La joven de Santorini Capítulo 10 Carrie
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Capítulo 10 Carrie

Carrie

A la mañana siguiente, Carrie se levantó temprano.

Por sí misma, por su madre y por el libro, Carrie sentía una necesidad imperiosa de descubrir todos los detalles de lo que había vivido Sol en Santorini.

Esperaba que el guía local que Xanthe había encontrado fuera la persona idónea para ayudarla.

La isla era uno de aquellos lugares en los que todo el mundo se conoce, así que no le sorprendería que Xanthe ya tuviera a alguien en mente, aunque había notado una actitud un poco extraña en su amiga al mencionar el tema la noche anterior.

Carrie temía terminar con un viejo aburrido, pero seguro que Xanthe no le haría algo así.

Después de sacar a Nell de la cama y de conseguir que se pusiera una capa de crema solar lo bastante gruesa para evitar quemaduras, madre e hija salieron de casa, pero no sin protestas de la adolescente, según la cual las once de la mañana era demasiado temprano para ir a cualquier sitio.

El autobús las dejó en la carretera principal que cruzaba Magalochori, y desde allí subieron por los empinados callejones de suelo empedrado alrededor de los cuales se alzaban grupos de casas blancas con postigos de un azul pálido y galanos tiestos de geranios al lado de las puertas inmaculadas.

Los angostos caminos de repente desembocaban en plazas tranquilas vigiladas por antiguos campanarios.

Un gato atigrado descansaba en lo alto de un muro bañado por el sol mientras algunas pequeñas lagartijas corrían de un lado para otro, entrando y saliendo de diminutas ranuras.

El ascenso duró más de lo esperado, pues Carrie se detenía constantemente para exclamar con euforia lo bello que encontraba el paisaje y tomar un sinfín de fotos.

Al llegar a la cima, Carrie y Nell hicieron una pausa para contemplar el panorama que se extendía bajo sus pies, el intenso azul del mar y las suaves protuberancias moradas de los islotes vecinos.

Se comieron el almuerzo que habían preparado en un rincón con sombra, al lado de un enorme cactus, y luego se dirigieron al museo de la Atlántida perdida con el sol pegando fuerte sobre sus cabezas.

Durante el paseo, los pensamientos de Carrie la transportaron mentalmente a aquel largo verano del pasado.

Entonces era tan joven, solo tenía diecinueve años.

Recordó el olor salado de la piel cálida y tostada por el sol, el aroma ahumado de la hoguera en la playa, el sabor de la cerveza fría, del suculento queso a la parrilla y de las gambas, los sonidos lamentosos de una guitarra que envolvían el sensual atardecer.

Kyriakos la había rodeado con sus brazos y ella había reposado la cabeza sobre su hombro, y había cerrado los ojos, disfrutando de la sensación de ser querida y deseada.

Se preguntaba qué habría sido de él después de tantos años.

¿Seguía en la isla? Estuviera donde estuviera, lo más probable era que ahora tuviese una esposa y una familia.

Era un par de años mayor que ella, así que debía rondar los cuarenta.

¡Cielos! Carrie sabía que era ridículo, al fin y al cabo solo era un número, pero le daba vértigo alcanzar aquella meta.

Había pasado tanto tiempo, ¿y qué había logrado en la vida? No mucho, o por lo menos eso pensaba.

Echó un vistazo por encima del hombro y vio que Nell se había quedado atrás. Arrastraba los pies por el camino de tierra, parecía acalorada y contrariada. Carrie se detuvo para esperarla. Esperaba que el museo tuviera aire acondicionado y una cafetería para comprar algún refresco frío.

—¿Estás bien, cariño? —le preguntó cuando Nell la alcanzó.

—No —escupió ella, fastidiada—. Me estoy asando y me rozan los zapatos.

Carrie intentó contener la sonrisa. Por supuesto, no dijo que ya había advertido a la joven de que las chanclas no eran el calzado más apropiado para la excursión y que era mejor ponerse zapatillas. Los «te lo dije» nunca llevaban a buen puerto. En lugar de aquello, escogió las palabras:

—Ya casi llegamos. Mira, es ahí.

Señaló hacia delante con la esperanza de que, al ver que su objetivo ya estaba a la vista, Nell se animaría.

Con el ceño fruncido, la joven siguió arrastrándose, aunque un poco más deprisa esta vez, como si hubiera decidido ir por delante de su madre para que fuera testigo de su terrible sufrimiento.

Carrie sintió una punzada de culpa. Le podría haber dado a su hija la opción de quedarse en casa y relajarse en el balcón.

Pero, por otro lado, no tenía sentido cruzarse media Europa para llegar hasta allí y luego no salir a explorar y a ver todo lo que la isla ofrecía.

Habían llegado unos minutos antes de la hora y todavía no había ni rastro de Xanthe. Hacía un calor espantoso, Carrie se estaba asando a la misma velocidad que Nell. Al avanzar hasta la entrada, las puertas se abrieron dejando escapar una deliciosa y fresca brisa.

—Entremos, esperaremos a Xanthe dentro —sugirió Carrie—. A resguardo del sol.

Arrastrando los pies, Nell la siguió. Carrie se sacó el móvil del bolsillo y lo miró.

—¡Vaya! —exclamó—. Resulta que, al final, Xanthe no puede venir. Dice que veamos el museo y que llegará a las tres con el posible guía.

Nell arqueó las cejas con desinterés.

—Necesito tomar algo —gruñó.

Carrie hurgó en su bolso y sacó una botella de agua, más bien templada y no acabada de sacar de la nevera, y se la entregó a Nell, que la aceptó de mala gana pero bebió un buen trago.

—¡Puaj! —Escupió—. Agua caliente. Genial.

Carrie puso los ojos en blanco mientras se guardaba la botella en el bolso.

El museo era mejor de lo que esperaba. Contaba con una experiencia en 9D sobre cómo sería experimentar una erupción volcánica, hologramas y un diorama, así como mucha información sobre el reino utópico.

A Carrie le pareció fascinante, por mucho que ya no fuera el tema central de su novela.

Incluso Nell se espabiló un poco al pasear por las exposiciones.

Cuando ya se iban, Carrie andaba con la nariz pegada a un folleto informativo que había cogido y estuvo a punto de chocar con un hombre que esperaba a alguien en la entrada.

—¡Mamá! —Gruñó Nell—. Ve con cuidado.

«Oh, no, he vuelto a avergonzarla», pensó Carrie mientras se giraba para disculparse con el hombre.

Le dio la sensación de que le resultaba familiar, de que ya se conocían.

Observó su rostro, la barba y el pelo rasurados casi al cero, los ojos castaño oscuro y la nariz de perfil griego con más detenimiento, intentando deducir de qué le sonaba tanto.

Por la forma en la que él la miraba con el ceño fruncido en un gesto de perplejidad, parecía que el hombre cavilaba lo mismo.

Pero habían vuelto a la calle, a la implacable furia del sol, y a Carrie le daba la sensación de que el calor le había frito el cerebro, por lo cual no podía pensar con claridad.

—No pasa nada, no te preocupes —respondió el hombre en un perfecto inglés con un deje de acento americano—. Eres Carrie, ¿verdad? Te reconocería en cualquier parte, no has cambiado nada.

Carrie, estupefacta, abrió y cerró la boca como un pez.

—¿Qué quieres…? Es decir, ¿quién…? —balbuceó, pero se quedó en shock al darse cuenta de quién era—.

¿Kyriakos? No me lo puedo creer. ¡Vaya! ¡Qué gracia encontrarte aquí!

—Se le escapó una risa excesiva—. Tú tampoco has cambiado mucho.

Bueno, un poco sí, o sea… la barba es una novedad, ¿no?

, pero aparte de eso, se ve que no has envejecido, ja, ja…

Se calló, consciente de que sonaba como una idiota, a la vez que atónita por la casualidad de haberse encontrado precisamente a la persona en quién no había dejado de pensar desde que había recibido la postal de Xanthe.

Se hizo el silencio. Parecía que tanto Carrie como Kyriakos estaban reflexionando sobre el peso de todos los años que los distanciaban. Un alegre grito lo rompió.

—¡Holi!

Xanthe.

—Veo que ya os habéis presentado —dijo efusivamente—. ¡Fabuloso!

Desconcertada, Carrie miró primero a su amiga, luego a Kyriakos.

—Fue una idea brillante por mi parte, ¿verdad? —continuó Xanthe. Al oírlo, Carrie entendió que aquel encuentro casual con Kyriakos había sido plenamente intencionado—. Cuando me pediste ayuda para encontrar a un guía local, me di cuenta de que Kris sería la persona ideal.

Xanthe les dedicó a ambos una sonrisa, visiblemente satisfecha con lo que consideraba una genialidad. Luego, al notar que se habían quedado patidifusos, le cambió el gesto.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Todo bien?

Muerta de vergüenza, Carrie hizo un movimiento tan rápido con las manos para quitarle importancia al asunto que estuvo a punto de darle una bofetada sin querer a un turista que pasaba por allí.

—Por supuesto. Es un plan… brillante. Digamos que, bueno, me ha sorprendido un poco.

—¡Ah, ya veo! —Xanthe se echó a reír, aliviada—. Pensaba que había metido la pata hasta el fondo. No sería la primera vez, ¡ja, ja, ja!

En aquel momento, Kyriakos, que, aparentemente, ahora se hacía llamar Kris, se adelantó para saludar a Carrie con dos besos en la mejilla. El delicioso olor masculino con un leve toque de aftershave que emanaba hizo avergonzar a Carrie todavía más por su aspecto sobrecalentado, sudado y desaliñado.

—Es un placer volver a conocerte —dijo él con un encanto y una elegancia que se había desarrollado a lo largo de esos últimos quince años o así, la evolución natural de aquel magnetismo relajado que ya había transmitido de joven—.

Y estoy encantado de poder ayudarte con tu…

proyecto. Xanthe no me ha contado gran cosa, pero lo poco que ha revelado suena intrigante.

Carrie parpadeó. El sol y el calor abrasador del aparcamiento casi la cegaban.

—Gracias —murmuró, sobrepasada por lo inesperada que era aquella situación—. Yo…

Pero no pudo terminar la frase, pues la interrumpió el quejido de Nell.

—Mamá, ¿podemos irnos ya? —suplicó—. Me estoy muriendo de calor aquí parada.