Capítulo 7 Vassia #2
Tenía el pelo marrón con las puntas aclaradas por el sol y la frente amplia, y llevaba unas pequeñas gafas de montura redonda y metálica.
Vassia no hubiera dicho que era guapo, pero tenía un no sé qué inherentemente atractivo y la joven no le podía quitar los ojos de encima.
Además, emitía una sensación de calma e imperturbabilidad que impresionaba a Vassia.
Estaba segura de que los nervios se la comerían por dentro si supiera que al cabo de pocas horas debía embarcarse en una misión tal vez fatal.
—¿Qué dibujas? —le preguntó, señalando el cuaderno de dibujos, que ahora reposaba boca abajo en el duro suelo de piedra de la cueva.
Sol estiró el brazo para recogerlo y se encogió de hombros.
—No es nada —respondió—. Me relaja, me distrae de todo esto.
Con la mano, hizo un gesto que se refería a la cueva y a los hombres, la mayoría de los cuales había vuelto a sus partidas de cartas. El capitán Andersen, Kostas y Spyros no habían interrumpido su conversación. ¿De qué estarían hablando y por qué tardaban tanto?
Sol le entregó a Vassia el cuaderno y ella lo abrió con una delicadeza infinita, con miedo de que se despegaran las cubiertas o de romper el papel.
Echó un vistazo a cada una de las páginas de color crema llenas de diestros retratos.
Reconoció algunos de los rostros que la rodeaban en la cueva.
El último esbozo representaba a un grupo de hombres arrastrándose por una playa iluminada solo por la luz de la luna.
En el agua había dos barcas que se alejaban de tierra firme.
—Este todavía no está terminado —explicó Sol con tono de disculpa, como si temiera decepcionar a Vassia enseñándole un boceto inacabado.
Sin embargo, la joven estaba tan fascinada por el talento artístico de Sol que apenas podía despegar los ojos de las páginas. Ella, que no tenía ni idea de dibujar, sentía una gran admiración por la gente que sí sabía.
—Vassia. —La voz de Kostas resonó por toda la cueva—. Deberíamos ir tirando.
A regañadientes, Vassia le devolvió el cuaderno a Sol. Quería quedarse en la cueva, admirar su habilidad, escuchar historias de sus valientes acciones con el SBS , de otras islas, de sus orígenes y su vida. Quería saberlo todo sobre él.
—¡Vassia! —Esta vez, el tono de voz de Kostas era cortante—. Vamos.
Intentando demorar su partida, Vassia le extendió la mano a Sol.
No la habían estrechado al conocerse, lo cual quizá era de mala educación, pero, por otro lado, ¿cuál era el comportamiento adecuado en una situación como aquella?
La mano de Sol se cerró alrededor de la de Vassia y ella volvió a notar la chispa, una electricidad que recorría todo su cuerpo desde las puntas de los dedos hasta los pies.
Mantuvieron las manos unidas un poco más de lo que era estrictamente necesario, pero no lo suficiente.
Y entonces Kostas recogió la cesta y los jarrones de agua e hizo un gesto a Vassia para que lo siguiese.
En el camino de vuelta a casa, en los pensamientos de Vassia solo había lugar para Sol.
Su dibujo, tan realista y evocador, se había quedado incrustado en su mente.
En la mano derecha todavía notaba el calor de la piel del inglés, como si el contacto la hubiera abrasado.
Aunque acababa de entrar al pueblo, su cabeza seguía a kilómetros de allí.
Soñaba con él. Solo se percató de la presencia de su primo Nicholas cuando lo tuvo casi al lado.
Tenía algo entre las manos, que se había llevado al pecho, y una mirada de miedo y preocupación ensombrecía su inocente rostro de niño diez años.
—¿Qué pasa? —le preguntó Vassia, ansiosa. ¿Se había hecho daño?
—Mira, Vassia —respondió—. Tú también, Kostas. He encontrado este pajarillo debajo de la higuera de la plaza. Creo que se ha caído del nido o algo así. No lo podía dejar en el suelo para que se lo coma un gato.
El chico abrió un poco la mano para que Vassia viera el polluelo que sostenía con tanto afecto.
Nico le acarició las plumas, a lo que el animal respondió con un pío lamentoso.
El corazón de Vassia se derritió al instante.
A su primito le encantaban los animales, especialmente los caballos.
Tenía un poni castaño llamado Apolo en un prado en las afueras del pueblo y se pasaba el día dando vueltas por Santorini observando las aves marinas, las salamanquesas rosadas y toda la flora y la fauna que le llamase la atención.
Por supuesto, Vassia lo ayudaría a salvar al polluelo.
—La madre no lo aceptará —le explicó al niño—, así que no podemos devolverlo al nido.
Y tienes razón: si un gato lo encuentra, lo matará.
Lo llevaremos a mi casa, lo pondremos en una caja con un platillo de agua y lo alimentaremos hasta que se ponga bien.
Tendrás que buscar insectos para que se los coma, ¿de acuerdo?
El pecho de Nico se infló de orgullo.
—¡Por supuesto! —exclamó—. En cuanto esté instalado, iré a por algunos. Sé de un lugar donde hay muchas orugas.
—Eso es —rio Vassia—. Bien dicho.
Llegaron a casa. Después de dejar al pájaro, que Nico había bautizado Pollito , a salvo en una caja, Kostas se fue a cubrir el tumo de tarde en el colmado de su familia, y Vassia se dispuso a cocinar algo delicioso para llevárselo a los hombres del SBS al anochecer, para darles fuerza antes de la peligrosa misión que los esperaba.
Mientras cortaba y freía, sazonaba y probaba, no podía dejar de pensar en Sol, en los amables ojos que se escondían tras las gafas metálicas; en sus diestras y musculosas manos, que poseían un talento y una habilidad tan obvios; en la forma como la había escuchado como si realmente le interesara todo lo que ella decía; en cómo había elogiado su nombre.
Le encantaría tener la oportunidad de conocerlo mejor.
Pero los comandos partirían en menos de cuarenta y ocho horas, cuando los barcos que los habían traído regresaran en plena noche para recogerlos.
Para dirigirse a su próxima misión, fuera la que fuera.
Vassia vería a Sol una vez más como mucho, y luego él se iría.