La joven de Santorini Capítulo 9 Vassia #2
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Capítulo 9 Vassia #2

—Cultivamos hortalizas y tomates cherry de Santorini en nuestro huerto, son los más deliciosos que probarás en tu vida —continuó, como si quisiera demostrar que algunas de sus actividades valían la pena—.

Siempre tengo mucho que hacer —remarcó para que Sol no la considerase una holgazana—.

Pero en realidad me gustaría ser maestra de primaria, así que, cuando las escuelas vuelvan a abrir en septiembre, empezaré las prácticas.

Cuando terminó, sintió que se ruborizaba otra vez.

Había dicho demasiado. Quizá no debería haber mencionado el estado de salud de Ianos, no quería que Sol pensase que su padre era débil.

Y, en cuanto a revelarle sus sueños y ambiciones, ¿para qué querría él saberlo, teniendo en cuenta que pronto se separarían y no se volverían a ver nunca más?

Aun así, por algún motivo, por la forma en la que él la observaba y ponía tanta atención en cada una de sus palabras, Vassia sabía que Sol realmente quería escuchar todo lo que tuviera que decir. Exactamente del mismo modo que ella quería escucharlo a él.

—Maestra —repitió Sol como un eco—. Es maravilloso. Estoy seguro de que los niños te adorarán. Y, si encima les cocinas platos como estos, los tendrás en el bolsillo de por vida.

Vassia no pudo evitar echarse a reír.

—Me limitaría a enseñarles a leer y escribir —protestó—. Me gusta cocinar, pero la idea de pasarme el día encerrada en la cocina me parece espantosa. —Cambió de posición para acomodarse en el tosco suelo de la cueva—. ¿Y tú? ¿Trabajabas antes de la guerra? ¿A qué te dedicabas?

Sol sopló con cierta burla e hizo un gesto de menosprecio.

—Oh, no, no quieres que te lo cuente. Banquero, eso es lo que era. Aburrido, predecible, monótono. No sé si podré volver a la rutina, después de todo esto.

Un fuerte estruendo metálico resonó por toda la cueva. A alguien se le había caído la pistola al suelo. Vassia se dio cuenta de que los demás hombres estaban ocupados limpiando y arreglando sus armas. Debía dejar tranquilo a Sol para que se concentrase y preparase para la misión de aquella noche.

La joven se giró para decirle que tenía que irse y atrapó al vuelo las últimas palabras de Sol:

—Si es que hay un después, quiero decir —murmulló; su voz apenas se podía oír.

El impacto fue inmediato y físico, el horror sacudió todo el cuerpo de Vassia como un relámpago.

—No te pasará nada —se apresuró en contestar, casi sin aliento, tranquilizándose a sí misma pero también a Sol—. Lo sé.

Y entonces el capitán Andersen llamó a sus hombres para que formasen y darles las últimas instrucciones antes de empezar su trabajo nocturno. Vassia se marchó.

Al volver a casa, Vassia fue a ver el polluelo de Nico y se sintió aliviada al ver que seguía con vida.

Cuando la joven le ofreció unas gotas de agua con el dedo, el pájaro pio débilmente.

Por lo menos algo había sobrevivido. Quizá era un buen presagio para los comandos, Vassia esperaba que lo fuera.

Ianos había decidido que Kostas, junto con Andreas y tres jóvenes del pueblo llamados Elias, Helios y Lefteris, acompañarían a los hombres del SBS .

Ianos había insistido en que solo podía haber un voluntario de cada familia.

No tuvo que explicar el porqué de su decisión, era obvio.

Alrededor de la medianoche, los cinco se encontrarían en la cueva, preparados para el inicio de la misión.

Vassia se sentó en su cama, incapaz de concentrarse en nada.

Sacó su álbum de recortes de debajo del colchón.

Desde el principio de la guerra, lo había usado para documentar la contienda pegando artículos de periódico y describiendo todo lo que pasaba.

Le parecía importante dejar un testimonio escrito.

Pero ahora, echando un vistazo al cuaderno, sabía que estaba demasiado tensa y alterada para añadir material nuevo.

Por eso, lo devolvió a su escondite y decidió tumbarse.

No tenía sentido desvestirse porque sabía que le resultaría imposible dormir.

Lo único que podía hacer era quedarse reclinada en la cama con los ojos cerrados para visualizar mejor a Sol. Y rezar.

Sin embargo, debió de quedarse frita pues, cuando la puerta de su habitación se abrió, se despertó de golpe y se puso en alerta.

Su padre entró y se sentó en la silla del dormitorio.

Aunque ya no hacía calor, estaba sudando y jadeando.

Nico rondaba detrás de él. ¿Se trataba del pájaro?

Seguramente su padre no entraría en pánico por un animal, por adorable e indefenso que fuera.

¿Y qué hacía Nico despierto a aquellas horas? Debería estar acostado.

—Vassia —dijo su padre respirando con dificultad cuando recobró el aliento—.

Tu primo nos trae un mensaje. Ha oído gritos y chillidos en casa de los vecinos y ha ido a ver qué pasaba.

Athena por fin está de parto, pero las cosas no van bien.

Las mujeres del pueblo que la están ayudando creen que debería ir al médico de Fira.

Por supuesto, Andreas no puede dejarla sola.

Vassia observó a su padre con los ojos llenos de preocupación.

Las cosas no podían ir mal para el bebé, era una posibilidad tan terrible que no quería ni contemplarla.

Tenían la suerte de que un médico residente había vuelto de Atenas a Santorini al estallar la guerra, pero muchas islas no contaban con alguien con tanta experiencia.

Y aun así, aquello no garantizaba la supervivencia.

A Vassia se le hizo un nudo en el estómago.

Rezó a Dios que la criatura estuviera bien, y Athena también, por supuesto.

Ese bebé tan deseado y esperado había sido un rayo de esperanza en medio del caos de la guerra. Tenía que estar a salvo.

Al concentrarse tanto en su hermano y su familia, Vassia todavía no había tenido tiempo de sopesar lo que implicaban las palabras de su padre.

—Vassia —dijo Ianos finalmente, paralizado por el horror—. Esto significa que Andreas no puede ir con los comandos.

—¿Entonces, quién ocupará su lugar? —preguntó con un murmullo, mirando primero a su padre, luego a Nico—. Tú no puedes ir y Nico tampoco. Es demasiado joven. Y es demasiado tarde para encontrar a alguien más. ¿Quién podría…?

Pero, al decir aquellas palabras, una sensación de puro terror se apoderó de ella al dar con la respuesta.