y se calló.
Se hizo un silencio impenetrable que Kris rompió de forma elegante:
—Sí, todavía estoy aquí —dijo con una sonrisa—.
Me fui a Atenas, luego estuve casi ocho años en Estados Unidos, pero volví para ayudar a mis padres a llevar el hotel.
Lo han ido ampliando y reformando, lo cual está genial, pero también suponía mucho más trabajo y necesitaban más manos para trabajar.
Mis dos hermanas tienen sus familias en el continente y no estaban en condiciones de mudarse aquí, pero yo lo hice encantado.
Es difícil acostumbrarse a vivir en otro lugar cuando estás acostumbrado al paraíso.
Se echó a reír. Sus atractivos ojos brillaban.
Carrie se relajó y asintió: no se podía negar que Santorini realmente era paradisíaca.
A medida que se adentraban en el campo, con sus muchas villas y aldeas y viñedos, Carrie se acomodó en su asiento.
De repente y por muchas razones, entre las cuales el reencuentro fortuito con Kris, las vacaciones en Santorini se habían vuelto todavía más interesantes.
Al cabo de media hora, llegaron a Oia. Carrie se metió en la piscina y salió al cabo de poco para secarse.
Dejó a Nell deleitándose en el agua turquesa.
Xanthe tenía que responder a algunos correos, así que Carrie estaba sola cuando Kris se acercó a su mesa, a la sombra de una pérgola.
Un camarero les trajo botellas heladas de agua y Coca-Cola y una bandeja con entrantes típicos griegos: pastelitos de espinacas, queso a la parrilla, koulourakia y tiras de melón.
Carrie y Kris pasaron un rato hablando de temas banales.
Luego, ella procedió a ampliar la información que Xanthe ya había adelantado en cuanto a la relación de Sol con la isla, y le explicó a Kris cómo podía echarle una mano con la investigación.
Se había adelantado a los acontecimientos y, además del bikini y la toalla de playa, se había traído el cuaderno de dibujo de Sol.
Y ahora parecía el momento ideal para sacar el tema.
—Quiero averiguar más cosas sobre el asalto del Escuadrón Especial de Embarcaciones en el que participó Sol, si es posible, y visitar los lugares en los que probablemente estuvo.
Su pasado y su participación en la guerra están envueltos de un gran misterio.
Mi madre y yo queremos llegar al fondo de la cuestión porque lamentamos no haberlo hecho cuando él todavía estaba vivo.
Por eso, espero que esta visita me sirva para desembrollar la historia y que los fantasmas del pasado puedan reposar.
Carrie hizo una pausa. Se planteó mencionar el libro y los objetos misteriosos, la camisa y el anillo, pero decidió que aún no era el momento.
—Lo único que tengo, de momento, es la información de la Wikipedia —concluyó—. Y esto.
Le dio el cuaderno a Kris, que lo cogió, abrió la maltratada pero todavía rígida cubierta y se puso a hojear los bocetos con el ceño fruncido. Carrie lo observó mientras pasaba las páginas y miraba con detalle los retratos de los que supuestamente fueron los compañeros de Sol en el SBS .
—Los dibujos son increíbles —dijo Kris sin levantar la mirada del cuaderno—. Están muy bien hechos, son muy realistas. Tu tío abuelo tenía mucho talento.
—Lo sé —suspiró Carrie—. Pero, mientras vivió, lo desconocíamos. Nadie sabía que era un artista.
Kris sacudió la cabeza.
—Quizá dejó esta parte de sí mismo a un lado después de la guerra, junto a las armas y los recuerdos.
Carrie alzó la mirada para observar a Kris. Era notablemente perspicaz, no recordaba esa faceta suya. Pero, por otro lado, ¿por qué iba a hacerlo? Apenas lo conocía.
Se centró de nuevo en el cuaderno. Kris siguió pasando las páginas hasta que llegó al retrato de la joven.
Una suave brisa levantó las servilletas que había encima de la mesa y Carde las cogió y las puso debajo de un plato para que no salieran volando.
Luego volvió a fijarse en Kris, cuya actitud había cambiado de repente y de forma repentina.
Su piel bronceada por el sol había adquirido un tono mucho más pálido y sus ojos se habían llenado de desconcierto.
Carrie lo miró perpleja, sin decir palabra, preguntándose qué le pasaba, qué iba mal. Kris cerró el cuaderno de golpe, se lo devolvió a Carde con un gesto brusco, se levantó arrastrando la silla y se fue sin decir nada.
¿Qué acababa de suceder? ¿Por qué le había afectado tanto un simple boceto en un viejo bloc de dibujo?
—¿Kris? —lo llamó con cautela—. ¿Qué pasa? —Luego, más fuerte y con más apremio, repitió—: ¡Kris!
Pero Kris no respondió.