La joven de Santorini Capítulo 8 Carrie
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Capítulo 8 Carrie

Carrie

E l calor envolvió a Carrie en el preciso instante en el que salió del avión y puso los pies en la escalera de metal para bajar a la pista. Olía a polvo, a queroseno y a anticipación. Habían llegado a Santorini. No era un sueño, era la vida real.

Habían pasado tantas cosas en las últimas semanas que a Carrie le costaba seguir el ritmo.

De algún modo, Nell había conseguido no meterse en problemas mientras se preparaba para los exámenes del GCSE , el certificado para sacarse la secundaria básica.

Aunque a regañadientes, Carrie reconocía que parte del éxito se debía a que Jack había hecho una pausa en sus viajes de negocios mientras Nell estudiaba y le había propuesto quedarse con él durante las dos semanas del período de preparación, a salvo de cualquier peligro (y lejos de los indeseables).

Por lo tanto, Nell se había puesto las pilas, y Carrie tenía la esperanza de que se traduciría en unas notas aceptables cuando las publicaran en agosto.

Además, había trabajado más en la idea de la novela sobre Sol y había conseguido esbozar una sinopsis ampliada con toda la información sobre el Servicio Especial de Embarcaciones durante la Segunda Guerra Mundial que había recolectado por internet y en libros.

Xanthe había confirmado que la casa de sus abuelos estaba libre, así que Carrie había comprado los billetes de avión y un seguro de viaje, había hecho las maletas y tenía las expectativas por las nubes.

Y ahora estaban en Santorini de verdad.

Carrie apenas podía creerlo. Nunca había ido de vacaciones con Nell al extranjero.

Aunque pareciera imposible en nuestra era, había sido el primer vuelo de Nell.

La chica ya había estado en un parque de aventura en Francia como viaje de fin de etapa en primaria, y había participado en un intercambio cultural en España, pero ambos habían sido viajes tortuosos en autobús y en ferri.

Y ambos los habían pagado Harriet y Bill, ya que Carrie no se los podía permitir.

Se había imaginado que Nell fliparía por subirse a un avión de verdad, pero durante todo el vuelo la joven había reaccionado con su indiferencia habitual a todo lo que emocionaba a su madre.

—Mamá, para, me estás avergonzando —había dicho Nell en varias ocasiones, como cuando Carrie intentó que estuviera atenta a las instrucciones de seguridad, cuando le dio una bolsa con bocadillos caseros para evitar pagar los precios exorbitantes del servicio a bordo, y cuando Carrie pidió a la pareja de detrás si su hijo podía dejar de pegar patadas a su asiento.

—No seas tan criticona —había bufado Nell, emergiendo unos segundos de la capucha de su mastodóntica sudadera.

—No soy criticona —contestó Carrie—. Es solo que estoy harta de que me traten mal.

Pero Nell se había retirado al abrigo de su capucha protectora y no respondió.

Y ahora ya estaban aquí. Una vez pasado el control de aduanas, Xanthe las esperaba en la terminal y las recibió con una sonrisa.

—¡Cuánto tiempo! —exclamó Carrie, abrazando y besando a su amiga—. Gracias por invitarnos.

—Gracias a vosotras por venir —dijo Xanthe, que se dirigió a Nell y le dio un abrazo—. Primero, os llevaré a vuestro encantador alojamiento y luego ya decidiremos a dónde queréis ir a comer y qué queréis hacer.

A medida que dejaban atrás las luces del aeropuerto para adentrarse en el campo, Carrie miraba por la ventana e intentaba absorberlo todo.

A ratos, la invadía una sensación de culpa.

Una voz interior le repetía que debería haber ignorado las instrucciones de Jack sobre qué hacer con el dinero e invertirlo en las múltiples deudas financieras que la asolaban.

Pero luego se recordaba a sí misma que estas vacaciones eran para Nell, y por Sol.

Entonces, intentaba convencerse de que había tomado la decisión correcta.

Eran las últimas horas del atardecer. El crepúsculo dominaba el cielo, la penumbra suavizaba la irregular silueta de la piedra volcánica.

El pueblo de Pyrgos era exactamente como lo había descrito Xanthe: la imagen de la perfección recubierta de cal, calles empedradas, pequeñas iglesias y casas tradicionales.

Xanthe condujo a Carrie y Nell por un laberinto de callejones.

Carrie esperaba ser capaz de encontrar la salida, pues tenía un sentido de la orientación pésimo.

Llegaron a una puerta pintada de azul. A un lado había una maceta con una buganvilla de pétalos morados que habían sido entrenados para crecer de tal manera que enmarcaran la entrada de la casa.

—¡Ya estamos aquí! —declaró Xanthe, señalando la puerta con un gesto teatral—. He pasado la aspiradora a fondo y he puesto sábanas limpias en las camas, está lista para entrar a vivir.

Carrie se sentía inmensamente agradecida. Aunque Xanthe le había recordado que habían pasado por casa de sus abuelos durante aquel viaje tantos años atrás, no la recordaba. Ahora, apenas podía creer lo preciosa que era. Seguro que estaría muy a gusto. Y Nell también, ¿verdad?

El fuerte chasquido de la cerradura de la puerta interrumpió la fantasía de Carrie.

Xanthe las invitó a entrar. Por suerte, el interior era más fresco que la calle gracias a los gruesos muros.

Carrie se tomó un instante para echar un vistazo a su alrededor.

Estaban en un pequeño salón con sofá y dos butacas.

Xanthe se dirigió al fondo de la estancia, donde había una puerta que parecía conducir al resto de la casa, y Carrie la siguió.

A la derecha se encontraba la cocina, y a la izquierda, el baño, mientras que en el centro se elevaban las estrechas escaleras que las llevarían a los dormitorios, ambos equipados con camas dobles.

—Creo que deberías quedarte en este cuarto —le dijo Xanthe a Carrie—, porque es más grande. Y tiene buenas vistas a la parte de atrás.

La mente de Carrie intentaba procesar lo encantadora que era la casa.

—Es increíble —contestó. Se había quedado sin palabras—. Me encanta.

Xanthe abrió las puertas de madera de par en par y reveló el balcón.

Carrie salió: estaban en las afueras del pueblo y a bastante altura.

Debajo de ellas, a un lado, centelleaban las luces de las casas y las tabernas, y les llegaba el suave murmullo de las voces de los comensales que comían y bebían en ellas.

Al otro lado se extendían los campos, más allá de los cuales Carrie solo podía intuir la superficie oscura y aterciopelada del mar.

Respiró hondo, inspirando el aroma del calor y el polvo y de carne asada.

Aquello último le recordó que estaba hambrienta.

Como si pudiera leerle la mente —o, más bien, el estómago—, Xanthe se acercó a ella mientras contemplaba el paisaje y dijo:

—¿Queréis ir a comer algo por aquí cerca esta noche?. Conozco un par de sitios que están bien. Otro día ya os enseñaré las potentes luces de la gran ciudad, es decir, de Fira, la capital.

Carrie asintió.

—Sí, por favor. Ha sido un día de viaje bastante largo y no diría que no a acostarme temprano. Además, me muero de hambre. Y tenemos mucho de que hablar. Para empezar, necesito las últimas novedades sobre Spencer.

Xanthe mostró una sonrisa picarona.

—Pobre Nell, se va a aburrir como una ostra. Tenéis roaming para el móvil, ¿no? Para que tenga algo que hacer mientras charlamos.

—Por suerte, sí —respondió Carrie—. Lo activé antes de irnos. Hablando de Nell, ¿dónde está?

Volvió a su habitación y luego miró en la otra.

No había señales de su hija. Bajó al piso inferior y encontró a su hija en el salón, mirando a su alrededor con una expresión desconsolada.

Percibiendo que algo no iba bien, Carrie se giró para ver dónde estaba Xanthe.

Si Nell estaba de mal humor y pensaba ser maleducada, Carrie no quería que su amiga, que tan generosamente les había ofrecido esta casa, lo presenciara.

Xanthe estaba bajando las escaleras mientras escribía algo en el móvil.

—Tengo que hacer una llamada —dijo—. Solo serán cinco minutos, luego iremos a buscar un lugar para comer.

Desapareció al otro lado de la puerta azul, dejando solas a Carrie y Nell.

—¿Qué te pasa? —preguntó Carrie con cautela.

Como muchos adolescentes, Nell era propensa a la volatilidad, aunque Carrie esperaba de verdad que las cosas fueran bien y su hija se lo pusiera fácil durante las vacaciones.

—Nada —contestó Nell malhumorada.

Carrie se debatió internamente entre buscar la causa del problema o dejarlo correr. Decidió que aquello solo le traería más problemas a la larga, así que escogió la primera opción.

—Dímelo, por favor. No me gustaría que Xanthe se sintiera mal después de habernos ofrecido su casa con tanta generosidad.

Nell se encogió de hombros.

—Es solo que este pueblo está muerto —dijo—. ¿Qué voy a hacer aquí durante dos semanas? —Luego, su tono quisquilloso dio paso a algo parecido a una súplica—. Y seguro que en esta casa hay arañas, y ya sabes que odio las arañas. ¡Me dan miedo!

A Carrie casi se le escapó la risa pero consiguió controlarse y hacer como que tosía.

Burlándose de la paranoia de Nell con los bichitos solo conseguiría empeorar las cosas.

Intentó recordar lo que había leído en los libros de crianza.

«Intenta ser comprensiva y empática incluso con cosas que parezcan triviales o ridículas.

Para un adolescente, es muy importante que los demás reconozcan su dolor, pero esto no significa que estés cediendo».

Siguiendo el consejo, le aseguró a Nell:

—Me aseguraré de que no haya arañas en tu habitación todas las noches. Y por la mañana también, si quieres.

Nell resolló.

—Yo quería ir a un buen hotel con piscina —añadió con tono afligido—. Como todas mis amigas. Chloe va tres semanas a Turquía, a un resort con todo incluido y un parque acuático.