Capítulo 8 Carrie #2
A Carrie se le rompió el corazón. La maldita Chloe, por supuesto.
Siempre tenía lo último: un móvil, unas zapatillas, unas vacaciones…
Fuera lo que fuera, Chloe lo tenía. Por un lado, Carrie deseaba fervientemente poder dar lo mismo a Nell, pero, por otro, la ingratitud de Nell la enfurecía.
Gracias a Dios que Xanthe no lo había oído.
El gran problema con los adolescentes: su capacidad de provocar sentimientos tan diametralmente opuestos a sus seres queridos es legendaria a la vez que agotadora.
Reprimiendo la necesidad imperiosa de darle una respuesta afilada, Carrie pasó un brazo por encima del hombro de Nell.
—Nos lo vamos a pasar bien, no te preocupes.
Iremos a nadar a la playa y a menudo se puede acceder a la piscina de los hoteles si tomas algo o te quedas a comer.
Y sé que este pueblo parece muy tranquilo, pero, aunque estuviéramos en Fira, eres demasiado joven para ir de bares y discotecas, y tampoco irías tú sola.
En aquel momento, Xanthe asomó la cabeza por la puerta.
—Yo ya estoy, ¿y vosotras?
Carrie asintió y, empujando a Nell, salieron a la calle y al calor sofocante.
Xanthe cerró la puerta y le entregó la llave a Carrie.
—Esto es para ti desde ahora hasta que os vayáis —dijo antes de bajar por la calle a paso ligero.
Carrie prácticamente tenía que correr para seguirle el ritmo, mientras, a la vez, intentaba memorizar el camino y fijarse en puntos de referencia con los que orientarse: un cactus enorme o el nombre de una casa por aquí, una iglesia o una tienda por allá.
Terminaron en la parte de abajo del pueblo, en una encantadora taberna decorada con guirnaldas de luces entrelazadas en la pérgola de parra.
Después de pedir, Carrie y Xanthe inmediatamente se dedicaron a ponerse al día. Nell, según observó Carrie, estaba hablando con su padre por WhatsApp. No tenía derecho a protestar, teniendo en cuenta que el tema dela conversación con Xanthe era de poco interés para una adolescente.
—Bueno, háblame de Spencer —dijo Carrie—. Seguro que todavía te queda mucho que contarme.
—Oh, sí, Spencer —respondió Xanthe con aire soñador, pestañeando rápido y abanicándose con una mano para indicar lo apuesto que lo encontraba—.
Es inteligente y amable y atento y rico…
Para mí está como un queso, obviamente, pero supongo que no todo el mundo opina lo mismo… ¿He mencionado ya que es rico?
Soltó su característica risa gutural y traviesa, que transportó mentalmente a Carrie a sus años universitarios, a aquel verano viajando por las islas griegas.
En Santorini, igual que en los demás lugares, se habían quedado en un albergue, pues en casa de los abuelos de Xanthe no había suficiente espacio.
Aun así, las habían invitado a cenar una noche.
Carrie no recordaba la casa, pero aquello sí.
Había sido la mejor comida que habían probado en los dos meses de viaje, durante los cuales a menudo se habían alimentado solo a base de pan y aceitunas.
Todavía notaba el sabor de la lubina fresca y las verduras a la plancha.
—Ya sabes que bromeo con lo del dinero —continuó Xanthe—, pero, dejando eso a un lado, está bien tener una pareja económicamente solvente para variar. Te sorprenderías de la de holgazanes que he conocido, hombres que vivían de las rentas de sus padres… Es bastante frecuente en Grecia.
—¡Ejem! Pasa en todas partes —respondió—. Pero ¿crees que Spencer es el definitivo? Ojalá estuviera aquí y pudiera conocerlo.
Xanthe soltó una carcajada.
—Hacerle la ficha, querrás decir.
Carrie sonrió.
—Tengo que asegurarme de que es lo bastante bueno para mi amiga —contestó con falsa formalidad.
—Creo que te va a caer bien —dijo Xanthe—. Y espero de verdad que sea el definitivo. Ya sería hora. Si no vuelve de Estados Unidos con un anillo, se va a enterar, ya verás.
Las amigas se echaron a reír escandalosamente hasta que Carrie se percató de que Nell se estaba retorciendo de vergüenza, y bajó la voz.
Pobre Nell. Carrie no podía sugerirle que volviera a casa después de cenar porque no sabía si su hija encontraría el camino de vuelta sola.
Y, aunque lo consiguiera, era más que probable que su aracnofobia le impidiese cruzar el umbral sin acompañamiento.
No le quedaba más remedio que soportar el aburrimiento y la incomodidad de estar con su madre y la amiga de su madre un rato más.
Finalmente llegó la comida y el camarero dedicó unos minutos a explicar cada plato. Llenó las copas de Carrie y Xanthe con más vino y trajo otra Coca-Cola para Nell. Durante las vacaciones, se había levantado la prohibición de tomar refrescos, y la chica lo estaba aprovechando al máximo.
—Cuéntame más sobre tu idea para el libro —pidió Xanthe mientras se llevaba una brocheta de carne y halloumi a la boca—. Si terminas escribiéndolo, más te vale mencionarme en los agradecimientos.
—¡Ja! —respondió Carrie—. Por supuesto.
Tomó un sorbo de vino y le explicó que descubrir el cuaderno de dibujo la había impulsado a dejar la historia sobre la Atlántida para centrarse en la de su tío abuelo. Al terminar, añadió:
—¿Te acuerdas cuando te dije que quería encontrar un guía, alguien que me pueda enseñar la isla y que quizá sepa dónde puedo descubrir algo más sobre lo que pasó aquí durante la Segunda Guerra Mundial? Sigue siendo mi objetivo, pero no sé por dónde empezar.
Xanthe frunció el ceño de forma exagerada mientras pensaba en aquella petición.
—Resulta —dijo finalmente— que sí que tenía algunas ideas sobre tu historia.
Luego esbozó una media sonrisa.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Carrie—. ¿A qué viene esta mirada sospechosa?
Xanthe sacudió la cabeza.
—No es de sospecha, sino de satisfacción, porque he encontrado a alguien que podría encajar con lo que pides.
—Hmm —murmulló Carrie escéptica.
—Déjamelo a mí —insistió Xanthe con un tono que zanjaba el tema—.
En cuanto a mañana: tengo que hacer un montón de llamadas por Zoom hasta la hora del almuerzo, o sea que podéis relajaros, o quizá os interese hacer una excursión a Megalochori.
Es otro pueblo tradicional, y el tour de la Atlántida perdida se encuentra en las afueras, así que podemos quedar allí directamente a eso de las dos.
Abrieron el museo durante la pandemia, así que nunca he estado, pero me pareció que a ti y a Nell os podría gustar.
—Perfecto —asintió Carrie.
Quería hacerlo todo, ir a todas partes, ver todo lo que había que ver durante las semanas que estuviera aquí con Nell.
Más tarde, de vuelta en la casita y una vez realizada una inspección minuciosa de la presencia de arañas mientras Nell esperaba fuera, Carrie salió al balcón a contemplar el cielo estrellado. Se respiraba una tranquilidad profunda.
Estando aquí, con el calor y la promesa de días de sol, su proyecto de investigar y escribir sobre el pasado de Sol, y con Nell lejos de la influencia de sus amigas fumadoras y consumidoras de drogas, quizá Carrie conseguiría relajarse y disfrutar.
Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que podía pasar?