Capítulo 7 Vassia
Vassia
— N o vas a ir sola —susurró Thalia al oído de Vassia mientras ayudaba a su hija a dar los toques finales a la cesta de comida—, diga lo que diga tu padre.
Cogió su preciado juego de servilletas de lino, que había formado parte de su ajuar al casarse, de un cajón del mueble de la cocina.
—Kostas te acompañará.
Vassia se limitó a asentir con la cabeza.
Había perdido la capacidad de habla de puro miedo por lo que estaba a punto de hacer, y no podía negar que la presencia tranquilizadora de su vecino Kostas era más que bienvenida.
Era un poco mayor que Vassia y Andreas, y de niños, tanto él como Evangelos, su hermano menor, solían jugar juntos.
Ambas familias siempre habían tenido una cierta esperanza de que Vassia y Kostas terminarían formando una pareja, pero, aunque Vassia a veces sospechaba que Kostas sentía algo por ella, no era recíproco.
Lo quería mucho, pero para nada en un sentido romántico.
Una parte de ella no soportaba decepcionar a Kostas o a sus familias, teniendo en cuenta lo cercanas que eran, pero era incapaz de fingir sus sentimientos.
Sin embargo, sabía que Kostas era serio, de confianza y valiente.
Una vez, cuando eran pequeños, repentinamente se había formado una tormenta que llevaba consigo un vendaval aullante y lluvias torrenciales.
Vassia había pasado mucho miedo, pero bajo las órdenes de Kostas habían llegado a salvo, aunque también algo alterados y muy mojados, a la orilla.
Sin duda, sería un compañero valioso en esta misión.
Kostas cogió los jarrones de agua de las manos de Vassia y cruzó el patio de los Kourakis para salir a la calle empedrada.
Sin ni siquiera echar un vistazo con cautela a su alrededor, empezó a caminar con paso decidido hacia la playa.
Vassia lo siguió con más vacilación. Kostas actuaba como si no pasase nada fuera de lo ordinario en un día laborable cualquiera en un pueblo de Santorini.
Vassia suponía que era el comportamiento más adecuado: moverse con lentitud, como si fueran fugitivos, podía levantar sospechas si se cruzaban con un soldado alemán. Y aun así… Ser valiente no era fácil.
Había varias cuevas a lo largo de la costa de oscura roca volcánica, pero Spyros había descrito con precisión absoluta la posición del lugar en el cual se cobijaban los hombres.
A paso ligero, Vassia y Kostas tardaron unos quince minutos en llegar.
Durante todo el trayecto, Vassia había mantenido el ritmo acelerado de Kostas por miedo a quedarse atrás.
Pensar en cómo serían los hombres del comando la ponía nerviosa y no quería enfrentarse a ellos sola.
En principio, Spyros los había avisado de que algunos aldeanos les llevarían provisiones, así que Vassia daba por sentado que los hombres no saldrían de su escondite para dispararles.
¿Deberían ondear una bandera blanca o algo así?
Las dudas no dejaron de asaltar a Vassia a lo largo del camino, pero se negaba a ceder. La misión era demasiado importante y se la había confiado su querido padre. No podía decepcionarlo.
Al acercarse a la boca de la cueva, Vassia se dio cuenta de que sus temores eran infundados.
Obviamente, los hombres habían puesto un centinela que saludó a Vassia y a Kostas con un gesto animado al verlos llegar.
El alivio de la tensión casi provocó que la joven se echase a reír.
Llevar comida a los enemigos jurados de las fuerzas de ocupación era surrealista.
Ni siquiera podía imaginarse qué les depararía el destino tanto a ella como a Kostas si los capturaban.
El centinela les hizo un gesto para que entrasen en la cueva y, con cuidado, Vassia obedeció.
La recibieron dieciocho pares de ojos brillantes en la penumbra y con la mirada curiosa fijada en ella.
La joven estuvo a punto de tener un ataque nervioso por el peso del escrutinio, así que dejó su cesta en el suelo arenoso.
Apretó los puños y se clavó las uñas en la carne al observar el aspecto rudo pero preparado de aquellos hombres.
Luego, Kostas se situó a su lado y se rompió la tensión.
Uno de los hombres se levantó para saludarlos.
—Soy el capitán Andersen —dijo, ofreciéndoles la mano.
Era muy alto, llevaba unos pantalones desgastados y una camisa de color caqui hecha de tela áspera. De la comisura de sus labios colgaba un cigarrillo y, al darse cuenta, Vassia también se percató de la fina cortina de humo que llenaba la cueva y subía hacia el techo en torbellinos grises.
—Vassia Kourakis —respondió, haciendo un gran esfuerzo para que la voz no le temblase.
Estrechó la mano del capitán. Era enorme, estaba fría y exudaba fuerza por todos sus poros y venas. De repente, Vassia comprendió que esta mano podía quitar la vida, lo había hecho antes y lo volvería a hacer si fuera necesario.
Kostas se presentó y el capitán Andersen le hizo una ronda rápida de preguntas con Spyros haciendo de intérprete. Los hombres ignoraron a Vassia, cuya atención se centró en otras cosas.
A través de la neblina, observó al resto del grupo con más detalle.
Todos llevaban ropa parecida y tenían el rostro oscurecido por el sol, excepto uno con el pelo rubio rojizo y una extensión considerable de pecas por toda la cara.
La mayoría de ellos estaban sentados en grupos, Vassia se dio cuenta de que estaban enfrascados en sendas partidas de cartas.
No entendía cómo podían concentrarse en el juego mientras estaban en plena operación militar, pero supuso que aquello les ayudaba a pasar el rato.
Sus ojos se posaron en una esquina en el fondo de la cueva donde un hombre estaba algo apartado de sus compañeros, aparentemente absorto en un libro.
Vassia se sorprendió todavía más de que alguien leyera: estaba segura de que ella, en una situación así, no sería capaz de entender ni media palabra.
Pero entonces se fijó en el lápiz que el hombre sujetaba con la mano y en sus rápidos y ligeros movimientos, casi como si volara por encima de la página, y dedujo que no estaba leyendo, sino dibujando.
En aquel preciso instante, como si fuera consciente de que lo estaban observando, el joven levantó la mirada y por un instante, desde el otro lado de la oscura caverna, su mirada se cruzó con la de Vassia.
Una sensación extraña se apoderó de ella, era tan intensa que sintió cómo le flaqueaban las piernas y le temblaban las rodillas.
El sudor le empapó la frente y le pareció notar que una corriente eléctrica recorría todo su cuerpo.
Tenía una necesidad imperiosa de acercarse a él, atraída por una fuerza magnética invisible.
El joven no apartó la mirada, y ella tampoco hasta que le resultó demasiado intenso.
Confusa, Vassia se giró abruptamente y se arrodilló junto a la cesta. Sacó las preciadas servilletas de su madre, luego las jarras de agua y los platos llenos de tentadora comida que había preparado con tanto afán.
—Por favor —dijo en griego, pues era la única lengua que hablaba—. Comed.
No hubo que decirlo dos veces. Como si fueran una sola persona, los hombres se levantaron para servirse dolmas, koulourakia y pastel, que apilaron encima de las servilletas. Vassia virtió el agua en las tazas de aluminio que le habían puesto delante y las rellenó dos o tres veces más.
Una vez saciada el hambre de los combatientes, Vassia se sentó en cuclillas sin saber qué hacer.
El capitán Andersen, Spyros y Kostas seguían con su conversación y, de repente, arrodillada frente a aquella tropa tosca y endurecida por la batalla, la joven se sintió vulnerable y expuesta.
Aquellos ojos, que se habían quedado mirándola cuando había llegado junto a Kostas, debían haber visto tantas cosas de las que ella no tenía ni la más remota idea.
No había salido de Santorini desde que la guerra había empezado, pero sabía que en otras partes del mundo estaban sucediendo cosas terribles.
— Efcharistó .
La voz, que provenía de detrás de ella, sobresaltó a Vassia. Intentando recuperar la compostura, se giró para ver cómo el joven dibujante se inclinaba hacia ella sosteniendo una de las servilletas, todavía limpia y bien doblada.
—Gracias —contestó, desconcertada.
Durante unos segundos, se preocupó desmesuradamente por guardar correctamente la servilleta, ganando así tiempo para calmarse. Al volver a mirar hacia arriba, se percató de que el joven le hacía gestos para que se le acercara.
Una vez más, notó aquella sensación extraordinaria en sus venas, un presentimiento de que se habían encontrado antes, quizá en una vida pasada; le parecía que tenía un profundo conocimiento de aquella persona, de su alma, de todo lo que lo hacía ser él.
Vassia se dirigió hacia él en un estado casi de tránsito.
—Soy Sol —le dijo el joven—. Sé un poco de griego. Gracias por traernos la comida y el agua.
Vassia sonrió. La amabilidad de Sol hizo que sus nervios se evaporasen. Le sorprendió el hecho de que hubiera aprendido a hablar griego, pero también se alegró, pues aquello le permitía comunicarse con él.
—Soy Vassia —respondió—. Mi padre, Ianos Kourakis, es el alcalde de Vourvoulos. Spyros Papadopoulous ha venido a casa esta mañana a pedirnos ayuda y, obviamente, no se la podíamos negar.
Sol le devolvió el gesto y en aquel momento Vassia pudo observar mejor su rostro afable y su sonrisa generosa.
—Vassia —repitió él—. Qué nombre más bonito.