La joven de Santorini Capítulo 9 Vassia
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Capítulo 9 Vassia

Vassia

T odavía no había oscurecido cuando Vassia regresó a la cueva.

Andreas iba con ella, aunque a regañadientes.

No le apetecía dejar sola a Athena, que se había quejado de dolor de barriga todo el día, pero quería ayudar a su hermana a transportar las cosas, puesto que Kostas no estaba disponible.

Al lado de su hermano y teniendo en cuenta que ya había hecho esto, Vassia no sentía el mismo miedo que por la mañana, si bien el estado de sus nervios era irrelevante.

Su trabajo era entregar la comida y así lo haría, pasara lo que pasara.

Esta vez, la cesta era mucho más pesada, ya que contenía una gran olla de hierro con tapa.

Andreas cargaba con ella, mientras que Vassia llevaba los jarrones de agua.

En cuanto llegaron, Andreas, ansioso por volver al lado de Athena, se fue inmediatamente.

En el interior de la cueva, Vassia se sorprendió al descubrir que la mayoría de los comandos estaban durmiendo.

¿Cómo podían descansar en territorio enemigo y a escasas horas de enfrentarse a los nazis en batalla?

En su lugar, ella no habría conseguido pegar ojo.

Una vez más, Vassia sacó de la cesta la comida que había preparado con tanto esmero: un estofado de ternera stifado y pan.

Por supuesto, discretamente había intentado localizar a Sol al llegar a aquel lúgubre lugar, pero él también estaba en brazos de Morfeo, tumbado y con la cabeza encima de su mochila.

Sin gafas, su rostro tenía otro aspecto.

Vassia se preguntó qué pasaría si las perdía o se le rompían.

¿Sería Sol capaz de ver bien y escapar del peligro?

¿De disparar su arma? ¿Distinguir a un amigo de un enemigo?

Vassia no tenía ningún problema de visión y era plenamente consciente de la suerte que aquello representaba.

Detectó el cuaderno de dibujo al lado de Sol.

Sus dedos quemaban con el deseo de hojearlo otra vez, de admirar los minúsculos detalles de los habilidosos bocetos de Sol.

Aunque sabía que no debería, se acercó a él para coger el cuaderno y lo abrió.

Hizo una pausa más larga en algunas de las imágenes más impactantes.

Una de ellas era, sin duda, el retrato del capitán Andersen con una pistola en una mano y un cuchillo de caza en la otra, y una mirada absolutamente despiadada en el rostro.

A Vassia se le hizo un nudo en el estómago al contemplar el dibujo, sobrepasada por el poder de las líneas.

Desde su posición, estudió al grupo. Algunos de los hombres se estaban despertando, quizá gracias al delicioso aroma que emitía la olla de stifado .

Todos ellos eran capaces de matar, seguro que ya habían matado varias veces.

Vassia se preguntó qué necesitaba alguien para quitarle la vida a otra persona, y sabía que ella no lo tenía.

Deseaba de todo corazón que hubiera alguna forma de terminar esta guerra sin derramar más sangre, pero era consciente de que no era posible.

De uno en uno, Vassia fue llenando los platos de aluminio que llevaban en su kit de supervivencia y también les sirvió el agua. El capitán Andersen comía poco, pero fumaba mucho. La joven observó su semblante y se preguntó qué le pasaría por la cabeza en aquel momento.

Cuando llegó el tumo de Sol, lo saludó con una tímida sonrisa.

Sentía mariposas en el estómago. No tenían tiempo de hablar, pues ella estaba ocupada asegurándose de que todos recibían suficiente comida.

No fue hasta que el estofado y el pan se hubieron terminado y los hombres habían vuelto a sus posiciones para fumar que Vassia se acercó discretamente a Sol.

—Estaba delicioso —dijo él, dándose unos golpecitos de apreciación en la barriga—. Dicen que el ejército se mueve por el estómago. Ahora que hemos comido tan bien, seguro que iremos a cien kilómetros por hora.

Vassia sintió que el rubor se extendía por sus mejillas.

—Gracias —contestó con modestia.

Por un instante, sintió que se le trababa la lengua y era incapaz de decir nada más.

Tenía cientos de preguntas que se moría de ganas de hacerle a Sol, pero ninguna parecía apropiada en aquel momento.

¿Qué derecho tenía a interrogar a un soldado sobre su pasado, su historia, su vida?

Solo eran barcos que se cruzaban en plena noche, nada más.

Como pudiera leerle el pensamiento, Sol extendió una mano y la colocó delicadamente en el brazo de Vassia.

—Me alegro de verte otra vez —murmuró—. Eres muy valiente, te agradecemos muchísimo lo que haces por nosotros.

Vassia se sonrojó todavía más y esperaba que la cueva fuera lo bastante oscura para que Sol no se diera cuenta.

—D-de nada —tartamudeó, esforzándose en poner a raya su vergüenza y comportarse como una persona normal.

—En todos los sitios de Grecia en los que hemos estado, la gente siempre nos ha recibido con hospitalidad y simpatía —continuó Sol—. Si es que nos da tiempo a darnos cuenta, quiero decir.

Vassia aprovechó aquello para tirar del hilo.

—¿Qué otros lugares habéis…?

Hizo una pausa para buscar el término adecuado. Al no encontrarlo, se conformó con «visitado». Era un eufemismo, claro, porque no se podía llamar «visita» a sus incursiones nocturnas para luchar contra las tropas alemanas y hacerlas huir en desbandada. Pero no se le ocurría nada mejor.

—Leros, Calcis, Rodas —contestó Sol con una sonrisa traviesa—. Primero pasamos por Cerdeña, luego por Creta. Nos entrenaron sobre todo en Palestina. —Se detuvo un momento y vio que Vassia sonreía—. Ya ves, por aquí y por allí. Es mejor que las trincheras, sin duda.

Vassia sacudió la cabeza. No podía imaginárselo. Se imaginó a su padre o a Andreas viéndose obligados a hacer lo mismo que Sol, atacando al enemigo en islas donde estaban en clara inferioridad numérica. Era una idea aterradora.

—¿Pero por qué Santorini? —preguntó.

Su hogar era tan pequeño y, teniendo en cuenta que era la más meridional de las islas Cicladas, se encontraba a gran distancia del continente y de Atenas.

Le parecía extraordinario que los italianos y los alemanes se hubieran molestado en hacer un viaje tan largo, y todavía más que el SBS los hubiera seguido hasta allí.

—¿Cómo escogéis vuestro objetivo?

Sol le mostró una sonrisa lánguida.

—Hicimos prisionero a un alemán, el Obergefreiter Adolf Lang —explicó con un deje irónico en su voz—.

Resultó ser muy cooperativo. Estuvo estacionado aquí en el 43 y nos contó todo lo que sabía sobre la guarnición y la estación de radio, que tiene un alcance lo suficientemente largo para enviar mensajes entre Creta y Atenas. Es por eso por lo que debemos tumbarla.

Interrumpió su relato para liarse un cigarrillo. Le ofreció la primera calada a Vassia, que declinó la oferta.

—Andersen hizo una misión de reconocimiento hace un tiempo para evaluar el acceso a la isla, lo que necesitábamos, cuántos hombres, etc., y presto , aquí estamos.

Vassia absorbió la información en silencio.

Conque el formidable capitán Andersen había pasado un tiempo indefinido entre los isleños sin que nadie se diera cuenta.

Le dio un escalofrío y se le puso la piel de gallina.

Tanta intriga, tanto subterfugio y ella no había tenido ni la más remota idea.

Que ella supiera, nadie había estado al tanto.

—¿Cuándo te uniste al grupo? —le preguntó a Sol, pues no quería descubrir nada más sobre la misión en ese momento.

Si la capturaban y no sabía nada, no podía revelar nada, ¿no?

Y, en realidad, lo que le interesaba era conocer mejor a Sol.

Parecía que había visto y hecho tantas cosas, había estado en lugares que Vassia ni siquiera podía imaginar, había experimentado cosas incomprensibles para ella.

Antes que nada, Vassia quería preguntarle cuántos años tenía, porque su rostro tenía un aspecto joven, pero sus ojos eran de persona mayor, de alguien que ha visto demasiado.

Y era sabio, y, según dicen, la sabiduría llega con la edad.

Pero pedírselo directamente era de mala educación.

Sol se sacó el lápiz de dibujo del bolsillo y lo contempló intensamente durante unos segundos.

—Bueno, en condiciones normales, uno no entra directamente al SBS —contestó lentamente—.

Te alistas o te reclutan y, si pasas las pruebas y encajas con un cierto perfil físico, pasas a formar parte de la banda.

No es apto para pusilánimes. Además, hay que ser un buen marinero, marearse en alta mar no ayuda.

Ya sabes cómo se embravecen las aguas cuando el viento aprieta.

En efecto, Vassia lo sabía. El meltemi , el fuerte viento seco del verano, solía provocar que los barcos y los ferris se quedasen varios días anclados en el puerto sin poder zarpar.

Le vino a la memoria aquel terrible incidente que habían sufrido ella, Andreas y Kostas durante una fuerte tormenta.

Sería una tragedia que los hombres del SBS se ahogaran en el mar después de todo lo que habían experimentado, de todo lo que habían conseguido.

—¿Y tú, Vassia? —preguntó Sol con un tono delicado—. ¿A qué dedicas tu tiempo?

Vassia sonrió con cierta incomodidad.

—De momento, sobre todo ayudo a mi madre en casa —dijo—.

Mi padre, el alcalde, ya sabes, no está muy bien de salud por la diabetes y el corazón, así que mi madre está muy ocupada.

Las dos trabajamos en los viñedos de las afueras de Vourvoulos a lo largo del año, echamos una mano durante la poda y la cosecha.

Y de vez en cuando me llaman para trabajar en el restaurante de Fira donde está mi hermano.

Al decirlo en voz alta, se dio cuenta de lo trivial que sonaba, de lo insignificantes que eran las mundanas tareas que la mantenían ocupada.